Soy mamá de una bebé de cuatro meses y estoy en una nube. Una de las cosas que más feliz me hace de la maternidad (por ahora) es dar el pecho. Me parece un momento increíble de conexión entre las dos. Nos miramos a los ojos, me coge el dedito y empiezan a fluir la leche y las oleadas de amor. Me encantaría seguir toda la vida dando el pecho.
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En fin, que me despisto. Ser mamá tiene muchísimas cosas maravillosas, otras buenas y otras terribles. Una de las peores es ajena tanto a la madre como al bebé: las opiniones de la gente. Es terrorífico como, en cuanto te conviertes en madre, pasas a ser cuestionada por todas y cada una de las decisiones que tomas. Sea la que sea y por todos los lados. Yo me he sentido juzgada por todo, pero lo de dar el pecho ya está en otra liga. Y cuando le digo a la gente que pretendo dárselo más allá de los, mínimo, dos años que recomienda la OMS se vuelven locos. Que en qué estoy pensando, que si quiero que mi hija sea lesbiana, que si va a cambiar mi teta por la … de su novio y diversas salvajadas más.
Desde el primer día he dado el pecho en público cuando mi niña me lo ha pedido, en la calle, en bares, en el río, en la universidad, en el autobús…donde ha pillado. Nunca he tenido problemas y además, siempre he pensado que si a alguien le molestaba era su problema y seguro seguro que le molestarían más los llantos inconsolables de María. Un día, una amiga me comentó que alguien le había dicho que te podían multar por amamantar en público. El resto de gente que estaba en esa conversación dijo que ni de coña, que era mentira y ahí se quedó la cosa.
Pues el otro día estaba paseando con María por mi barrio, hasta que se puso a llorar histérica. Yo la voy conociendo y sé que ese llanto significa hambre. Tenía dos opciones: irme a casa con ella berreando todo el camino o darle tetita en un banco un momento y seguir felices nuestro paseo, aprovechando el buen día que hacía. Elegí la segunda opción. Busqué un banco en un lugar discreto y tranquilo, nos colocamos y me saqué la teta.
Todo iba como la seda, mi bebita mamando feliz, yo disfrutando el momento, las flores brotando y los pájaros cantando. Hasta que de repente se me planta un señor como de unos 50 años delante y empieza a gesticular y a chillarme. Mi primera reacción fue apretar a mi hija contra mí, para protegerla de lo que fuera que estaba pasando, y levantarme como un resorte. El señor no paraba de gritarme que era una guarra y que cómo se me ocurría sacarme la teta en la calle, que menuda falta de respeto y que iba a llamar a la policía si no me tapaba ya. Yo no sabía dónde meterme, me pilló completamente desprevenida. Pero cuando me recompuse y empecé a sacar fuerzas para mandarle a tomar vientos me vino a la cabeza lo que me dijo mi amiga aquel día. Y dudé. Y ese momento de duda lo aprovechó el hombre para contraatacar con más fuerza. Así que me rendí. Cogí a María, me guardé la teta y salí corriendo de allí, lejos de aquel energúmeno, como si realmente hubiese hecho algo malo.
Cuando llegué a casa se lo conté a mi marido, se puso hecho una furia. Y cuando me tranquilicé se me ocurrió buscar en internet a ver si ese señor tenía razón y yo estaba cometiendo una ilegalidad día tras día.
Descubrí que no estaba haciendo nada susceptible de ser penado, sino que además, en muchos ayuntamientos se fomenta la lactancia con diversas ordenanzas.
Me quedé muchísimo más tranquila, pero me entró una rabia por dentro por no haber sabido eso cuando me increpó aquel elemento, que no os podéis imaginar. Estoy deseando volvérmelo a encontrar por el barrio.
Así que ya sabéis, amigas, estáis en todo vuestro derecho. Sacaos la teta y regaládsela a vuestros bebés. Es un regalo para ellos y para nosotras. Estamos dando vida y no solo no pueden decirnos nada, sino que la ley nos ampara. ¡Arriba esas tetas!
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