Nekane tenía un talento especial para meterse en líos. No era que lo buscara, claro, pero parecía que el universo tenía un contrato de exclusividad para complicarle la vida. Por eso, cuando aceptó el trabajo como sommelier en el exclusivo resort Solstice Vineyard, lo vio como una oportunidad para demostrarle al mundo que podía ser profesional, seria, elegante… o al menos no tropezarse con la alfombra roja de la recepción.
Sin embargo, no habían pasado ni veinte minutos desde que había cruzado la puerta cuando ya estaba protagonizando su primer desastre.
—¡Mierda, mierda, mierda! —exclamó, viendo cómo el contenido de la copa de vino tinto volaba en cámara lenta hacia una camisa blanca impoluta.
La camisa pertenecía a un hombre. No, a un hombretón.
Camisa perfectamente planchada, vaqueros oscuros ajustados, mandíbula cincelada por los dioses del Olimpo y ojos azules que, en ese momento, la fulminaban con una mezcla de sorpresa e indignación.
—¿De verdad? —preguntó él con un marcado acento, con el tono seco de alguien que acaba de descubrir que su camisa favorita ha sido brutalmente asesinada por un cabernet sauvignon del 2016.
—Lo siento muchísimo. No sé cómo ha pasado, de verdad, yo… —Nekane balbuceaba mientras intentaba inútilmente limpiarle la mancha con una servilleta. Solo consiguió que el vino se extendiera más, como un crimen en expansión.
—¿Puedes dejar de frotarme? No soy un coche en un túnel de lavado.
Ella levantó la vista, notando por primera vez lo cerca que estaba de él. Sus ojos eran de un azul tan intenso que, si no estuviera tan avergonzada, probablemente se habría quedado mirándolos como una tonta. En cambio, retrocedió un paso y se abrazó la bandeja, como si fuera un escudo.
—Yo… Lo siento, de verdad. Te invito a una copa para compensarte. El hombre arqueó una ceja.
—¿Invitarme a una copa? Tú trabajas aquí, ¿no?
—Bueno, sí, pero…
—Entonces técnicamente sería la empresa la que me invita, ¿no?
Nekane abrió la boca para responder, pero se dio cuenta de que tenía razón. Cerró la boca de golpe, sintiéndose como una idiota. «¿Por qué siempre me pasan estas cosas?», pensó.
Él suspiró, sacó un pañuelo de su bolsillo y empezó a limpiarse la camisa con calma.
—Olvídalo. —Su tono era cortante, pero había algo en sus labios, una ligera curva, que indicaba que se estaba divirtiendo un poco. Nekane no sabía si eso la hacía sentir mejor o peor.
—Vale, lo siento otra vez. No volverá a pasar.
—Eso espero, porque no tengo más camisas.
Nekane parpadeó.
—¿Cómo que no tienes más camisas? ¿No estás alojado aquí?
—Trabajo aquí.
Ella se quedó helada.
—Oh, Dios mío.
—Sí, soy Dios. Bueno, en realidad soy Dean, el maestro cervecero del resort. —Se cruzó de brazos, observándola como si estuviera evaluando si valía la pena seguir enfadado con ella.
Nekane quiso que la tierra la tragara. Había derramado vino en el maestro cervecero. El hombre con el que iba a trabajar codo con codo durante las próximas semanas.
—Yo… soy Nekane. La nueva sommelier.
Dean no respondió. Solo la miró durante un largo y tenso segundo. Luego, una sonrisa lenta, casi perezosa, apareció en su rostro.
—Perfecto. Esto va a ser divertido.
A la mañana siguiente, Nekane llegó a la sala de catas con la determinación de demostrarle a Dean que no era una incompetente. Había pasado la noche repasando su presentación sobre maridajes y practicando frente al espejo.
Cuando entró, lo encontró apoyado en la barra, con una pinta de cerveza en la mano a las diez de la mañana.
—¿De verdad estás bebiendo a estas horas? —preguntó, dejando su carpeta en la mesa con un golpe seco.
Dean la miró por encima del borde del vaso.
—Es para la cata. Trabajo, ya sabes.
—Claro, porque beber cerveza todo el día es un trabajo muy duro.
—No te imaginas. —Dean sonrió, y Nekane sintió un cosquilleo molesto en la nuca. Era guapo, sí, pero también un idiota monumental.
La reunión comenzó mal y fue empeorando. Cada vez que Nekane intentaba explicar las sutilezas de los maridajes con vino, Dean la interrumpía con algún comentario sarcástico sobre cómo “la cerveza era mucho más versátil” o cómo “el vino es solo zumo de uva con pretensiones”.
