Es más fácil salir de Ikea que de una relación intermitente

 

Todo el mundo conoce a alguna pareja intermitente.

Una de esas que viene y que va, que ahora sí, ahora no. Que rompen y se reconcilian tan a menudo que ya nadie se cree que esta vez es la definitiva.

Ni siquiera ellos mismos.

Porque lo cierto es que es más fácil salir de Ikea que de una relación intermitente.

Os lo digo yo, que me tiré nueve años intentando salir de una.

Cuando nos conocimos éramos poco más que unos críos, pero los rasgos más distintivos de nuestra personalidad ya estaban ahí.

Yo era una chiquilla insegura, necesitada de afecto y con una grave dependencia emocional.

Él era egoísta y un narcisista de libro, además de un inmaduro irresponsable con tendencia a culpar a los demás de todos sus problemas.

Es más fácil salir de Ikea que de una relación intermitente

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Aunque ahora lo veo claro, tardé muchas rupturas y reconciliaciones en detectar el patrón de nuestra relación. Unas cuantas más en darme cuenta del daño que nos hacíamos. Y una o dos más en decidir que lo mejor que podíamos hacer era seguir nuestros caminos por separado.

La primera vez que me dejó llevábamos seis meses saliendo juntos. Me dijo que le estaba agobiando, que era demasiado joven para una relación seria. Se le pasó en cuestión de un par de días.

La segunda fue cerca del primer aniversario. No quería seguir conmigo porque ya no era la misma, había cambiado. No se me escapó que era nuestra relación la que había madurado por encima de sus posibilidades y de su propia madurez, pero lo fácil era echarme la culpa a mí.

Es más fácil salir de Ikea que de una relación intermitente

De hecho, en todas las ocasiones en las que fue él quien rompió conmigo, la causa era yo. Algo que había hecho. Algo de mí que no le gustaba.

Lo que fuese, pero siempre causado directa o indirectamente por mí.

Y después volvía.

Porque me quería y me echaba de menos.

Él sabía el daño que me hacía, que nos hacía a los dos. Sin embargo, no era capaz de verlo hasta que el mal ya estaba hecho. Ni lo podía evitar ni hacía nada para aprender a hacerlo, la verdad.

Es más fácil salir de Ikea que de una relación intermitente

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Por mi parte, en cierto modo era consciente de que no conseguíamos salir de aquella espiral porque yo siempre, siempre le permitía volver.

Me pasaba la vida interpretando sus señales, esperando el instante en que le diera el aire y me viniese con que ya no quería seguir conmigo.

Cada vez que nos reconciliábamos mi autoestima acusaba el golpe y se hacía más pequeña.

Pero lo aceptaba y me aferraba a nuestros mejores momentos porque, aunque dolía, al menos no estaba sola.

Así fue como nos enroscamos en un círculo vicioso que no se rompió por sí mismo por más que lo maltratamos a lo largo de casi una década.

Tuvimos que caer hasta el fondo para darnos cuenta de que éramos extremadamente infelices y de que no éramos buenos el uno para el otro.

Aun así, él hizo un último intento meses después de nuestra última ruptura.

Menos mal que yo había aprendido al fin que es mucho mejor estar sola que mal acompañada.

 

Anónimo

 

 

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