Llevaba ya cinco años en una relación con Luis y tres compartiendo piso e hipoteca, nos iba bien, teníamos nuestros trabajos y, sentimentalmente, estábamos genial.
Con la llegada de la crisis, ambos perdimos nuestros trabajos, él como operario de la construcción y yo como administrativa y de un día para otro, nos vimos con la hipoteca y sin trabajo y, aunque teníamos paro generado, la situación nos angustiaba, sobre todo a mí.
Un día, Luis llegó diciendo que tenía la solución a todos nuestros problemas y que había decidido que, ya que no encontrábamos trabajo por cuenta ajena, íbamos a crear nuestro propio puesto de trabajo.
Yo le pregunté sin entender muy bien a qué se refería y, me comentó que en uno de sus paseos por el barrio había visto un local que se alquilaba y que automáticamente se había puesto a pensar en negocios que podría necesitar el barrio. La respuesta, según él, estaba clara: un kiosko.
Estuvo semanas convenciéndome de que la idea era buena, de que el barrio estaba creciendo y que cada vez había más niños y que un kiosco siempre vendía así que teníamos que aprovechar la oportunidad antes de que nadie se nos adelantase.
En ese momento, yo llevaba casi un año en paro y, aunque me quedaban aún ocho meses de prestación, me vi desesperada y sin visos de encontrar nada de lo mío, así que me autoconvencí, le dije que sí y pusimos en marcha el primer kiosko del barrio. Para ello, utilizamos el acumulado del paro que teníamos, así que si salía mal, no había opción b.
Los inicios fueron muy duros ya que no teníamos ni idea de cómo gestionar un negocio y, aunque mis estudios sí que nos sirvieron para tener las nociones básicas, la contabilidad, el cálculo de las rentabilidades, la negociación con proveedores y los mil y asuntos que derivan de la puesta en marcha y mantenimiento del negocio se nos escapaban.
El primer año sobrevivimos a duras penas. Trabajábamos muchas horas, sobre todo yo, pero tuvimos que lidiar con muchos inconvenientes, apenas se vendía prensa, las gominolas dejaban poco margen y había que vender mucho para cubrir todos los costes fijos que teníamos al mes tanto del negocio como a nivel personal.
Yo ya estaba cansada de tragar con un negocio que sentía como suyo y no como mío y, aunque el contacto con el cliente me gustaba y parecía que empezábamos a ver la luz al final del túnel, cada vez pasaba más tiempo sola ya que él, con la excusa de buscar nuevos proveedores y nuevas marcas apenas pasaba por el local.
Estuvimos así durante casi un año, hasta que la situación se hizo insostenible tanto en casa como en el trabajo. Discusiones, reproches y malas caras hasta que un día, él me confesó que creía que se había equivocado, que quería cerrar el kiosko y que, como el sector de la construcción empezaba a remontar quería volver de nuevo a la obra pues cobraba más, trabajaba menos horas y disfrutaba más con el trabajo.
Yo me quedé hundida ya que era algo que no me esperaba. Además, unida a esa decisión, inevitablemente vino nuestra separación ya que nos dimos cuenta de que nuestras vidas, no solo en lo laboral, tenían que tomar caminos separados.
En ese momento, me vi en una encrucijada. Por un lado, quería cortar cualquier lazo que tuviera con él lo que implicaba el cierre del kiosko y la venta del piso, pero por otro, después de ese tiempo luchando por el negocio, le tenía mucho cariño, conocía a los clientes y me daba mucha pena tirar todo ese trabajo a la basura.
En un arranque de inconsciencia decidí, previa hipoteca en el banco, comprarle a Luis su parte del kiosko y del piso y así quedarme con ambos. Pues mudarme a otro barrio mientras seguía regentando el kiosko tampoco era una opción.
Poco a poco, fui haciendo el kiosko un poco más mío, añadí nuevas líneas de negocio como la papelería y una parte de librería, pues los libros siempre habían sido mi pasión y tampoco había competencia en ese área en el barrio.
Han pasado ya tres años desde que tomé la decisión de arriesgarme y seguir hacia delante con un negocio que, aunque al principio no me llenaba, acabó convirtiéndose en el trabajo de mi vida.
Escrito por Angie Rigo basado en un testimonio real
