Pablo estaba casado y tenía tres hijos con Milagros. Ellos dos habían abierto una tienda de cosas para el hogar. Tenían decoración, ropa de cama, accesorios de cocina y baño… Era una tienda bastante grande y no iba mal, así que, cuando nació el hijo menor, decidieron contratar a alguien para ayudarles con la tienda.

Pablo jamás atendía clientes. Eso era cosa de su mujer. Él iba al banco, pagaba facturas, hablaba con proveedores, tomaba decisiones, pero el trabajo de cara al público, al igual que el trabajo de casa y en relación con los niños, era cosa de su mujer. Por eso ella siempre estuvo de acuerdo en contratar a quien fuera, pues no daba abasto con tanto trabajo para ella sola.

Tuvieron a varias empleadas a lo largo de los años. La tienda fue cada vez mejor y pudieron ir ampliando plantilla, pero entonces Milagros debía encargarse ya de algunas tareas administrativas, ya que no pasaba tanto en la tienda.

Así ella, ahora que los niños habían crecido y no la necesitaban tanto, con alguien que les planchase la ropa una vez a la semana, ella bien podía con el resto de las tareas de casa,  con los papeles de la tienda y con unas horas atender en el mostrador. Y así Pablo se dedicaba básicamente a explicarle lo mal que se gestionaba, a señalar cada error…

El caso es que, estando ya en el instituto el niño más pequeño, Milagros contrató a Sonia, una chica joven y de muy buen carácter que parecía poder ayudarla con la tienda mucho más de lo que lo habían hecho otras empleadas.

Ella era resolutiva, amable con los clientes y muy agradable con ella. La ayudaba en los ratos de poca afluencia con el papeleo y charlaban de sus cosas siempre que tenían ocasión. Milagros pasaba el día quejándose de su marido, que nunca la había  ayudado en nada, que vivía como un Rey mientras ella no tenía tiempo de nada.

Pablo empezó a pasar más tiempo por la tienda tras un par de conversaciones intensas con su mujer, que seguía los consejos de Sonia. Le había expuesto lo cansada que estaba de encargarse de todo sin ayuda de nadie y que él fuera por la vida como un hombre exitoso cuando lo que era era un vago.

Así, poco a poco, Pablo volvió a encargarse de algunas tareas en la oficina mientras Milagros salía a hacerse las uñas, a darse un masaje o cualquier cosa que se le había prohibido hasta ese momento y que tenía más que ganado.

Entonces Sonia y Pablo empezaron a pasar más tiempo juntos y esa relación de confianza que una vez tuvo con Mila, ahora la estaba empezando a tener con Pablo, pero mucho más intensa.

Pablo le contaba cómo Mila lo rechazaba siempre, lo poco querido que se sentía y que eso le había llevado a despistarse con los cuidados de la familia, pues ella apenas le hablaba.

Sonia, por su juventud, por su inexperiencia o por eso de la erótica del poder, acabó prendada de su jefe, que la había convencido de que era una víctima de aquella mujer desalmada que solamente quería aparentar y ponerse mona para ir de paseo sin él.

Finalmente, una tarde de inventario en que Sonia se quedó tras el cierre para ayudar a Pablo, acabó desnuda sobre la mesa de Mila mientras Pablo la sujetaba con fuerza contra su cuerpo.

Aquella escena erótica totalmente de película, con papeles por el aire, aspavientos y gestos de amor y lascivia a un tiempo estaban siendo observados por Mila a través de las cámaras de seguridad desde su casa.

Cuando Pablo llegó a casa fueron sus hijos a los que Mila había enseñado las imágenes más grotescas los que le dijeron a su padre que se largase de su casa en ese mismo momento, mientras proferían insultos a la que sería su nueva pareja.

Sonia consoló a Pablo aquella noche, pero ella era muy joven y compartía piso, no podía hacer mucho por él.

La tienda cerró, pues no llegaban a acuerdo alguno. Él, con casi 50 años, se quedó sin trabajo y sin familia. Ella, con 25, tuvo que ponerse a trabajar en dos sitios a la vez para poder pagar algo decente donde vivir juntos.

Después recordaba aquellas conversaciones que tenía en la trastienda con Mila cuando le contaba las penurias que Pablo le hacía pasar,  mientras le planchaba las camisas al salir del segundo turno y él se quejaba de tener que cenar frito por segundo día consecutivo.

Él no pudo volver a trabajar por problemas de salud, ella sigue trabajando dos turnos y haciendo las tareas de casa mientras es repudiada por parte de su familia por estar con un hombre tan mayor (seguramente tenga que ver con que Mila contó a todo el que se acercó a ella durante años cómo había pillado a su empleada desnuda sobre su mesa).

Una amiga de Sonia me pidió que contase su historia, a ver si al verla escrita veía dónde estaba el error y cual debía ser su próximo paso. “Amiga, date cuenta”.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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