Éramos invencibles, de verdad que lo éramos. Sigo a Weloversize casi desde el principio y solía sentirme ajena a las historias que aquí se comparten sobre desamor y follodramas. Tuve mis historias, por supuesto, hasta que llegó él. Siempre he sido de creerme mucho menos de lo que soy (os suena, ¿verdad?) de pensar que nunca podría hacer esto o aquello, de tener millones de complejos y ser mi mayor saboteadora, hasta que llegó él. Y todo se convirtió en magia.
Solíamos sostener que el hecho de empezar nuestra relación justo cuando llegó un equinoccio (el de 2006) tuvo que influir para que todo fuera tan especial, porque con él todo era magia, y eso que no lo tuvimos fácil. A los dos años de comenzar a salir decidí mudarme a otra ciudad para hacer un máster, y quien más me animó a hacerlo fue él, porque sabía lo importante que era para mí. Lejos de afectar a la relación, la distancia y el tiempo hicieron que se hiciera más fuerte, que tuviéramos la certeza que estábamos en el camino correcto, formándonos para poder tener un futuro juntos, yo restaurando obras de arte, él con su violín (de donde también salía magia). El día que leí mi TFM, al encenderse la luz tras terminar la defensa y ver el orgullo en su rostro, casi no pude contenerme y salir a abrazarlo para darle las gracias por toda la ayuda que me había brindado. Nadie creyó en mí más que él y no sabía cómo agradecérselo.

Después del máster vinieron trabajos, aquí, allí, tanto suyos como míos, pero no acabábamos de encontrar estabilidad (dedicarse al Arte, qué osadía…) Aun así, en 2014 decidimos dar el paso e irnos a vivir juntos. Salió regular. A los pocos meses yo seguía sin encontrar trabajo y tuvimos que dejar el piso y volver a casa de nuestros padres…Pero no pasaba nada, estábamos juntos y éramos invencibles.
Por aquel entonces él acababa de terminar su novela (sí, también escribía) y después de leerla no podía permitir que se quedara en un cajón, era demasiado maravillosa. Así que nos embarcamos en la aventura de autopublicarla. El día que volvíamos de la imprenta de ver las pruebas de color, tuvimos un accidente de coche; yo me quemé con el cinturón de seguridad, él tuvo un aplastamiento de vértebra. Un susto enorme y unos meses de reposo, la publicación de la novela y las oposiciones se retrasaban. Pero no pasaba nada, estábamos juntos y éramos invencibles.
A los dos meses del accidente a mi padre le detectaron un cáncer de estómago. Letal. Aquello que antes se oía…lo han abierto y lo han vuelto a cerrar…se hizo realidad y en apenas un mes murió. Él no se separó de mi lado en ningún momento, y dentro del dolor por la pérdida, yo entendía que es ley de vida despedir a quien te trajo al mundo. Seguíamos de la mano, estábamos juntos y éramos invencibles.

Dentro de toda esta vorágine habíamos conseguido que la publicación de la novela siguiera adelante, y estaba teniendo muy buena acogida. Además, yo había encontrado un trabajo que, aunque no tuviera que ver con lo que había estudiado, me permitía tener cierta estabilidad y estaba a gusto, así que volvimos a plantearnos el irnos a vivir juntos. Era nuestro momento y además nos tocaba recibir algo bueno. Seguíamos juntos y éramos invencibles.
Y llegó 2017. Llevábamos juntos once años y yo tenía la sensación de seguir queriéndolo cada día más. Nunca tuve (nunca tuvimos) ese sentimiento de hastío, de monotonía o de cansancio. Cada día, cuando iba a recogerlo a la salida del Conservatorio, sentía esas mariposas en el estómago, esos nervios que subían por la garganta y salían en forma de Hola cariño, ¿cómo ha ido la tarde?. A eso se sumaba los miles de detalles que teníamos el uno con el otro…una nota con un te quiero al abrir la funda del violín, un poema que me dejaba debajo de la almohada, un dibujo en un post-it que se encontraba en la bicicleta al salir del trabajo…Pero él estaba cansado. Lo achacábamos al ritmo de trabajo, a los viajes a Madrid para ver al preparador de las oposiciones, su autoexigencia a la hora de enfrentarse a todo…Pero no pasaba nada, estábamos juntos y éramos invencibles.

