Para Sergio ya era una costumbre el llamar a su novia cada hora cuando salía con sus amigos. Le debía mandar fotos de los locales a los que iba y de la gente con la que estaba, porque no se fiaba. Decía que no era desconfianza hacia él si no del resto: de sus amigos que lo pueden liar, de las chicas que salen “pidiendo guerra” … Lo que no sabía era que lo que desprendía era inseguridad en sí misma, pero ese es otro tema.

Después de muchas broncas, Sergio había cedido a pasar revista cada poco para que su novia no sufriera y no le montase el pollo al día siguiente. Cada vez que estaban juntos y le sonaban más de dos notificaciones, tenía que acceder a enseñarle el móvil; cada vez que una chica lo saludaba por la calle tenía asegurada la bronca si no podía justificar todos los pormenores de la relación que tenía con ella… Total, que era casi enfermizo, pero a él parecía compensarle.

Los amigos de Sergio se reían de él cada vez que lo veían sacar fotos y mandar mensajes. Salía siempre más pendiente del teléfono que de disfrutar. Aun así, al día siguiente siempre se encontraba a su novia de morros, que le decía con voz de niña pequeña que estaba triste porque seguro que se lo había pasado mejor con sus amigos que con ella y que había visto a un montón de chicas guapas. Él aprovechaba la coyuntura para decirle algún piropo y acababa casi en una broma, pero realmente ella se sentía así de verdad.

No vayáis a pensar que cuando era al revés pasaba lo mismo. Al contrario. Si ella salía no tenía noticias de su paradero hasta el día siguiente porque le decía que si sus amigas la veían justificar dónde estaba lo acabarían tachando de machista controlador (claro que las amigas no tenían ni idea de cómo eran las dinámicas de esta chica para con su novio).

Él estaba muy enamorado y, a pesar de que aquella chica no le caía bien ni a su familia ni a su pandilla, él la veía como alguien muy especial, una chica incomprendida que sufría mucho.

Al inicio de la relación ella le dijo que no soportaba pensar que su novio viese a otras chicas desnudas, aunque fuese a través de la pantalla. Él le dijo que no era un gran fan de las webs para adultos, así que si eso suponía un problema, podía estar tranquila. Como supondréis esto no era verdad, él visitaba varias páginas de las que era un habitual, pero para él no hacía daño a nadie y su novia no tenía por qué saberlo, si eso la hacía sufrir.

 

Solamente veía ese tipo de contenido desde el ordenador que usaba para trabajar desde casa, así que estaba libre de la mano inquisidora de su novia.

Llevaba un tiempo suscrito al contenido de una chica en una web donde se puede ver porno amateur en directo, que le resultaba especialmente sexy. Le gustaba mucho su cuerpo, era exactamente el prototipo de mujer que le solía atraer, además se percibía en la pantalla que disfrutaba sabiendo que era vista, se la veía disfrutar en solitario, aunque jamás se le veía la cara. Los martes y jueves aprovechaba que su novia tenía pilates para irse a casa y ver a aquella mujer gozando en directo. Le había propuesto una vez un salón privado para él, pero siendo ya tan personal y tan íntimo se arrepintió pensando en su novia.

Una tarde en que él tenía que trabajar un rato, su novia se presentó en casa por sorpresa, así que mientras él terminaba en el ordenador de su estudio, ella se puso a curiosear su correo y alguna otra cosa en el portátil que tenía en el salón.

Esa noche tenía pilates, así que no tardó en irse y él, cansado de estar en el estudio que usaba para trabajar, se fue al salón a ver a su chica favorita de aquella web. Solamente tenía que borrar el historial al terminar. El caso es que le llamó la atención una notificación que le saltó en una ventana secundaria, un email de esa web con el nombre de la chica a la que solía ver. Pero era extraño, la cuenta de correo que usaba para eso no era la suya habitual por razones evidentes. Además, le saltaba un inicio de sesión, algo muy extraño que no había visto antes.

Cuando entró comprobó que el email iba dirigido a la dueña de esa sala, a la musa de sus pajas. Tardó casi dos minutos en hilar lo que estaba pasando.

Cuando se tranquilizó, se conectó con su cuenta real. Pudo ver cómo su novia se tensaba al ver su nombre en la pantalla mientras se seguía tocando sensualmente. Le empezó a enviar WhatsApps preguntándole qué tipo de pilates estaba practicando, si era sólo para sus problemas de espalda o si solucionaba alguno más. Ella, en plena actuación ante la cámara, con una audiencia nada despreciable, se revolvía incómoda e intentaba seguir con su tarea. Desactivó los comentarios en directo, por miedo a que su novio desvelase su nombre o tomase alguna venganza en directo. Terminó su sesión más temprano de lo habitual y se desconectó de forma brusca. Sergio alucinó al ver el email en el que le decían lo que había ganado con esa sesión entre suscriptores nuevos y propinas de los de siempre. Varios mensajes de queja por lo escueta de la sesión de hoy y dos proposiciones de hacer esa noche una sala privada “como cada semana”.  Había dos hombres con los que se conectaba en privado habitualmente… Eso ya no lo pudo soportar.

Después de tanto control, de tanta presión, de tantos gritos y celos, resultó que su novia, que disponía libremente de la cuenta corriente generosa de sus padres, iba camino de ser una porno star amateur. Se sacaba en aquella web bastante más pasta en una semana que él en un mes.

Lo peor de todo es que para él no era tanto el acto en sí. Si ella le hubiese dicho que eso a ella le gustaba, le hubiera dado igual. Para él fue la traición, el engaño y, sobre todo, las obsesiones celosas que tenía mientras enseñaba sus momentos más íntimos en público por dinero.