El reloj marcaba las once de la noche y Amanda estaba, como de costumbre, sentada frente al ordenador con una taza de té que probablemente nunca terminaría. La pequeña Daniela, su hija de cuatro años, dormía plácidamente después de una ardua negociación que incluyó tres cuentos y una canción improvisada sobre unicornios. “Mamá, el unicornio tiene purpurina en las alas”, había insistido la niña antes de ceder al sueño. 

Era el único momento del día en el que Amanda podía respirar. Se había acostumbrado a la rutina de cuidar sola a su hija y trabajar como freelance en lo que buenamente saliera. Pero en esas horas de tranquilidad nocturna, su refugio era el foro de literatura Entre Líneas. Allí, al menos, nadie pedía galletas ni lloraba porque se rompió el castillo de Lego. 

Esa noche, una nueva notificación la sacó de su ensimismamiento: un usuario llamado Novak había respondido a su comentario sobre *umbres Borrascosas. 

—Lo que Emily Brontë no dice es que Heathcliff tenía todas las papeletas para ser un narcisista de manual— había escrito Amanda con su ironía característica. 

La respuesta de Novak la hizo sonreír: 

—Y no olvidemos que Catherine no estaba mucho mejor. Menuda combinación para terapia de pareja. 

Lo que comenzó como un intercambio de opiniones sobre literatura se convirtió en un intercambio de mensajes que fluían como si se conocieran de toda la vida. Hablaron de autores, de libros que odiaban, de los finales que los

habían dejado insatisfechos. Pero lo que más llamó la atención de Amanda fue el sentido del humor de Novak. 

—¿De verdad te gusta Murakami? Admitirlo es como decir que te gusta la pizza con piña, pero literaria— escribió él en un mensaje que Amanda leyó mientras se mordía el labio para no reír a carcajadas. 

—A diferencia de la pizza con piña, Murakami no tiene que justificarse. Él es un estado de ánimo— respondió ella, sintiendo cómo algo en su pecho se encendía. 

Esa noche durmió con una sonrisa tonta, y a la mañana siguiente, mientras Daniela insistía en que su desayuno no era suficientemente rosa, Amanda se descubrió pensando en la siguiente conversación con Novak. 

Amanda y Novak empezaron a hablar cada noche. Era un ritual que ella esperaba como quien aguarda un final alternativo a su jornada. Y aunque nunca mencionaba demasiado de su vida personal, algo en su interior se sentía libre al compartir esas charlas con alguien que parecía entenderla tan bien. 

—¿Cómo fue tu día?—, le preguntó Novak una noche. 

Amanda pensó en las carreras al supermercado con una niña que gritaba «¡Patatas fritas!» como si fueran el Santo Grial, en el cliente que había pedido cinco cambios en un diseño y en el jersey que había lavado mal y ahora era digno de un muñeco de nieve. 

—Oh, maravilloso. Otro día siendo la Jane Eyre de mi propia casa. Excepto que aquí no hay señor Rochester, solo una montaña de ropa sin planchar—. 

Novak respondió: 

—En ese caso, espero que no tengas un loco en el desván.

Una noche, después de hablar de libros de infancia, Amanda mencionó a Daniela por primera vez. 

—Mi hija tiene una colección de cuentos que ya me sé de memoria. Creo que si vuelvo a leer El Monstruo de Colores, me convertiré en uno—. 

—¿Tienes una hija?— preguntó Novak. 

Amanda dudó antes de responder. No era un secreto, pero tampoco algo que compartiera fácilmente. 

—Sí, se llama Daniela. Es pequeña pero tiene carácter, como yo. Aquí las mujeres mandamos, aunque solo sea en la elección de los dibujos animados. 

Después de enviar una foto de Daniela sonriendo con una galleta en la mano, Amanda sintió un nudo en el estómago. Pero la respuesta de Novak fue cálida: 

—Es preciosa. Parece que ya sabe que tiene a la mejor mamá del mundo. Amanda sintió cómo sus mejillas se encendían. 

Un día, Novak mencionó un libro que Amanda no había oído en mucho tiempo: El Principito. Le recordó una época en la que aún era capaz de ser romántica sin sentir que se traicionaba a sí misma. 

—¿Te gustan las dedicatorias en los libros?—, preguntó Novak. 

Amanda pensó en un ejemplar de El Principito que aún tenía en su estantería. Había sido un regalo de Leo, su ex y padre de Daniela. Había una dedicatoria dentro, pero hacía tiempo que había dejado de leerla. 

—Digamos que algunas dedicatorias envejecen mejor que otras— respondió, evitando profundizar. 

No podía imaginar que esas palabras significarían tanto más adelante.

Con el tiempo, Amanda empezó a notar ciertas coincidencias. Historias que Novak compartía, frases que le resultaban familiares, un tono que despertaba algo en su memoria. 

Una noche, en un impulso, le preguntó: 

— ¿Por qué nunca hablas de ti? Siempre estás en modo filósofo literario, pero no sé ni a qué te dedicas. 

La respuesta fue evasiva: 

—Supongo que porque estoy más interesado en escucharte. Pero digamos que también intento redimirme de algunos errores . 

Por algún momento sintió un escalofrío. ¿Redimirse? ¿De qué? 

Amanda estaba nerviosa mientras se alisaba el pelo frente al espejo. Había accedido a encontrarse con Novak en una cafetería del centro, una decisión que tomó después de días de darle vueltas. «Es solo un café, no estás comprometiéndote a nada», se repetía, aunque su corazón latía a mil por hora. 

