Me enamoré por primera vez cuando tenía catorce años. Él tenía quince y pasó de mí como de comer caca de perro. Fue horrible. Qué mal lo pasé. Me dolía vivir, así de exagerada era por aquel entonces. Pero no duró mucho, volví a enamorarme unos meses después. De un chico que me correspondía. Más o menos. Vamos, que me decía que sí, pero se enrolló conmigo unas cuantas veces y, con mis besos todavía frescos, ya se estaba morreando con otra. A mis espaldas, por supuesto. No vaya a ser que seamos honestos y nos ahorremos el dolor del engaño, a mayores del desamor. No, no, me comí el pack completo cuando todavía era poco más que una niña.
En fin, que a partir de ahí tuve un poco de todo, pero siempre tirando a malo. A malo tirando a un cabrón detrás de otro. A ver, no todos eran unos cabrones. Pero es cierto que debo de ser la hostia de afortunada en el juego, porque lo que es en el amor, me ha ido siempre bastante de culo.

He estado con mentirosos, con infieles, con los que solo querían sexo, con alérgicos al compromiso y con algunos de esos con complejo de Peter Pan a los que la vida adulta les queda muy grande. Me he aburrido de enamorarme y de hacerme ilusiones y de llevarme luego unos batacazos de los que tardo la vida en recuperarme. Porque del último, aún estoy en ello. Parece que conforme me hago mayor, más me cuesta reponerme. Y más me cuesta querer seguir intentándolo. Lo que pasa es que al final no lo puedo evitar. Me gusta estar en pareja. Me gustan los hombres, a pesar de todo. Como que me pueden los instintos más básicos y termino cayendo de uno u otro modo.
Tras el último desamor me dije que no iba a volver a salir con nadie. Y parece que, basta que tome una decisión, para que el universo conspire en mi contra. Fue decidir que cerraba el garito para siempre, y la vida empezar a ponerme hombres interesados por delante. Que no digo yo que el interés fuera entregarme su corazón, pedirme matrimonio y formar una familia conmigo. Pero bueno, que de pronto era yo la que estaba rechazando a la peña. Sin embargo, lo de rechazar no duró, me podían las ganas de darme alguna alegría al cuerpo. De modo que se me ocurrió probar a usar a un tío como muchos otros me usaron a mí.

Y ¿sabéis qué pasó? Que se colgó de mí, el muchacho. Para una vez que inicio algo con cero interés y ninguna pretensión, va el chaval y me empieza a exigir. Un drama, una ida de olla. ¡Pero bueno! ¿Qué está pasando? Porque me ha ocurrido no una, sino dos veces.
Lo cual me ha llevado a tomar otra decisión. Como estoy cansada de ser buena con los tíos y que ellos me lo paguen con sufrimiento sentimental, he decidido seguir esta nueva estela y ser una perra. Tengo la sensación de que me va mucho mejor así. Si no tengo expectativas, no me llevo chascos. Cuando no pretendo tener nada más que desahogo y diversión, me los traigo de calle. Pues nada, a vivir, que son dos días y, al ritmo que voy con esta nueva actitud, lo mismo encuentro al amor de mi vida sin siquiera buscarlo.
Anónimo
Envíanos tus movidas a [email protected]