—¿Pretensiones? —repitió Nekane, alzando las cejas.
—Sí. Mira, la cerveza no necesita un manual de instrucciones. Es sencilla, honesta. El vino es como esa gente que usa palabras raras para parecer más lista de lo que es.
Nekane apretó los dientes.
—El vino no tiene pretensiones. Es arte.
—El arte debería ser accesible. No necesitas un doctorado para disfrutar de una IPA.
La discusión terminó con Nekane saliendo de la sala, echando humo por las orejas.
—Encantadora, ¿eh? —comentó Dean a uno de los camareros, riendo para sí mismo.
Sin embargo, esa noche, mientras repasaba las notas de la cata, no pudo evitar pensar en Nekane. Había algo en su carácter explosivo, en su mezcla de pasión y torpeza, que lo intrigaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La mujer llevaba dos días intentando ignorar a Dean, lo cual era complicado porque trabajaban juntos en cada detalle del gran evento de maridaje.
Sus comentarios sarcásticos y su sonrisa de «me divierte que me odies» la tenían al borde del colapso.
El tercer día, el chef del resort les propuso hacer una prueba con varios platos y sus respectivas bebidas. Nekane aceptó porque le parecía una oportunidad para demostrar que el vino podía ser el rey. Lo que no esperaba era que Dean fuera un desastre en la cocina.
—¿Qué haces? —preguntó cuando lo vio echando un chorro de cerveza negra sobre un risotto que claramente no lo pedía.
—¿Mejorarlo? —respondió él con una mueca mientras removía la mezcla. —¡Estás arruinándolo!
—Relájate, es solo comida.
Nekane agarró la cuchara, apartándolo de un empujón.
—Tú quédate en tu rincón de cervezas, y yo me encargo de que esto no sea un desastre total.
Dean se cruzó de brazos, divertido.
—¿Siempre eres así de mandona?
Ella no respondió, demasiado concentrada en salvar el plato. Al final, lo consiguió. Cuando sirvió una cucharada del risotto en un pequeño plato y lo probó, suspiró aliviada. Estaba perfecto.
—Vale, admítelo. Te has impresionado —dijo ella, dándole una cucharada a Dean casi a regañadientes.
Dean la probó, y aunque intentó mantener su expresión neutral, la verdad estaba escrita en su rostro.
—No está mal.
—»No está mal» es lo más cerca que vas a estar de decir algo amable, ¿verdad? —Exacto.
Nekane rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír un poco. Por primera vez, la tensión entre ellos se suavizó.
El chef, que observaba desde la distancia, levantó una ceja y murmuró para sí mismo:
—Estos dos van a terminar liados, fijo.
Esa noche, Nekane y Dean se quedaron hasta tarde afinando los detalles del menú. La conversación, que al principio fue estrictamente profesional, empezó a desviar hacia temas más personales.
—¿Por qué cerveza? —preguntó Nekane mientras tomaba un sorbo de vino blanco.
Dean se encogió de hombros.
—Mi padre tenía un bar en Nueva Orleans. Crecí viéndolo probar cervezas con los clientes, hablando de sabores, de texturas… Siempre decía que la cerveza era la bebida del pueblo. Me pareció bonito.
Nekane no se esperaba una respuesta tan sincera.
—Vale, eso es… bastante bonito.
—¿Y tú? ¿Por qué vino?
—Mi abuelo tenía un viñedo en La Rioja. Pasábamos los veranos corriendo entre las parras, robando uvas, escuchando historias… Cuando probé mi primer vino de verdad, sentí que estaba bebiendo un poco de todo aquello.
Dean asintió, sorprendido por lo parecidos que eran sus orígenes.
—Quizá no somos tan diferentes, después de todo.
Nekane soltó una carcajada.
—No te pases. Sigues siendo insoportable.
Dean sonrió, pero no dijo nada. Sus ojos permanecieron fijos en los de Nekane por un momento demasiado largo, y el ambiente entre ellos cambió.
Dos días después, mientras revisaban los barriles de cerveza en el almacén refrigerado, Nekane se distrajo con una etiqueta mal colocada.
—¿Puedes dejar de tocarlo todo? —bromeó Dean desde el otro lado de la sala.
—No me digas qué hacer.
—Eres un desastre esperando a ocurrir.
—¿Perdona?
Antes de que Nekane pudiera replicar, la puerta del almacén se cerró de golpe detrás de ellos. Ambos se quedaron en silencio, mirando la puerta con incredulidad.
