Mi novio es, posiblemente, la mejor persona que he conocido en mi vida. Poca gente hay tan empática, generosa y atenta como él, según lo visto hasta ahora. Además, es atractivo, inteligente, trabajador y comparte ideología, valores y algunas aficiones conmigo. Lo amo por sus cualidades, pero, encima, si me pongo a comparar, me siento inmensamente afortunada. Porque el nivelito humano que observo a veces deja que desear. En definitiva, es un 10, excepto por una cosa: cada vez que hay problemas propone que nos volvamos a casa de nuestros padres.

Hace unos 10 años que quisimos vivir una etapa en el extranjero. Tuvimos suerte con el alquiler y con los trabajos, pero llevábamos ahorrado poco dinero para imprevistos. El primer mes nos llegó una factura de la luz tan abultada que, claramente, se trataba de un error. Él vio la factura, la tiró al suelo y, al borde de las lágrimas, me dijo: “Así no vamos a poder estar aquí”.

Llamé al servicio técnico de la compañía y el problema se solucionó. De aquello hace ya mucho y, desde entonces, hemos seguido viviendo juntos y afrontando la vida como personas adultas, responsables y capaces de resolver sus problemas. Bueno, no siempre.

Nunca hemos sido demasiado boyantes, la verdad. Constituimos ese tipo de familia que parece ser clase media, pero, cuando llega un imprevisto y se tiene que endeudar para hacerle frente, se demuestra que solo es pobre. Nos está costando prosperar por razones que no vienen al caso, pero no veo motivos como para dejarse vencer por el desánimo.

¿Es miedo?

Como aquel episodio de la factura de la luz ya ha habido varios, y él propone muchas veces la misma solución: volvernos con nuestros padres, ahorrar y empezar de cero. He discutido con él varias veces por esto. ¿Es que no le gusta vivir conmigo? Dice que sí, que es feliz, y es lo que muestra en el día a día. ¿Es que no confía en sus capacidades y su habilidad resolutiva? Creo que por aquí pueden ir los tiros.

El tío tiene una autoestima alta para muchas cosas. Vive sin complejos, se gusta físicamente, es optimista y no le afecta la presión social en ninguna forma. Pero parece que esa confianza en sí mismo no se extiende más allá. Por algún motivo, se siente incapaz de prosperar.

Sucede, además, que no asume nunca la iniciativa en cosas importantes. Propone planes, pero ya está. No tiene un plan B en la vida y no diseña ninguna estrategia que nos abarque a los dos. Si tú le dices que se tire 12 horas seguidas picando piedra lo hará como un autómata, pero se lo tienes que decir.

Normalmente, se deja llevar por mí. Si yo digo de seguir recto, seguimos recto; si quiero girar a la derecha, giramos. Y, cuando yo titubeo o estoy sobrepasada, es cuando dice de volver cada uno a su casa. La cuestión es buscar siempre el modo de vivir confortablemente al abrigo de alguien y no ocuparse de él mismo más allá de tareas mecánicas y básicas de supervivencia.

Su idea de volver a casa y empezar de cero, como cuando éramos veinteañeros, tendría un pase si fuéramos jóvenes y quisiéramos reorientar nuestras carreras profesionales. Pero pasamos ampliamente los 35 años, nuestros padres están jubilados y creo que es hora de que los dejemos en paz y solucionemos nuestros problemas con todas las herramientas que nos han dado.

Hora de hacer terapia

Aquí la cuestión de fondo no es si debemos volver o no a casa de nuestros padres, algo que yo ni me planteo por muy bien que me lleve con ellos, como él con los suyos. La cuestión es por qué es la única solución que ve cada vez que las cosas se complican. Ya la he sugerido alguna vez que vaya a terapia, pero, siempre alude a nuestra maltrecha economía para no hacerlo.

La adultez es una experiencia horrible que no recomiendo, con las ganas que teníamos de crecer. Bromas aparte, veo normal y razonable que la incertidumbre nos supere en algún momento. Estoy aquí para tender una mano, igual que al revés, pero no podemos pasarnos la vida dependiendo de quienes ya se ocuparon de nosotros y nos siguen brindando apoyo.

Amo a mi pareja, pero necesito sentir que estamos en el mismo barco y que remamos en la misma dirección con idéntico esfuerzo, ya sea en aguas calmadas o durante tempestades. Puedo llevar el timón, pero alguna vez también necesito cederlo sin tener que pedirlo, y muchos menos sintiendo que lo que él quiere es abandonar el barco y nadar en dirección contraria hacia el puerto seguro que supone para él su familia de origen.

El reto no es sobrevivir al abrigo de los demás, por mucho que te quieran y deseen ayudarte. El reto es aprender a hacerlo por ti mismo y, si es en pareja, hacerlo juntos al mismo tiempo, como iguales.