Durante un tiempo estuve recibiendo emails de una dirección de un remitente que yo desconocía. En el nombre del correo aparecía como anónimo. Debía ser alguien que tenía mi dirección, obviamente, y además se dirigía mí por mi nombre de pila.

La primera vez que recibí un mensaje suyo pensé que era una broma de alguien conocido, por lo que le contesté diciendo que quién era y que se dejara de tonterías. Después me respondió que no me diría quien era y el tono me pareció algo serio.

Caí en ese momento en que hay que crearse expresamente una cuenta para esto y que por tanto, seguramente no se trataría de una broma como tal.

Esta persona me empezó a escribir a diario, me decía que quería seguir siendo parte de mi vida, me preguntaba cosas… al principio, la verdad es que era casi divertido, porque pensé que sería algún enamorado y he de confesar que le seguí un poco el rollo.

Me preguntaba mi punto de vista de temas de actualidad, y me iba dejando caer cosas que me daban a entender que me conocía, tipo “cuando estabas en la universidad…” etc. Fui atando cabos y se trataba de alguien que sabía bastante de mí y que era un chico, pues alguna vez se le escapó el detalle de hablarme en masculino.

Durante un tiempo procuré no responderle, para ver si se terminaba aquello, aunque en realidad nunca fue algo molesto como tal, jamás me dijo nada impertinente ni mucho menos, pero ya era en cierta manera agobiante porque era algo diario, y yo necesitaba saber quién era.

Cuando pasaron días sin responderle, me escribió en tono más cariñoso, diciendo que esperaba no haberme asustado y que no se atrevía a salir de su escondite porque se temía que yo lo iba a rechazar.

Le propuse un juego: si yo lograba adivinar quién era, tenía que admitir que se trataba de él. Y aceptó.

En un momento dado, en uno de los correos, se le escapó una pista que a mí me sirvió para terminar de atar cabos con la información que ya tenía.

Estaba convencida de que era mi exnovio de juventud, un gilipollas que me dejó tirada como una rata y que 15 años después, de pronto, estaría aburrido. Lo curioso es que yo sí conservaba con él una cierta relación, tenía su móvil y nos felicitábamos cumpleaños y navidades y esas cosas. Pura educación.

Pensé en decirle directamente que pensaba que era él, pero estaba convencida de que el muy cobarde lo negaría y no respetaría nuestro trato. Una noche en la cama recordé que entre nosotros existía una palabra que era la mezcla de nuestros nombres… tonterías de chavales. Pensé en que a lo mejor había puesto esa palabra como contraseña de su correo fake para hablar conmigo, pero no creí que sería tan básico y tan tonto.

Pero lo era. Metí esa palabra para intentar abrir su correo, y a la primera no abrió, pero fue cambiarle la primera en mayúscula y tachán: ya no había dudas, era él mi “acosador”.

Le mandé un mensaje desde su correo para él mismo, donde puse: “El cazador cazado”. Y ya nunca volví a saber nada más de él. Ya siquiera me felicita la navidad ni los cumpleaños, he matado dos moscas de un tiro.