Cuando tenía 18 años los 40 estaban tan lejos que siempre había tiempo de cambiar de dirección varias veces, de probar, de equivocarse y de parar para después seguir rumbo hacia el éxito de la estabilidad. Quedaba mucho para tener un buen trabajo en el que hacer carrera y dinero para tener una casa en propiedad. Probablemente, por la evolución natural de lo que se supone que es la vida, después o en el camino, tocaría casarse, tener hijos y perro para completar el cupo de la felicidad.

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Lo cierto es que ya con 36 no quedan esperanzas ni tantas alternativas. Me acerco peligrosamente a los 40 y no tengo nada de lo que se supone que debería. Pero es que todo ha volado por los aires y ya no sé si algo de lo que antes esperaba es lo que en verdad ahora querría. 

Soy freelance, no tengo nada estable, mi trabajo parece que en cualquier momento podría explotar y acabar. No me dedico a nada relacionado con lo que estudié. Del periodismo al turismo, pasando por el marketing, me he reinventado como he podido y en los próximos años ya no tengo claro a lo que me dedicaré. Cuando busco trabajo no tengo el nivel de inglés suficiente o piden tantas tareas de perfiles diferentes en un solo puesto que no hay malabarista que, honestamente, pueda hacer tanto multitasking.

Aun así y a pesar de los días de bajón, me mantengo firme. Estudio inglés, aprendo cosas nuevas, me pongo al día con la IA y acepto que el pasado no lo puedo cambiar. Que arriesgué al dejar un trabajo monótono y estable para aprender mucho en otro desafiante y efímero porque siempre pensé que estaba a tiempo de volver al redil 

Ahora entiendo que el redil nunca existió. Que la idea de vida adulta es puro humo. Que también se puede estar infeliz, insatisfecho y hasta el potorro con un trabajo estable, hijos y cosas en propiedad. Que la vida no son fases que se completan: a los 20 se vive a tope, a los 30 se empieza a sentar la cabeza y a los 40, si no lo has conseguido, espera un milagro de Lourdes. Ya no me lo creo.

Pero tampoco abrazo del todo la teoría de que todavía se está a tiempo y de que nunca es tarde. De un reportaje con música emotiva de fondo con ancianos graduándose a los 90 años. No creo que la vida sea eso, o al menos no siempre. Igual todo son elecciones, renuncias y aprendizajes. Que lo que haces o dejas de hacer te abre unas puertas y te cierra otras pero siempre te deja el hueco de una ventana para mirar y respirar lo que nos toca vivir.

La mía me permite ver que por fin he aprendido a poner límites, a decir no sin tanta culpa, a quedarme con las personas que me hacen sentir bien, a no querer gustarle a todo el mundo, a trabajar para vivir y no vivir para trabajar, a conocerme, aceptarme y quererme tal y como soy. Y esto me parece el gran éxito de la existencia. Como si todo fuera teniendo de repente sentido.

Cuesta una vida entera no dejarse arrastrar por la corriente de lo que se supone que tenemos que conseguir en cada etapa. Por eso, a pesar de la incertidumbre y del miedo que me dan los cuatro años que me quedan para cambiar de década, confío en que encontraré, no sé si el camino, pero espero que al menos sí la dirección.

De momento hoy me siento como las líneas torcidas que se han salido del renglón pero que aún así sostienen un mensaje bonito, quizás no para enmarcar pero sí para leerlo y sentirse satisfecha. Con lo escrito hasta ahora, solo me queda aceptar que la vida también son tachones, saltos de línea y nuevos párrafos. Varios puntos finales y quién sabe cuántos nuevos comienzos.