Reconozco que siempre me ha gustado la lencería. La tengo de todo tipo: desde la clásica de encaje a la de látex. Me encanta adoptar distintas personalidades a la hora de tener sexo con mi pareja y él flipa porque siempre podemos diseñar fantasías diversas, generar situaciones de todo tipo y disfrutar muchísimo de nuestra sexualidad.

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Aunque la ropa interior influye, a mí me daba no sé qué lo de utilizar las sábanas de siempre para este tipo de fantasías. Por supuesto que si la sesión era muy intensa las ponía para lavar y las cambiaba, pero había algo ahí que no terminaba de cuadrarme. Así que me metí en una tienda en Internet y me puse a buscar sábanas de satén, o del producto que fuera, para crear un ambiente mucho más atrevido.

Encontré varios juegos y elegí unas de color negro y otras de color rojo. No le dije nada a él y lo preparé todo con mucho secretismo. Llegado el momento, me puse mi body de látex de color negro, estrené las sábanas de color negro y tenía preparado ya un lubricante con efecto vibratorio que tenía muchas ganas de probar.

 

Nos reservamos el sábado por la noche para organizar una cena en casa. Le dije que se recortara un poco el pelo en sus partes nobles y que se preparase para una noche muy intensa. Tras la cena, le puse un antifaz en los ojos para que no viera nada y me lo llevé al dormitorio. Él pensaba que la cama tendría las sábanas de siempre y cuando se sentó en las nuevas sintió algo distinto que le encantó. Mientras tanto, yo me había quitado ya la ropa y había dejado a la vista el nuevo corpiño.

Cuando lo vio, se sorprendió y se tiró sobre mí. Comenzamos a besarnos, a recorrernos con las manos, con la lengua y con todas las ganas posibles. Nos quedamos totalmente desnudos, le dije que tenía un nuevo lubricante y le pasé el bote. Lo abrió, me puso una buena cantidad, empecé a sentir un interesante cosquilleo y cuando fue a cerrar el bote el tapón se rompió y cayó todo el lubricante en las sábanas. Como decía la etiqueta que era lavable, no me preocupó y seguimos a lo nuestro, pero nos alejamos del pegotón de lubricante. 

 

 

Él iba cogiendo un poco, se lo ponía en el pene y seguíamos. El misionero fue muy bien, a cuatro patas también y cuando me puse encima es cuando noté las vibraciones más intensas. Tanto movimiento provocó que la sábana se saliera del lado contrario y que la mancha de lubricante se fuera acercando poco a poco. Él cada vez se movía más hacia el borde y yo estaba ya en el séptimo cielo porque estaba demostrando tener más aguante que nunca. 

Cuando le dije que se animase para la traca final, se puso a moverse con muchísima intensidad. Tanta, que terminamos los dos en el suelo porque nos resbalamos sobre el resto de sábana que quedaba sin lubricante. Tuvimos que cambiar el lubricante por una crema para los cardenales durante varios días, pero nos gustó la experiencia. Eso sí, las sábanas de satén las fijamos al colchón con pinzas para la ropa y el lubricante lo echamos en un bote aparte para evitar futuras caídas. 

Y es que el satén resbala más de lo que parece, aunque sentir su caricia en la piel, su suavidad y cómo parece envolverte son sensaciones que recomiendo a cualquiera. Lo de tener ropa interior variada también. De hecho, acabo de comprarle unos calzoncillos de látex con los que la voy a liar parda en cuanto los estrene.