Hoy vengo a contaros la historia de cómo pasé de ser la amiga simpática de mi grupo en España, a convertirme en la reina del ligoteo en Dublín.
Siempre he tenido mis kilitos de más y, aunque siempre he estado super a gusto con mi cuerpo, mis aventuras amorosas eran más bien escasas. A ver, no es que no ligara nunca, pero digamos que no tenía que estar quitándome pesados de encima cuando salía de fiesta con mis amigas.
Y luego está el tema de las aplicaciones de ligar. Yo siempre he puesto mis fotos reales. Obviamente, elegía en las que más guapa salía, pero nunca he ocultado mi cuerpo, porque no me avergüenzo de él. Pues aún así, más de un tío con el que he quedado para conocernos en persona, después de la primera cita desaparecía para siempre. Algunos sin explicación, me bloqueaban de Whashapp y redes sociales. Otros, han tenido el detalle de ser sinceros y de decirme que no les había gustado en persona o que se esperaban otra cosa. Jamás ninguno reconoció que había pasado de mí por mi sobrepeso.
Así que, cuando decidí mudarme a Dublín por trabajo, lo último que esperaba era convertirme en el objeto de deseo de los irlandeses.

Todo comenzó inocentemente. Me hice un perfil en una web de intercambio de idiomas porque, oye, ¿qué mejor manera de aprender inglés que hablando con nativos? Ilusa de mí, pensé que recibiría mensajes tipo: “Hello, I want to learn Spanish”. Lo que no esperaba era un aluvión de mensajes más del estilo: “Hey, guapa” o “Hola preciosa, ¿nos tomamos un café”. Al principio, pensé que era una broma. ¿De verdad estos chicos querían practicar español o estaban buscando algo más? ¡Pues la segunda opción, por supuesto!
Los mensajes para ligar no paraban de llegar. Yo había puesto fotos en mi perfil, fotos de cara y de cuerpo entero, y no mis mejores fotos, porque lo último que pensé es que nadie fuera a contactarme por ahí para tener una cita romántica conmigo. Pero parece ser que mi belleza cautivó a más de uno.
De primeras pensé que lo de la web de idiomas había sido algo anecdótico. Que mucha gente se esconde en el anonimato del ordenador para dar rienda suelta a sus deseos más profundos. Más que nada, porque me resultaba rarísimo que de repente mis fotos y mi físico gustaran tanto. Pero no… cuando empecé a hacer amigos y a frecuentar bares, la cosa se puso extraña otra vez.
En España, salir de fiesta significaba bailar con mis amigas, tomar unas copas y quizás algún intercambio ocasional de miradas con algún chico. Pero en Dublín, salir de fiesta se convirtió en un deporte de contacto. No llevaba ni una hora en un pub irlandés cuando el primer valiente se me acercó. “Hey, you’re beautiful!” me dijo, con esa seguridad que da la Guinness. Y así, uno tras otro, se iban acercando con sus mejores frases.

¿Qué estaba pasando? ¿A los irlandeses les gustan entraditas en carnes? ¿O es que había cruzado una frontera mágica donde de repente era la encarnación de una diosa griega? Puede que sí porque, si nos fijamos en los estándares de belleza de la historia del arte, soy bastante parecida a una de Las tres Gracias de Rubens.
Lo curioso es que no había cambiado nada de mí, salvo mi ubicación geográfica. Mis kilos seguían ahí, mi sentido del humor también, pero ahora parecía que todo eso era un imán para los irlandeses. Y, oye, que no me quejo. Es un subidón para la autoestima que ni os cuento. Aquí parece que mis curvas son algo digno de admiración y no motivo crítica, de dietas eternas y gimnasios infernales.
Mi teoría es que los irlandeses tienen una apreciación diferente de la belleza. O puede que simplemente sean más honestos y directos. En cualquier caso, se agradece. La cuestión es que ahora tengo que lidiar con más citas de las que tenía en mi vida anterior. Porque, ya os lo digo, no pienso desaprovechar esta oportunidad que me ha brindado el destino.

También creo que ser extranjera en otro país atrae a los autóctonos como moscas a la miel. Muchos creen que como estoy de paso me voy a soltar la melena y voy a hacer cosas que no haría en mi país, porque total, un día me voy a ir. Pues tienen razón.
No llevo ni un año en Dublín y ya he tenido más experiencias sexuales y amorosas que en toda mi vida.
Así que, si alguna vez te has sentido fuera de lugar, si crees que no encajas en los estándares de belleza, puede que la solución no sea cambiar tu dieta, sino cambiar de país.
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