Llevó a Daniela con ella, más por sentirse segura que por necesidad. Además, la idea de decirle a su hija que iba a dejarla con la abuela para un «misterioso café» le parecía demasiado sospechosa. Cuando llegó al lugar, respiró hondo y entró, escaneando el local. 

Allí, en una mesa cerca de la ventana, vio a alguien que le resultaba dolorosamente familiar. No, no podía ser. Su cerebro tardó un momento en procesar, pero su corazón lo supo al instante.

Era Leo, su ex, el padre de Daniela, y el hombre al que había jurado no volver a ver. 

Leo se levantó al verla, claramente nervioso. Llevaba un ejemplar de El Principito en la mano, el mismo libro que había mencionado semanas antes en sus conversaciones. 

—Hola, Amanda —dijo, con una mezcla de timidez y esperanza en la voz.

Amanda lo miró incrédula, el rostro entre el asombro y la rabia. —No me lo puedo creer… 

Él asintió, mirando de reojo a Daniela, que jugueteaba con su peluche. 

—Lo siento por no decírtelo antes. Sabía que eras tú desde el principio, pero no sabía cómo… cómo hablar contigo sin que me rechazaras de inmediato. 

La mujer, conteniendo la respiración sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Había venido preparada para conocer a alguien nuevo, no para enfrentarse a su pasado. 

Así que se sentó, pero no porque quisiera, sino porque sentía que sus piernas podían fallarle en cualquier momento. Daniela, ajena a la tensión, empezó a jugar con las servilletas. 

—¿Me estás diciendo que todo este tiempo has estado jugando conmigo? — dijo Amanda, cruzando los brazos. Su tono era frío, cortante. 

Leo negó con la cabeza. 

—No era mi intención jugar contigo. Te lo juro, Amanda. Cuando me di cuenta de que eras tú, ya habíamos empezado a hablar. Me di cuenta de que no solo eras la madre de Daniela, sino la mujer increíble que siempre admiré, aunque lo arruiné todo. 

Amanda soltó una risa irónica. 

—Así que decidiste que lo mejor era fingir que eras otra persona, en lugar de enfrentarme como un adulto. Muy maduro. 

Leo bajó la mirada, claramente avergonzado. 

—Lo entiendo, no fue lo correcto. Pero quería que me vieras por lo que soy ahora, no por lo que fui.

Amanda quiso gritarle, pero las palabras se le quedaron atascadas. Había verdad en lo que decía, y eso era lo que más le enfurecía. 

Esa noche no pudo dormir. Daniela ya estaba en su cama, abrazada a su peluche, pero ella seguía dando vueltas ¿Cómo había terminado en esa situación? 

Recordó el día en que Leo la dejó. Su relación había sido intensa, pero nunca fácil. Él siempre tenía excusas, siempre estaba ocupado, y cuando descubrieron que Amanda estaba embarazada, se asustó. Aunque nunca la abandonó del todo, tampoco estuvo realmente presente. Cuando finalmente rompieron, decidió que nunca más dependería de nadie, y menos de él. 

Ahora, sin embargo, algo en sus conversaciones como Novak la había hecho sentir de nuevo lo que había olvidado: conexión, complicidad, incluso esperanza. Pero ¿podía confiar en él otra vez? 

Al día siguiente, Amanda aceptó reunirse con Leo de nuevo, más por curiosidad que por otra cosa. Se encontraron en un parque, donde Daniela podía jugar mientras ellos hablaban. 

—¿Por qué ahora? —le preguntó, mientras observaba a su hija trepar por un tobogán. 

Leo suspiró. 

—Porque nunca dejé de quererte, Amanda. Al principio estaba perdido, no sabía cómo ser el hombre que necesitabas. Pero cuando te perdí, me di cuenta de que no quería vivir así. Empecé a cambiar, poco a poco, pero no sabía cómo acercarme a ti sin que me cerraras la puerta en la cara. 

—¿Y crees que esto, todo este teatro de Novak, es la forma de recuperarme? Leo negó con la cabeza. 

—No fue un teatro. Las cosas que te dije eran reales. Me enamoré de ti otra vez, Amanda, no solo por lo que recordaba, sino por lo que eres ahora. Eres increíble, y quiero demostrarte que yo también puedo serlo para ti y para Daniela. 

Y por primera vez en mucho tiempo, Amanda no supo qué decir. 

Las semanas siguientes fueron una montaña rusa de emociones. Amanda intentaba mantener a Leo a distancia, pero él estaba decidido a demostrar que había cambiado. Empezó a involucrarse más en la vida de Daniela, recogiendo a la niña de la guardería y llevándola a pasear. 

Amanda, al principio, se resistió. Pero cada vez que veía a Daniela reír con Leo, algo dentro de ella se ablandaba. No era solo por su hija; era porque Leo parecía realmente diferente. 

Una noche, mientras leía en la cama, Amanda recibió un mensaje de Leo: 

—Sé que te cuesta confiar en mí, pero estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para demostrarte que esta vez es diferente. No quiero que me perdones por lo que fui, sino que me veas por lo que puedo ser. 

Ante aquello, cerró los ojos y suspiró. Sabía que estaba en un punto de no retorno. Podía seguir protegiéndose detrás de sus miedos, o podía arriesgarse y darle una segunda oportunidad. 

Por lo que esa noche, respondió: 

—No me prometas nada. Solo hazlo. 

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz. Quizás esta vez, el pasado podía convertirse en algo nuevo.

 

Themis

**Relato de ficción**