Soy profesora de inglés. He dado clase a gente de muchas edades distintas y en muy diversas circunstancias, pero lo que me pasó hace poco es de otro universo, y nunca mejor dicho.
Hace unos meses acudí a una fisioterapeuta que me habían recomendado, y después de una sesión de masaje un poco más mística de lo que esperaba, ella, Silvia se llama, me preguntó a qué me dedicaba. Cuando le conté que era profe de inglés, me explicó que estaba desarrollando un método de enseñanza de inglés que incluía una meditación, relajación, o algo así, antes de comenzar con la clase.
Su teoría era que las personas que llegan a un estado concreto de distensión, asimilan lo que escuchan de manera casi mágica. Ella tenía sus datos y sus porcentajes, ¿eh? Pero yo solo escuché que me pagaría 50 euros la hora por leer textos en alto, en una sala en la que la gente estaría tumbada en esterillas, medio dormida. Por supuesto, le dije que sí, y pensé por 50 euros la hora te leo en chino cantonés si quieres.
Total, que a la semana siguiente me presenté allí con algunos libros (me dijo que los eligiera yo), y bueno, después de una sesión de relajación monitorizada por Silvia, poniendo una voz que tuve que aguantarme la risa pero de qué manera, me dediqué a leerles en inglés a los cinco alumnos que ya estaban en ese supuesto estado de relajación en el que estás tan receptivo que hasta puedes sacarte una carrera en un año. Esto se lo oí yo a Silvia con mis propios oídos.

Fueron dos horas, o sea, 100 euros, y yo ya me iba, más contenta que unas castañuelas, claro. Una de las alumnas, Shiba se llama, sacó una pizza vegana que había traído, y zumo ecológico, y me dijo que me quedara a probar. Estaba todo súper rico, la verdad. Shiba me empezó a contar que vivía en una comuna que había cerca y a mí me resultó bastante interesante, así que le hice un montón de preguntas acerca de cómo se organizaban en el día a día, y ella iba respondiendo a todo encantada.
Después de un rato, cuando yo ya estaba a punto de despedirme, cambió de tema radicalmente:
―Ya están aquí, ¿eh?
Yo le pregunté a ver quién estaba aquí, pero no me hizo mucho caso y se giró al resto de personas en la sala.
―Digo, que ya están aquí.
El resto de gente supo perfectamente a qué se refería, y le daban la razón, sí, sí, eso parece, ¿verdad? Yo también he oido, sí.
―Y ya podemos tener cuidado, porque a la Casa Blanca han llegado, y con Biden ya han hablado.
Decidí quedarme callada y seguir escuchando, porque empecé a temerme lo peor.
―Y normal, normal que hayan ido allí primero, a decirle que a ver qué estamos haciendo con el planeta, claro. A ver quiénes nos creemos. Y si han llegado a Estados Unidos, aquí no han venido porque no quieren.
Miré a Silvia, como pidiéndole alguna aclaración sobre el asunto, y siguió hablando ella.
―Nada, se refiere a que ya llevan tiempo avistando ovnis, y por fin ya han aterrizado. Es que de estas cosas ya sabes que no se puede hablar, pero yo tengo un amigo que conduce un helicóptero, y tiene fotos, pero fotos fotos en las que se distinguen perfectamente formas extraterrestres, ahora no las tengo aquí, la semana que viene te las traigo.
Yo no daba crédito. Ellas siguieron hablando de seres alienígenas como si hablaran de la suegra o del vecino, y yo allí clavada con la boca abierta. No sabía qué decir ni qué cara poner, y Silvia se dio cuenta.
―¡No me digas que no crees en estas cosas! ¡No podemos tener a una colaboracionista de profe, ¿eh?
Primero no supe qué decir. ¿En serio tenía que fingir que creía que había marcianos sentados tomándose un café con Biden, hablando del cambio climático? Pero luego me acordé de los 100 euros que llevaba en el bolsillo, y me propuse que aquello durara todo lo posible:
―No os engañéis. Los extraterrestres llevan mucho tiempo en la tierra, amigas.