Me parece increíble todo lo que estoy viendo últimamente en redes sociales. Y es que en un momento de surrealismo por mi parte y por el sesgo autoimpuesto de ver siempre a gente que me cae bien o piensa similar, creía que eso del bodyshaming lo teníamos superado.

Ya hace muchos días del boom de las campanadas y Lalachus, que fue una de esas veces en las que mi fe en la sociedad se desvanece a pasos agigantados. No sabéis lo harta que estoy de leer a esas personas que creen que hacen un bien social, aferrándose a la idea de la preocupación por la salud, cuando lo que dicen es puritito odio. Después están las personas que la llaman “valiente”. ¿Por qué? Pues por atreverse a vivir una vida normal “a pesar” se su cuerpo. De verdad, somos muy básicas… Valiente es la que se mete e nadar entre tiburones, aunque hoy en día salir en redes sin tener un cuerpo normativo es casi más peligroso, al parecer.

Pues visto todo esto, pido en mi Instagram que me cuenten historias navideñas de sus familias para poder contaros por aquí y ¿qué os parece si os digo que la gran mayoría tiene un “cómo te has puesto”, “mejor no repitas”, “tendrás claro tu propósito este año, porque tu cuerpo pide dieta”, “creía que no podrías engordar más y fíjate qué sorpresa”?

Hablé con muchas chicas, pues además de que mi perfil lo siguen un alto porcentaje de mujeres, la gordofobia suele ir bastante ligada a la misoginia. Si no de qué tantas críticas a Lalachus después de la cantidad de señoros nada normativos que han estado en la misma posición sin un solo chiste sobre sus barrigas… Y es que si os fijáis las críticas en la Puerta del Sol siempre van dirigidas a la que es demasiado mayor, la que enseña demasiado, la que está muy operada y, este año, la que está gorda.

Todas estas chicas me cuentan historias muy similares. Habitualmente, miembros de su familia a los que ven una vez al año o dos, tienen la imperiosa necesidad de hacerles saber que son conscientes de que es una mujer gorda. A todas ellas le he enviado el vídeo de Mara Jiménez sobre qué responder en estos casos, que me parece una genialidad. La gran mayoría de ellas me hablaban con culpa, como justificándose “yo sé que estoy demasiado gorda”, “es que he engordado mucho desde mi embarazo” … Pero ¡vamos a ver! Que no tienes que explicarle a nadie cómo estás, por qué estás como estas y si te gusta o no.

¿Tu cuñado te pidió permiso para hacerse aquel peinado ridículo? ¿Tu suegra es quien te paga la comida y por eso le preocupa que gastes mucho en galletas? ¿Tu tío es el que se encarga de correrte los botones del pantalón? Creo que no. Pues en el momento en que tu corporalidad es algo que te concierne solamente a ti, es algo que nadie (NADIE) debe siquiera mencionar. ¿A que a tu prima no le dicen “fíjate que cada día estás más rubia”?

Lo que debe preocuparte eres tú. Quererte, disfrutar de tu cuerpo, que es quien te permite vivir y sentir todas las cosas maravillosas que vives y sientes. Y si, por un casual estás metida en un TCA, cuando te sientas cómoda, podrás buscar acompañamiento en este proceso, siempre que este sea respetuoso y no se dedique a culpabilizarte.

La culpa y la vergüenza, esas dos sombras que nos persiguen a las mujeres desde casi desde que nacemos, son más grandes cuando nuestro cuerpo también lo es. Pero las sombras cambian de forma cuando la luz se mueve de lugar. Poned el foco en otro lugar y brillad como sabéis. Y si no sabéis, quizá sea el momento de aprender.

Luna Purple.