—¿Acaba de cerrarse sola? —preguntó Nekane.
Dean intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave desde fuera.
—Genial. Estamos atrapados.
—¡Esto es culpa tuya!
—¿Mi culpa? Tú fuiste quien dejó la puerta abierta.
—¡Porque estaba trabajando, cosa que tú no haces!
La discusión continuó durante varios minutos, hasta que ambos se dieron cuenta de que el frío empezaba a calarles los huesos.
—Nos vamos a congelar aquí dentro —murmuró Nekane, abrazándose a sí misma.
Dean suspiró y se quitó la chaqueta.
—Ven aquí.
—¿Qué?
—Ven aquí antes de que te conviertas en un cubito de hielo.
Ella dudó un segundo, pero el frío era demasiado. Se acercó a Dean, quien la envolvió con la chaqueta y la abrazó para compartir calor.
—Esto no significa que me caigas bien —murmuró ella, apoyando la cabeza en su pecho.
—Y esto no significa que te soporte más que antes —respondió él, aunque su tono era suave.
El silencio entre ellos se llenó con el sonido de sus respiraciones, y poco a poco, la proximidad empezó a hacer efecto. Nekane levantó la vista, y los ojos de Dean se encontraron con los suyos.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó él, casi en un susurro.
—Que esto es una pésima idea.
—Exacto.
Pero antes de que pudieran discutirlo, Dean la besó. Fue un beso lento al principio, como si ambos estuvieran explorando un territorio desconocido. Pero pronto se volvió más intenso, más urgente. El frío del almacén desapareció, reemplazado por un calor que se extendía por todo su cuerpo.
Las manos de la mujer, posicionadas en la cintura del rubio en un intento de mantener el calor parecieron cobrar vida propia, al igual que las de Dean la atrajeron todavía más hacia su cuerpo. Necesitando que el escaso espacio entre ambos desapareciera.
Aunque para mala suerte de ambos, la puerta se abrió y, un carraspeo divertido les obligó a separarse.
Cuando finalmente salieron del almacén, Nekane y Dean salieron intentando fingir que no había pasado nada. Sin embargo, era difícil ignorar lo evidente: algo había cambiado entre ellos. Las miradas duraban un poco más de lo necesario, y cada roce accidental parecía incendiarles la piel.
Al día siguiente, Nekane llegó a la sala de catas con la intención de actuar como si el beso no hubiera ocurrido. «Profesionalidad ante todo«, se dijo. Pero
Dean, siendo Dean, tenía otros planes.
—¿Vas a seguir fingiendo que no pasó nada? —preguntó con una sonrisa ladeada mientras ella organizaba las copas de vino en la barra.
—¿Fingir qué? —replicó, sin mirarlo.
—Que me besaste.
Nekane se giró, furiosa.
—¡Perdona! Tú me besaste a mí.
Dean alzó las manos en señal de paz, pero no pudo evitar reírse.
—Vale, como quieras. Pero lo que sea que pasó en ese almacén… no estuvo mal, ¿eh?
Nekane bufó, pero no dijo nada. La verdad era que no podía dejar de pensar en el beso, y eso la estaba volviendo loca.
A medida que se acercaba el gran evento de maridaje, ambos pasaban más tiempo juntos, lo que no hacía más que complicar las cosas.
Había momentos en los que la tensión se hacía insoportable, como cuando accidentalmente sus manos se rozaban al preparar una cata, o cuando Dean la sorprendía observándolo mientras hablaba con su típica sonrisa de chico seguro de sí mismo.
Una noche, mientras trabajaban en el diseño final del menú, Dean rompió el silencio.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —dijo, jugando con una copa de cerveza.
—¿El qué?
—Que por mucho que intente ignorarlo, me atraes.
Nekane sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Estás borracho?
—No, pero ojalá lo estuviera. —Él se inclinó hacia ella, apoyándose en la mesa. —Me atraes, Nekane. Mucho más de lo que debería.
Ella quiso responder algo ingenioso, algo que le permitiera mantener el control de la situación, pero no pudo.
Porque la verdad era que a ella también le gustaba Dean. Mucho.
Sin hablar, se acercaron, atraídos como por un imán invisible y sus labios se fundieron con furia. Con pasión. Con una ganas contenidas mayores a las que incluso ellos mismos habían esperado.
Y, como si supieran que no debían analizar lo que sucedía entre ambos. Permitieran que el control lo tomaran sus cuerpos, manteniendo a la razón relegada a un segundo plano.
