Vivo en un lugar que escapa de los sofocantes 40ºC del verano, a varios cientos de kilómetros de mi ciudad de origen. Con tal de buscar un respiro y de pasar tiempo conmigo, mis padres vienen a vernos y se quedan en casa una semana, al menos. Es una visita más de entre las dos o tres que hacen a lo largo del año, más las dos o tres que voy yo a su casa.

En verano siempre vienen acompañados por un matrimonio de amigos íntimos con los que se suelen ir de viaje. Y, además, se traen a su hija adolescente, que completa todo el periplo con ellos. Da igual si hacen un recorrido por la costa norte o sur, si es de interior o lo que sea. Siempre terminan las vacaciones aquí porque, además de estar yo y ganarle unos días al calor, hay atractivos cerca que a ellos les interesan.

Son cinco personas las que se presentan en casa, cinco, y porque la hija mayor del otro matrimonio ya no quiere acompañarlos. Sin contar con la invasión de nuestra intimidad, la de mi pareja y yo, eso me obliga a redistribuir muebles para que todo el mundo quepa bien en sus habitaciones, porque el espacio es limitado. Me desplazan incluso de mi oficina, ya que trabajo en casa, lo que añade un agravante a todo esto: esos días yo no puedo trabajar bien. ¿Cómo me voy a concentrar cuando en la otra habitación hay alguien viendo tiktoks a todo volumen, o llaman a mi puerta para pedir algo, o simplemente están charlando? He optado por tomarme el trabajo con más calma el tiempo que ellos están aquí, pero no me parece justo. Es como si me impusieran sus días de vacaciones.

A eso se suman las molestias del día a día: la puerta de casa abriéndose y cerrándose todo el día, platos siempre fregar, cosas por recoger, el triple de suciedad y residuos, la cola para entrar en el único baño que tengo, las preguntas sobre dónde colocas esto o lo otro, la necesidad de poner lavadoras, de que preste toallas extra, buscar cuatro juegos de sábana y lavarlas después…

Así llevamos cinco veranos. Nunca he tenido el valor de pedirle a mis padres que no vengan, que se queden menos tiempo o que se busquen un hostal económico, pero tampoco he escondido mi incomodidad. De manera irónica, entre la broma y la sinceridad, voy lanzando mis comentarios. Pero ellos se van encantados y se presentan al año siguiente otra vez.

Las normas

La verdad es que este año la situación ya me ha sobrepasado mucho. Mi pareja lo lleva mejor por su personalidad resiliente y sociable… y porque se quita de en medio por trabajo la mayor parte del día. Pero yo ya he llegado a un nivel de cansancio acumulado considerable.

La situación se puso muy tensa cuando, una noche, pedí a mis padres que hablaran más bajo. Mi madre protestó:

—Uy, hija, estamos hablando en un tono normal.

—Pues a mí me parece que estáis hablando muy alto.

Entonces, sintiéndose cohibida y molesta, se hizo la víctima: “Oh, vaya tela cómo te pones, me dan ganas de no venir más”.

Eso ya fue el colmo. Me invaden, me molestan, me impiden trabajar y, encima, no pueden respetar ni unas normas de convivencia mínimas. ¡Increíble!

Yo controlo post
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El punto de vista

Mi madre ve todo esto de manera muy distinta. Cuando ella ha alquilado viviendas vacacionales en la costa, por ejemplo, ha invitado a todo el mundo. En los veranos de mi niñez y adolescencia solía haber días de 7, 8 o 10 personas hacinadas en un piso con dos habitaciones y un solo baño.

De hecho, en mi entorno esto es muy habitual. Yo misma he dormido en los pisos alquilados de las familias de mis amigas adolescentes, en una habitación con 4 o 5 personas más. Hemos normalizado la falta de espacio e intimidad por dar cabida a la familia y los amigos, porque los seres queridos son lo más importante del mundo. Y también hemos normalizado el tragar y no poner límites cuando esa falta de intimidad te incomoda. El día que los pongas, por estar ya harta, pasarás a ser la mala y la desagradecida.

En los cerca de 70 años que tiene, mi madre no ha entendido que esa manera de vivir no es para todo el mundo, ni aunque se haya criado así. Por eso se pasa el día criticando a su hermana, que va a su bola; o a su nuera, que le tiene dicho que no se puede presentar de visita cuando le dé la gana.

El último argumento que me ha lanzado es que yo también me quedo en su casa cuando estoy de visita en mi ciudad. Me quedo únicamente yo, una persona, y hasta ahora no había tenido problema alguno con eso. Todo lo contrario, le falta tirarme la alfombra roja al llegar. Así que ahora o trago con el trajín del verano o, cuando vaya de visita a mi ciudad, me busco un hotel. Es lo que hay.