Andrés y yo llevábamos juntos más de diez años. Nos conocíamos desde que éramos unos críos, pero no fue hasta pasados los veinte que empezamos a vernos con otros ojos. Sin saber muy bien cómo, aquel amigo de toda la vida se convirtió en el chico que me quitaba el sueño por las noches y por el que iba suspirando por las esquinas el resto del día. El sentimiento era mutuo y ambos lo sabíamos, sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. No fue hasta la noche de su veintiún cumpleaños que, pasados un poco de rosca, logramos desinhibirnos y, por fin, terminamos liándonos.

Después de aquello, empezamos a salir formalmente y he de decir que los primeros años que pasamos juntos fueron los mejores de toda mi vida. Nunca jamás nadie me había querido tanto ni tan bien como Andrés, ni yo tampoco recuerdo haber sentido una sensación similar a cuando estaba con él. Esa confianza, esa seguridad, ese cariño y ese vuelco en el estómago. Recuerdo aquella época con mucho cariño y un nudo en la garganta difícil de ignorar. A día de hoy, sigo sin saber qué fue lo que nos pasó, qué propició que Andrés y yo pasáramos de ser el mejor equipo del mundo a matar aquella complicidad y a sustituirla por un muro de silencio y monotonía.

Supongo que hay parejas que llevan mejor que otras la convivencia, que saben cómo pelear contra la rutina y salir más fortalecidos de ciertas crisis. Nosotros no fuimos capaces. Llevábamos unos cuatro años viviendo juntos cuando empecé a sentir que mi chico se había dejado, que ya no me buscaba como antes. Nos habíamos convertido en colegas y ya no había ni rastro de aquella pareja que fuimos un día. Siempre me había vuelto loca física y sexualmente hablando, pero de repente me di cuenta de que nuestras relaciones eran completamente mecánicas, que el deseo había menguado de forma considerable. Lo hablamos muchas veces y, aunque a base de comunicarnos pudimos recuperar algo de chispa, todo volvió a ser igual de gris.

Sé muy bien que no es excusa, que ninguna relación viene con libro de instrucciones y que todo se puede superar si se es paciente y se tienen ganas. También sé que, aunque aquellas ganas de recuperar la magia eran inexistentes por su parte, nada me daba derecho a hacerle daño. Pero lo hice. Fue en medio de aquel tornado emocional en el que estaba sumida, sintiéndome tan desgraciada, tan poco deseada y relegada a una simple colega en lugar de la increíble novia que una vez fui para él, cuando Cristian entró en mi vida.

Ya nos conocíamos de nuestra época del instituto. Él siempre me había tirado ficha y yo siempre había estado colgada de él, pero, por circunstancias de la vida, la cosa nunca pasó a mayores. Era la noche de Nochebuena y yo me encontraba cenando con mi familia, mientras que Andrés la pasaba con la suya, tal y como veníamos haciendo desde hacía años. Estaba súper aburrida cuando recibí un mensaje de Cristian en el que me felicitaba las fiestas. Hacía mil años que no hablábamos y nos tiramos horas poniéndonos al día de una forma inocente, entre amigos. Sin embargo, llegada la madrugada, el coqueteo que siempre hubo entre ambos no tardó en salir a flote de nuevo.

Me decía lo mucho que le había gustado siempre, que le encantaría volver a verme algún día y que el tiempo me había tratado muy bien. Aquellos piropos me subieron la autoestima y, por primera vez en muchos meses, me sentí guapa e interesante de nuevo. En lugar de pararle los pies o plantearme por qué estaba tonteando con otro, me dejé llevar, simple y llanamente, porque alimentaba mi ego. Después de aquella conversación, seguimos hablando casi todos los días durante meses y, cuando quise darme cuenta, vi que no podía dejar de pensar en él. Incluso me sorprendí a mí misma imaginando cómo sería mi vida a su lado. Era como si Cristian me hubiera devuelto la ilusión, el color, las ganas de comerme el mundo.

Me preguntaba cómo me había ido el día, recordaba cosas que le contaba y se interesaba por ellas, halagaba mi trabajo, me decía lo mucho que me admiraba… Y yo cometí el segundo y el tercer error de esta historia: me enamoré y no me atreví a sincerarme con mi novio. En lugar de eso, alimentaba mis películas mentales y me moría de ganas por ver a Cristian, quien siempre andaba pidiéndome tener una cita. Pero yo no me atrevía, porque sabía que dar aquel paso significaría reconocer lo que estaba sucediendo y poner fin a la que hasta entonces había sido mi vida. Con todo, una noche en la que mi sentido común desapareció, terminé en su casa y nos acostamos.

Mentiría si dijera que fue horrible, que me sentí fatal. Y es que decir que el sexo con Cristian fue espectacular sería quedarse corta. Nada más salir por la puerta supe que tenía que ser valiente por una vez en mi vida, reconocer mis sentimientos y dejar de hacerle daño a mi pareja. Fue una ruptura muy dura y más sabiendo que me había comportado como una auténtica arpía con él. No tuve las agallas de contarle el verdadero motivo, tampoco vi necesario hacerle más daño del que ya le había hecho. Pero lo más heavy vino después. Cuando corrí a contarle a Cristian lo que había pasado, me dejó en visto y me contestó horas después. Supuse que estaba ocupado, pero los días siguientes tampoco me habló. No entendía nada.

Me hablaba de forma seca, como si fuera otra persona. No esperaba que me pidiera matrimonio, pero tampoco que su interés desapareciera de aquella forma. Durante un tiempo me convertí en una triste migajera, tratando de llamar su atención, rogando por un poco de su tiempo, pero comprendí que solo la obtenía cuando no alimentaba su ego y le ignoraba. Me costó demasiado, pero me di cuenta de que, aunque para mí él significaba mucho, yo solo había sido un pasatiempo para él. Una medallita.

Ahora mismo no salgo con nadie, me encuentro en pleno proceso de recuperación y, para ello, he decidido que lo mejor sería dejar de lado mis redes sociales a fin de sacar de mi mente a cierto perro del hortelano. Supongo que lo que dicen del karma es cierto, porque, a fuerza de ser mala persona, la vida me devolvió el golpe con todas sus ganas. Y qué demonios, bien merecido me lo tenía.