Estoy obsesionada con que mis hijos no engorden. Y no estoy orgullosa de ello.

 

Yo no siempre fui gorda.

De hecho, nací prematura y, por lo que me cuentan, era muy larga y delgada.

Después fui una niña normal, en un peso sano. Aunque es cierto que soy de constitución ancha, robusta y, desde chavalita, he tenido tendencia a la acumulación de grasa en la zona abdominal.

En la adolescencia mi anatomía terminó de asentarse y me convertí en una chica anchota, pechugona y con una talla más de cintura que de muslo.

Ahí comenzó la lucha contra la báscula, las dietas, los complejos, los días de playa escondida en camisetas enormes, los métodos extremos para perder siquiera un par de kilos, los efectos rebote, la relación de mierda con la comida y la inexorable pérdida de autoestima.

Hoy día, casi treinta años después de aquellos inicios, todavía arrastro las consecuencias.

obsesión con engordar

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Ahora mismo peso el doble (¡el doble!) de lo que pesaba cuando me di cuenta de que no me gustaba mi cuerpo.

No quiero ni imaginar qué pensaría mi ‘normativa’ yo de trece años si viera cómo estamos en este momento.

Pero bueno, no me voy a alargar más hablando de los problemas que acarrea tener este ‘cuerpazo’ ni de lo que hago o no hago para cambiarlo.

La cuestión es que soy gorda.

Una gorda que ha aprendido a amarse, a sí misma y a su envoltorio físico.

En la actualidad mi autoestima se mantiene en unos niveles relativamente aceptables y he llegado al punto en el que me la trae bastante al pairo lo que opinen los demás.

Peeeeero… estoy obsesionada con que mis hijos no engorden.

Es una cosa que me puede.

Y que me guardo única y exclusivamente para mí, obvio. Ni por un momento pienso dejar a mis demonios salir y que contaminen la mente inmaculada de mis niños.

Para cuando fui madre, mi relación con la comida y mi forma de alimentarme eran mucho más sanas que cuando era más joven, por lo que mis hijos siguen una dieta equilibrada y, a pesar de ser pequeños, la verdad es que comen igual de bien un filete empanado que una ensalada de tomate.

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Así que, en ese sentido, estoy tranquila porque su alimentación es todo lo saludable que puede ser. Por otro lado, son personitas muy activas y con gusto por la práctica de deporte, lo cual es genial.

Sin embargo, y aunque parece que sus constituciones y metabolismos no tienen nada que ver con el mío, sé bien que el funcionamiento del cuerpo humano es complejo, que puede cambiar en cualquier momento, y que en la forma física intervienen multitud de factores, no solo la alimentación y el ejercicio.

No es gordofobia, pese a que me estoy leyendo a mí misma y soy consciente de que puede parecerlo. No lo es, no juzgo absolutamente a nadie por el tipo de cuerpo que tenga, mucho menos a las dos personas que más quiero en este mundo.

Se trata más bien de eso, de que los amo, de que no quiero que sufran. Y como mi figura de talla grande es lo que más me ha hecho sufrir, me aterra que a ellos les pase lo mismo.

Sé que es irracional, que no es sano para mí y que lo será aún menos para ellos si no me contengo y, de alguna manera, les dejo entrever lo que siento cuando, eventualmente, se ponen morados a comida basura o cuando llevan tres días seguidos tomando helado de postre.

Me doy cuenta de ello e intento deshacerme de toda la mierda que aún me queda dentro y que provoca esta situación.

Pero, aunque no me rindo y trato de gestionarlo lo mejor que puedo, no es nada fácil.

 

 

Anónimo

 

 

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