Empecé a quedar con un compañero de la carrera que me encantaba: era guapo, listo, divertido… Nos tenía a todas locas, pero oye, me tocó el gordo a mí.

Quedamos un par de veces y la cosa no pasó de unos buenos magreos y un dolor de labios brutal. Yo siempre le proponía subir a mi piso compartido, pero él decía que mejor otro día, que no quería acelerar nada. A mí me parecía hasta tierno que quisiera ir paso a paso, aunque confieso que llegaba a casa y agotaba la batería del Satisfyer.

A la tercera fue la vencida. Ya no podíamos más y vino a mi casa. Empezamos a desvestirnos en mi habitación y, entre camiseta y sujetador, apagó la luz. Pensé que quería un ambiente más romántico, así que encendí unas velitas. Muy sutilmente, las apagó y me dijo:
“Me encanta a oscuras, así te puedo conocer palmo a palmo.”

Pues oye, tenía su encanto. Y además, el ahorro energético siempre viene bien. Ganábamos todos.

Ya en bolas completamente, nos tiramos a la cama. Él me tocaba, yo le tocaba, y en esa maraña de manos entrelazadas empecé a bajar a chupársela. Y entonces lo entendí todo:
¡el susodicho tenía solo un huevo!

A él se le notaba el intento de ocultarlo, pero al final se dejó llevar. Para rebajarle el estrés, le dije que era mi primera vez con un mono-huevo y que esperaba hacerlo bien. Nos reímos, que de eso se trataba: de pasarlo bien.

Y le gustó. Vaya si le gustó: le gustó un huevo (perdonad, no podía evitar el chiste).

Cuando terminamos, los dos habíamos disfrutado. Repetimos, seguimos quedando y poco a poco acabamos en una relación.

Con el tiempo hablamos del tema. Él me contó que siempre había sido un complejo enorme y que le encantó la naturalidad con la que lo afronté. Y sinceramente no entiendo cómo se puede actuar de otra forma. Nos pasamos la vida reivindicando la diversidad de cuerpos, de mentes, de todo… y luego somos las primeras que nos machacamos por no entrar en una talla o no tener el pelo perfecto.

Empoderarnos no es solo decir que todo vale: es creérnoslo. Porque valemos un huevo (no hacen falta dos). Y nosotras, sin huevos, valemos un potorro… digo, un Potosí.