Un año y medio estuve con los preparativos de mi boda. Un año y medio hilvanando cada detalle y cada minuto para que ese día fuese perfecto y todo saliese a pedir de boca.

Pero hay muchas cosas que no se pueden controlar, el destino es así de caprichoso. Y aunque una crea que puede ser la protagonista de su boda, todo puede girarse de tal manera que puede llegar a ser una mera espectadora, como me pasó a mí.

Llegó el día fijado en el calendario, tras una larga espera. Llevábamos unos 250 invitados.

Esa mañana, como toda novia, tuve mis varias horas de peluquería y maquillaje, estaba nerviosa y ansiosa porque llegase el momento. También por salir al día siguiente de luna de miel al Caribe, como destino que llevaba toda mi vida soñando.

Estaba todo preparado, ropa, maletas, documentación, y un día perfecto previsto por delante para celebrar el amor que me unía con mi pareja. Nada podía hacerme intuir que aquel día no iba a tener nada que ver con lo que había ideado.

Me recogió un coche de época, mi padre, el padrino, estaba pletórico. Llegamos a la iglesia, me bajé del coche y sentí mi corazón latir fuerte en mi pecho. Empezó a sonar el Ave María de Schubert y allá que crucé las puertas de la iglesia, de la mano de mi padre, para dirigirme al altar.

Allí al fondo, mi amor, esperándome, sonriente. Me dirigí hacia él, emocionada, mientras todo el mundo me susurraba lo guapa que estaba y veía entre los presentes a todos nuestros seres queridos y amigos. Llegué al altar, me besó en la mejilla y ambos sonreímos. Hasta ahí el buen recuerdo del día de mi boda.

En ese preciso momento alguien empezó a gritar socorro. Uno de los tíos de mi novio, se había caído al suelo en lo que parecía un ataque al corazón. Nos dirigimos hacía él todos corriendo y un primo mío sanitario le empezó a hacer una RCP. Pedían que alguien llamase al 112 a gritos.

Alguien llamó, intentaron mantenerlo con vida, pero hacía falta un desfibrilador. Mi novio salió corriendo a un centro deportivo cercano a la iglesia para ver si tenían un desfibrilador. Entre tanto, podéis imaginar la escena, todo el mundo en pánico, yo en shock, gritos, llantos.

Llegó por fin la ambulancia en unos minutos que parecieron horas y lograron reanimar y llevarse al hombre. La mitad de los invitados eran familia del infartado, entre ellos mi novio, por lo que muchos salieron detrás de la ambulancia. Entre los que quedaron, había disgusto y preocupación y no era momento de boda alguna, para mi novio el primero, ya que estaba súper unido a su tío y no sabía más que llorar.

El cura habló con nosotros y nos propuso cancelar la ceremonia, y lo aceptamos porque no queríamos seguir adelante en aquellas condiciones.

El hombre estuvo en coma, muy malito, así que a mi novio tampoco le apetecía irse de viaje al día siguiente, y dejar a su familia allí con esa preocupación. No iba a disfrutarlo, así que me pareció normal y lo cancelamos también.

Me quedé sin boda y sin viaje en esa ocasión. La buena noticia es que el tío de mi marido sobrevivió. Nos ha regalado, en compensación, un nuevo viaje, ya que no pudimos recuperar todo el dinero del primero. También perdimos la gran mayoría del dinero del convite, y la boda sigue pendiente, pero de momento pensamos darnos el capricho de irnos al Caribe a desconectar y superar el gran susto del día de nuestro intento de boda.