La ropa de ambos acabó en el suelo, mientras Dean, con la calma de quién parecía disponer todo el tiempo del mundo subía a Nekane a la mesa mientras su boca descendía desde el cuello de la mujer hasta sus pechos. Atrapando uno de los pezones.
Sonrió al escuchar un suave jadeo cuándo lo chupó y, pellizcando el otro con los dedos tuvo la satisfacción de recibir un gemido de parte de la mujer. Quién a su vez, sin perder el tiempo recorría con deleite el torso del hombre.
—Eres preciosa.
—¿Ya no soy un desastre?
Riendo, Dean fue bajando por el cuerpo de la mujer, trazando un húmedo camino con la lengua por su abdomen. Aunque no respondió, no de inmediato al menos, sino que con deliberada lentitud fue llenando de besos el cuerpo de la mujer, sonriendo al sentir los escalofríos que provocaba en ella.
—Eres un desastre precioso —murmuró hundiendo la lengua en su sexo.
La espalda de Nekane se arqueó mientras, olvidándose de si alguien pudiera escucharles o de dónde se encontraban, aprovechó que el se encontraba agachado ante ella para colocar una de sus piernas en uno de los hombros mientras que sus dedos se enredaban en aquel cabello color miel que tanto le gustaba.
Tras aquella noche, en la que tras varios asaltos sobre aquella mesa que ninguno vería después de la misma manera, fueron a la habitación de Nekane. Lugar en el que pasaron el resto de noches venideras.
Sin embargo, lo que comenzó como algo divertido y espontáneo pronto se volvió más complicado.
Nekane y Dean intentaron mantener su relación en secreto, pero los chismes en el resort eran inevitables. Y aunque ambos intentaban tomárselo con humor, los roces empezaron a surgir.
—No entiendo por qué tienes que ser siempre tan competitivo —se quejó Nekane después de una cata en la que Dean había insistido en que la cerveza combinaba mejor con el postre.
—¿Y tú por qué tienes que ser siempre tan mandona? —replicó él. —¿Mandona? Estoy intentando salvar tu proyecto, Dean.
—¿Mi proyecto? Creía que era nuestro proyecto.
La discusión terminó con Dean saliendo de la sala, y Nekane quedándose sola, preguntándose en qué momento las cosas se habían complicado tanto.
El día del evento fue un éxito rotundo. Los invitados quedaron fascinados con la combinación de vinos y cervezas, y ambos recibieron elogios por su trabajo en equipo. Pero mientras todos celebraban, Nekane no podía ignorar la sensación de que algo estaba a punto de romperse.
Esa noche, mientras se despedían en el aparcamiento del resort, Dean finalmente lo dijo.
—Me voy, Nekane.
Ella parpadeó, sin entender.
—¿Cómo que te vas?
—He aceptado un trabajo en una cervecera en Chicago. Es una oportunidad única, y no puedo dejarla pasar.
Nekane sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Ahora. No quería distraerte antes del evento.
—¿Distraerme? ¡¿Eso es todo lo que soy para ti, una distracción?!
Dean intentó acercarse a ella, pero Nekane dio un paso atrás.
—No es eso, Nekane. Pero tú y yo… somos como el vino y la cerveza. Por mucho que intentemos mezclarnos, nunca vamos a funcionar.
Ella no dijo nada. Solo lo miró con los ojos llenos de lágrimas antes de darse la vuelta y marcharse asintiendo.
Durante los dos años siguientes, Nekane y Dean siguieron con sus vidas por separado.
Nekane regresó a España y abrió su propia bodega, mientras que Dean se convirtió en uno de los maestros cerveceros más reconocidos de Estados Unidos.
Ambos intentaron olvidarse el uno del otro, pero siempre había algo que les recordaba lo que habían compartido: una copa de vino, una cerveza especial, un recuerdo fugaz que los hacía preguntarse si habían tomado la decisión correcta.
Aquella duda los acosó hasta que, dos años después. En el aeropuerto de Nueva York, una agobiada Nekane corría intentando no perder su vuelo mientras, de frente un Dean demasiado tranquilo se preguntaba si aquello era real.
Cuándo finalmente las miradas de ambos se cruzaron. Todo quedó en un segundo plano, y, olvidándose de los vuelos de cada uno, de las personas que a su alrededor les esquivaban, del tiempo transcurrido y del desastre que había resultado su primer intento sonrieron.
Como si finalmente, hubieran encontrado algo que ni siquiera habían soñado con volver a buscar.