Hace un tiempo alguien me contó cómo la llegada de los electrodomésticos impidió que las mujeres de la época pudieran encontrarse, desahogarse y apoyarse entre ellas cuando la vida se les ponía difícil. Claramente la lavadora (por ejemplo) liberaba la carga de trabajo, pero impedía esas reuniones en los lavaderos donde se contaban sus cosas.

Era un tiempo donde sus vidas se ceñían a lavar, cocinar y parir, así que sus pequeños momentos de reunión eran casi sagrados. Pero entonces…

Y así surgieron los primeros clubs de lectura. Muchas mujeres encontraron en los encuentros de esos clubs su vía de escape. El hecho de leer los mismos libros y poder opinar sobre ellos les hacía crecer sus sentimientos de pertenencia e independencia.

Supongo que es por eso que hoy, en los clubs de lectura, la gran mayoría de miembros siguen siendo mujeres. O más bien, seguimos siendo, porque aquí estoy yo, enganchada a las publicaciones de una librería local donde recomienda novelas increíbles, charlando con más de 200 personas prácticamente a diario y debatiendo sobre lecturas que por mi cuenta quizá no hubiese realizado nunca.

Me resistí al principio a entrar porque creía que sería más tareas pendientes, más gente random dando su opinión. Pero encontré una comunidad muy chula. Descubrí que las personas que leen cosas similares regularmente tienen valores e ideas similares.

De pronto había personas que no se habían visto nunca preocupadas por las vidas unas de las otras, de pronto intereses comunes llevaban a un montón de gente a ayudar por una causa justa, a denunciar una injusticia en redes o a echarse unas risas juntas.

Hace un tiempo pude acudir a una pequeña reunión presencial y creí que sería el momento más incómodo y en que me sentiría más fuera de lugar de mi vida. Creo que en los últimos años he sentido mucho más complejas las relaciones sociales y he preferido ir a tiro fijo. Pero sorprendentemente acabé pasando una tarde-noche muy agradable con un montón de gente a la que no había visto antes y con la que tenía mucho más en común que nuestra última lectura.

En este momento en que las redes sociales se dividen entre “leer no te hace mejor” y “hay que tener cuidado con lo que se dice”, es genial saber cual es tu opinión y que la puedes compartir con una comunidad.

Efectivamente leer no te hace automáticamente mejor persona, pero leer te ayuda a crear una mente crítica, conocimiento, estructura a la hora de comunicarte… Y no todo lo que aporta es maravilloso, pues también hay libros de mierda, obviamente, pero para mí la única parte mala es la cantidad de pasta que se escapa en ver crecer nuestra biblioteca familiar y la necesidad de una casa más grande para poner más estanterías.

Cada una tiene una joya familiar de la que estar orgullosa, la nuestra es nuestra colección de libros (como dicen por ahí: “leer libros y comprar libros son dos hobbies totalmente diferentes).

Poder charlar con gente que comparte tus gustos y aprender nuevos puntos de vista y formas de pensar es tan enriquecedor que desde que estoy ahí dentro, aunque no pueda seguir el ritmo de las conversaciones de nuestras “taberneiras”, me siento mucho más acompañada y presumo de tener más de 200 amigas nuevas.

Además apoyando empresas locales, aunque nuestras localidades sean diferentes, conocer referencias de las hermosas librerías que hay en nuestro entorno para poder mantenerlas a flote entre todas antes de que las grandes superficies acaben por tragárselas del todo, es de las cosas más guais que tiene ese grupo.

Gracias de nuevo a Eva Cameán, de libraría Clarión,  por su aparición inspiradora en redes sociales, porque gracias a ella descubrí una inmensa pasión por la lectura en mi lengua (pues llevaba décadas sin leer en galego), conocí a gente increíble y traje a mi casa un par de estanterías nuevas para sus increíbles recomendaciones.

Luna Purple.