Meses antes de que naciese nuestro hijo, teníamos claro el nombre: Martín, un nombre que apenas se escuchaba… o eso nos parecía. Unos meses antes, la influencer María Pombo había llamado así a su hijo y, cuando el nuestro nació, descubrimos que había un Martín en cada esquina. De hecho, la familia con la que compartimos habitación en el hospital se llamaba Martina.

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Mi hijo vino al mundo el 20 de agosto, en un pueblo remoto de Sevilla y con 42 °C a la sombra. Podéis imaginaros que, por mucho aire acondicionado y abanico, el calor era insoportable. Aun así nos despacharon pronto, ya que había más madres pariendo que camas disponibles.

Mi hijo y yo nos quedamos descansando y, para no dejar pasar más días, mi marido se dirigió al Registro de nuestro pueblo. Un trámite normal y sencillo: se llevó mi DNI, el suyo y el documento de nacimiento del hospital. Al cabo de un par de días, recibimos un correo electrónico del Registro. Mi marido, que se merece el título de bromista (de los malos, por cierto), empezó a reírse mirando la pantalla: “Martín no es nuestro hijo”.

“Jaja, muy gracioso, imprime el documento”, le dije. Él me miró muy serio: “No, de verdad, Martín no es nuestro hijo”. Me pasé casi 30 horas de parto; creo que sé perfectamente quién es mi hijo, así que la bromita estaba dejando de hacer gracia. Giró la pantalla y pude ver los nombres y apellidos de mi supuesto hijo y de sus padres.

Mi hijo, en lugar de ser Martín Fernández González, se llamaba Martín Bustamante Rodríguez. Eso sí, el domicilio era el nuestro, aunque para vivir en nuestra casa de 80 metros cuadrados, jamás habíamos coincidido con los Bustamante ni pagaban parte de la hipoteca.

Nos fuimos corriendo al Registro. Por el camino me iba lamentando de haber mandado a mi marido solo. No me juzguéis: no es porque no sea un adulto funcional, es porque soy gestora y trabajar con documentos importantes es lo mío. Al llegar allí, saludamos muy en nuestra línea: “Hola, nuestro hijo no es nuestro hijo”. No les hizo gracia.

Comprobaron la documentación y aseguraron que jamás les había pasado eso. Al parecer, en esos días habían nacido más de media docena de Martín y Martina en la zona y se habían hecho un lío con los expedientes. Tuvieron que enviar un escrito al Ministerio y avisar a las demás familias de que sus documentos quedaban invalidados.

A los pocos días nos llegó el verdadero certificado. Martín volvía a ser nuestro hijo, nosotros sus padres y, por fin, en nuestra casa solo vivimos nosotros tres.