Despertamos. Suena un “PEPE” desde la cuna. No “mamá”, no “papá”. Solo “Pepe”. Me froto los ojos. Mi mujer lo hace también. Nos miramos, cómplices, aterrorizados: otro día más, cuando acabará esta agonía.

Más testimonios en whatsapp, VENTE!

Toca hacer el desayuno. Intento poner un poco de música para adultos, un poco de Estopa o C Tangana… imposible. Ahí aparece ella, señalando el altavoz: “PEPE”. Y comienza la canción. Yo tomo mi café, mi mujer suspira y el gato huye al otro extremo de la casa, a veces nos mira con cara de “que tranquilos estábamos siendo tres”. “Pepe, Pepe, Pepe…” y yo ya estoy considerando seriamente ir a por tabaco y no volver. Necesito repetir un par de rondas más de café para poder afrontar el día. 

Minutos más tarde, entramos a la sala. Todos los libros apilados en el suelo son de pollos y vacas. “Podemos leer otro?”. Su respuesta: “Aaaca Lola”. Punto. No se negocia con terroristas. Intento distraerla con un libro sobre dinosaurios, de luces, de sonidos, desplegables, otro animal de granja diferente… “Polo Pepe”, me dice como si fuese una general del ejército. 

Venga nos vamos al parque, tal vez un poco de aire fresco nos ayude. Caminamos al parque. Llevamos la pelota, los juguetes de arena… un equipamiento como si de una mudanza se tratase. Ella corre directa al columpio y canta, fuerte, desafiante “Aaaca Lola Aaaca Lola tene aesa tene olaaa”. La gente nos mira, compadeciéndonos supongo. Yo imagino que en su mente soy el padre que vive atrapado en un videoclip de animación para niños. Y probablemente no van desencaminados. 

Intentamos la fase experimental: “Versión en inglés de la Vaca Lola”, pensando que la confusión idiomática nos daría un respiro. El inicio es como siempre, ya se ve su sonrisa iluminada “Ele U Ele I Lulii Pampín” y ella responde con un grito y aplausos “Aaca Lola””. Un nuevo intento “Versión en gallego del Pollo Pepe”. Aún por encima en gallego es “polo Pepe” exactamente como ella lo dice con sus pocos recursos de letras a pronunciar. Nos damos cuenta que da igual el idioma, da igual la versión, estamos atrapados en un bucle infinito de pollos y vacas, versión castellano, inglés o incluso gallego siendo nosotros de Murcia. 

Intento hacer de cenar pero al abrir la nevera veo que lo que hay es pollo y ternera. Me voy a tirar por el balcón, lo juro. Mi mujer propone pasta. La niña, feliz, baila en la cocina mientras canta su himno diario. Creo que si esto sigue así, deberíamos pedirle un contrato de royalties a Pollo Pepe y a Vaca Lola. 

Antes de dormir, trato de conseguir un último intento de silencio. Me siento en el sofá, agotado, viendo cómo nuestra hija se acurruca con un libro de pollos en una mano y un peluche de vaca en la otra (idea de los abuelos), murmurando “Pepe… Lola… Pepe… Lola…”. Sus ojos brillan, y no puedo evitar sonreír. Sí, estamos hartos. Totalmente hartos. Pero también sabemos que estos días se van a acabar demasiado rápido y que algún día recordaremos esto con una sonrisa… o con trauma leve. Por si acaso ya estamos empezando a ahorrar para pagarnos el psicólogo.