Mi madre falleció el año pasado después de sufrir una larga enfermedad. Al principio creíamos que sobreviviría porque estaba reaccionando muy bien al tratamiento, pero todo se fue a la mierda cuando nos dijeron que habían encontrado metástasis, y ahí ya no hubo nada que hacer.

Ella, que siempre había sido muy católica y muy creyente, aceptó la noticia como un deseo de Dios y encajó muy bien el hecho de ir a reunirse con su creador. No nos dejó estar tristes a nadie de la familia y nos empezó a dar instrucciones acerca de cómo quería que fuese su entierro y, por supuesto, su funeral. Habló con el cura, dejó todas las misas que quería pagadas por adelantado, eligió su lápida y nos lo dejó todo anotado para que no se nos olvidase nada.

Ya hacia el final de sus días, cuando los dolores apenas la dejaban levantarse de la cama, nos comunicó a sus hijos que quería ser enterrada con un atuendo muy significativo para ella que había dejado guardado en una caja al fondo del armario. Nos pidió que no nos sorprendiéramos y que ese era su último deseo. Esa misma noche, falleció.

A la mañana siguiente, cuando los de la funeraria nos pidieron la ropa con la que queríamos que fuese enterrada, tanto yo como mis hermanos abrimos la misteriosa caja que había al fondo del armario y dentro nos encontramos… ¡UN VESTIDO DE FLAMENCA! Nos quedamos estupefactos. ¿Cómo era posible que nuestra madre, tan católica y creyente, quisiera irse al más allá vestida de flamenca? Aunque teníamos los tres la cara desencajada, estuvimos todos de acuerdo en que ese era su último deseo y lo teníamos que cumplir. Así que le dimos a los de la funeraria el vestido de flamenca, sin más explicación, y ellos hicieron el resto.

Por suerte, en el funeral mi madre quería que la caja estuviese cerrada, así nadie podía criticar su decisión; nosotros tampoco se lo contamos a nadie. Fue un día como a ella le hubiese gustado, pero yo no podía dejar de pensar qué se le había pasado por la cabeza a mi madre para querer que la enterrásemos de esa guisa.

Un año después del entierro, mis hermanos y yo decidimos que era el momento de arreglar la parte de la herencia que nos había dejado. Entre todos, decidimos que queríamos vender la casa donde ella vivía y, con el dinero, invertir en nuestras familias para ir un poco más desahogados. Así que, tras hablarlo con una inmobiliaria, pusimos el piso en venta y lo vendimos por un buen precio en, relativamente, poco tiempo.

Y entonces llegó el día de ir a sacar las cosas que quedaban suyas en casa para darles las llaves a los nuevos propietarios. Cuál fue nuestra sorpresa que, al vaciar el armario con sus cosas, encontramos otra caja… al fondo del armario. Nos quedamos pasmados; creíamos que no quedaban más cosas en esa parte, ya que cuando sacamos la caja con el vestido para enterrar a nuestra madre no vimos que hubiese nada más. Pero la sorpresa nos la llevamos cuando abrimos la caja y vimos que dentro había UN HÁBITO DE MONJA.

Y ahí fue cuando todo en nuestra cabeza cobró sentido. Mi madre, que siempre había sido súper creyente, quería que la enterrásemos ¡vestida de monja! No de flamenca… No sabíamos si reír o llorar, pero el daño ya estaba hecho y mi madre va a pasar la eternidad hasta arriba de volantes.

Mamá, desde aquí te decimos que lo sentimos, pero el traje de flamenca luce más.