Y entonces comenzaron las pruebas, las visitas al hospital, las salas de espera…y sin poder creerlo, el diagnóstico nos cayó encima como una losa. Cáncer de estómago. No, joder, otra vez no. Después del primer día, del que apenas tengo recuerdos, me levanté, le cogí la mano (casi literalmente) y le dije No pasa nada cariño, estamos juntos y somos invencibles. Y lo creímos, vaya si lo creímos.
Recuerdo que la gente me decía que era muy valiente, que me estaba enfrentando a la enfermedad con una entereza brutal y que el hecho de no separarme de su lado demostraba la clase de persona que era. Y yo no entendía nada, ¿qué esperaban que hiciera? ¿acaso no es esto querer? En ningún momento me planteé otra opción que no fuera no separarme de su lado ni un momento. Y llegaron los lunes de quimio, los martes vomitando y los jueves de estabilidad. Y, ¿sabéis qué? El valiente era él, una vez más creó magia e hizo fácil la enfermedad. Hizo fácil estar a su lado cada día, paseando a media mañana, leyendo por la tarde, jugando a Carcassone o Catán, tomando una infusión con los amigos o yendo a algún concierto de sus compañeros de trabajo. Planeando juntos cómo sería nuestra vida cuando todo pasara, viajar por fin a Florencia y a Londres a ver a sus amigos. Casarnos, con música, muchos amigos y muchos detalles…Debido a las parestesias no podía tocar, pero seguía escribiendo, seguía componiendo y pintando (claro, también componía y pintaba) y conseguimos, dentro de la tormenta, conseguir cierta estabilidad. Pasear de la mano se convirtió en uno de nuestros bienes más preciados y sabíamos que al estar juntos, éramos invencibles. Durante esos meses nuestra relación se fortaleció aún más, nos sentimos más unidos que nunca y, aunque parezca extraño o difícil, creo que fue cuando más conexión había entre nosotros.
Pero de repente, todo pasó . En apenas unos días, empezó a encontrarse muy cansado. Le iban a cambiar el tratamiento, lo sabíamos, sabíamos que llegaría un momento en que habría que cambiar la línea de actuación, pero no pasaba nada, seguíamos luchando, estábamos juntos y éramos invencibles. Ingresó en el hospital para ver cómo reaccionaba al nuevo tratamiento, y en un par de días, volveríamos a casa. El día que comenzaba el tratamiento, después de comer se tumbó en la cama Estoy cansado, voy a dormir un poco antes de que empiece el tratamiento esta tarde Y ya no despertó…En solo unas horas se fue, y ahora, casi dos años y medio después, sólo me queda el consuelo de que no sufrió. Dentro de lo terrible de esta maldita enfermedad él no tuvo dolores, no se fue apagando lentamente, no tuvo agonía lenta y dolorosa. Simplemente se quedó dormido. Sí, devastador, pero es a lo único a lo que puedo agarrarme.

Ha pasado el tiempo, y la gente, mi gente, me dice que lo estoy haciendo genial, que intento hacer una vida normal, que salgo, a veces viajo, voy a conciertos, me relaciono, me he matriculado en un máster…
Sí, eso es por fuera, pero no saben cómo estoy por dentro, no saben que haga lo que haga y esté donde esté siempre estoy pensando en él, no saben cómo duele ver a mis sobrinos o a los hijos de mis amigas y saber que no podrán compartir juegos, que no podré escuchar más su violín, que no leeremos más a Tokien en voz alta, que no nos cogeremos de la mano al dormir, como las nutrias. Cada día que pasa tengo más claro que debería haber sido al revés, debería ser él el que siguiera aquí, con su violín, su novela, sus alumnos…tantos proyectos, tantos planes… y ahora sólo vacío. Cuando sabes que sigues por pura supervivencia, que a la vida le da igual cómo estés, te pasa por delante y te arrolla, sin importar tu estado.
Y me hace gracia cuando leo comentarios del tipo me muero si te pasa algo o no sé qué haría sin ti, porque no te mueres, al menos literalmente, aunque sí, deseas con todas tus fuerzas que lo que te resta de vida pase rápido, porque piensas que si es cierto que hay otra vida, él estará esperando y si no, al menos todo habrá terminado. Es muy duro vivir con dolor constante, con una garra en el pecho que te aprieta las entrañas y te retuerce, como un hierro incandescente que te quema constantemente. Así me siento, pero con la certeza de que no pasará, que no se atenuará ni dejará de doler nunca, simplemente, una se acostumbra a vivir con ello.
Y se acabó, ya no estamos juntos. Sin embargo, no me gusta decir que fuimos vencidos, porque como el Conde Olinos, creo que nos buscaremos más allá de la muerte. Me quedan los recuerdos, la novela, y sus ganas de vivir. A veces siento que deseando que todo acabe también para mí lo estoy traicionando, porque su capacidad de superación y adaptación era tan grande que no me creo con el derecho de querer algo así, pero lo echo tanto de menos…
…Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte…