Hace un tiempo leí que estar siempre presente en la vida de alguien, te vuelve invisible. Al principio quise autoconvencerme de que no es así, pero finalicé dando toda la razón a la expresión.

Muchas veces y de manera innata, cuidamos a los demás incluso mejor que como nos cuidamos a nosotros mismos. No porque esperemos nada a cambio, si no, porque así es como regamos las relaciones que nos importan para que florezcan con los colores más bonitos. 

Dedicamos tiempo que sacamos de vete tú a saber dónde, para saber cómo están. Porque si ellos son felices, nosotros también lo somos. Bajo mi punto de vista, cuando quieres a alguien, su bienestar te deja tranquilo, al menos a mí me pasa.

Y estás, estás siempre. Cuando todo va bien en la vida de esas personas a las que quieres y cuidas, las conversaciones son triviales, distraídas. Te conviertes en la parte que escucha, debate y ríe. Cuando no va tan bien, ahí sigues, poniendo atención para captar cuál es la necesidad de la otra parte e intentar paliar ese mal momento que puedan tener y priorizando ante los demás. Y llega esa mala temporada donde todo va mal… En ese momento desplegamos nuestras alas de “mamá pato” que ya hemos ido calentando porque seguíamos de cerca lo que estaba pasando. Canalizamos nuestra energía y atención en aquella persona que nos necesita, adelantándonos a ella misma. Teniendo ya preparado el escenario para que su hundimiento en la mierda no sea tan apoteósico. 

Estoy convencida de que seréis muchas las personas que os sentiréis identificadas. Y ahora decirme… ¿Habéis dejado de estar y os habéis dado cuenta de que sois invisibles además de ser el motor de esas relaciones de amistad? 

Después de leer ese titular que tanto me hizo pensar, decidí ponerme a prueba. Di un paso atrás. Me permití una semana de desconexión. Una semana donde en los únicos que me centré fue en mí misma y en mi familia. A los que tengo lejos sin mensajes de buenos días ni de ¿Cómo estás?, esperando que, si necesitaban algo de mí, serían ellos quienes levantaran la mano. A los que se cruzan conmigo, bajaría la intensidad de implicación y dejaría de proponer planes.

Romper una rutina así no es nada sencillo y puede llevaros a tener un pellizco en el corazón, pero si sabéis encontrar lo positivo entenderéis que todo vale la pena.

En esa semana de las personas que tengo lejos, pero se mantenían presentes, eché de menos muchos buenos días pues no los recibía por la mañana… Más bien recibía un “buenas noches, oye… ¿qué te pasa que no has dicho nada en todo el día?”. También dejé de saber durante un par o tres de días de personas que antes me explicaban cada día, y recibía algún que otro comentario de “Ey! ¿Todo bien? Como no sé nada de ti porque no me dices nada…”. De las personas que suelo ver cada día, recibí algún “¿Qué pasa? Estás rara, como no dices de ir a hacer un café ni nada…”

No solo recibí ese feedback que no me esperaba de mis relaciones, también recibí esas que llegada la hora en el que solemos hacer el café se interesaban por mi de la misma manera que yo hago con ellas. Recibí lo mismo que yo soy con ellos, presencia, amor y comprensión.  

Y ¡¡¡patapúm!!! ¡¡¡Qué razón coño!!! Encontré todo el sentido del mundo a ese título. ¡Ojo! No quiere decir que no siga siendo quien soy cuidando y regando a quién quiero. Pero es cierto que volví con otra perspectiva. Como yo soy de esas personas transparentes (que no invisibles), invertí tiempo y energías en tener esas conversaciones que encontré necesarias para evitar precisamente eso… El desaparecer por no estar bien cuidada.

No puedo pretender que las otras personas actúen como yo lo haría, porque cada persona es diferente, y por ello me rodeo de personas extraordinarias. Pero ahora sé quién regará la relación si yo me abstengo de hacerlo unos días. Sé dónde soy invisible y donde no. Y no es impedimento para continuar estando presente, pero tal vez ahora lo hago siendo igual en la balanza de visibilidad. 

 

 

Carpatho’s Queen