Tengo 32 años y, en mi vida, sólo he estado con 2 hombres (sexualmente hablando). El primero fue mi novio del instituto. Con él todo era fácil por el cariño que nos teníamos, pero, a la vez, difícil por la inexperiencia. Tuvimos que aprender mutuamente qué y cómo nos gustaba. Hablar mucho, preguntar y romper esa ingenuidad de las primeras veces.
Lo dejamos ya cuando estábamos en la universidad porque nuestras vidas estaban tomando rumbos distintos, pero siempre nos hemos tenido mucho cariño y, aún hoy, seguimos hablando de vez en cuando y tomándonos algo para ponernos al día. Fue un periodo muy bonito, pero muy ingenuo.
Después, pasé mucho tiempo soltera. Tanto que empezó a preocuparme. Nunca me he atrevido a tener rollos de una noche porque soy muy tímida e insegura. No sé si habrían funcionado o no, pero nunca me lancé.
Mientras mis amigas empezaban a vivir con sus parejas, yo compartía pisos con solteras como yo. Cuando ellas empezaron a tener hijos, caí en la desesperanza. Así, en un momento de desesperación absoluta, me instalé una aplicación de citas.
La primera fue un fracaso. No sabía dónde meterme ni cómo cortar el asunto. Un drama.
La segunda fue bien. Nos tomamos un café, hablamos y, al despedirnos, me preguntó si quería ir a cenar con él ese fin de semana. Un amigo suyo había abierto un garito cerca de mi casa y podíamos ir a cenar y luego a tomar algo. Acepté sin dudarlo un momento.
Esa primera cena fue un éxito. Todo estaba rico, hablamos mucho y, pese a que insistió en hacerlo él, pagamos a medias. Estaba encandiladísima y, cuando fuimos al local de copas, acabamos besándonos. Ese día la cosa no pasó de unos besos y algo de magreo, pero me devolvieron la esperanza en las mariposas del estómago y mi yo quejica se convirtió en mi yo romántico.
La siguiente cita no nos andamos con tanto miramiento y acabamos en su casa. Su habitación me pareció muy masculina: mucho cuero, olor a machirulo, sábanas de satén… Y un espejo en el techo. La verdad es que me dio mucho morbo y, con la urgencia, no me fijé bien en todo hasta después.
Hacía muchos años que no estaba con un hombre y, como el único había sido un novio ultraformal, pues no estaba yo muy puesta en asuntos erótico festivos. Así que cuando me dio un azote en el culo me hizo hasta gracia y di un gritito. Empujaba fuerte, muy fuerte, pero yo estaba tan salida que no me importaba. Y esa noche acabé con agujetas, pero la cosa no fue a mayores.
La siguiente vez que quedamos fue para ir a una exposición sobre arte vanguardista. El chico era súper culto, guapo, agradable, vestía bien… Después, me propuso ir a su casa y yo, obviamente, acepté. Fui del tirón. Y ese día los azotes fueron varios y más dolorosos. Le dije que me hacía daño y me dijo que sabía que me gustaba… What?!?! Me cortó un poco el rollo y me levanté de la cama. Se acercó, me dio un beso de película y me dijo que no me fuera, que quería estar conmigo. Era tan mono…
Luego, poco a poco, empezó a decirme que le gustaba jugar. Que me iba a encantar, se reía el muy cabrón diciendo que era un Grey a la española. Pero a mí me camelaba precisamente eso: su saber estar con la gente y su faceta prohibida. Los azotes acabaron por no importarme, aunque no los disfrutaba, porque cuando no estábamos en la cama era todo de peli romántica.
El problema es que le molaba el sexo duro, mucho y muy muy duro. Yo no disfrutaba, pero intentaba complacerle. El colmo llegó cuando me pidió hacer un trío. Porque fue ahí donde me di cuenta de que no era un Grey, era un listo y yo una imbécil por dejarme hacer cosas que jamás habría permitido a nadie, sólo porque pensaba que se iba a enamorar perdidamente de mí. No seáis como yo, no caigáis ante alguien así.
Anónimo
envía tus movidas a [email protected]
