¡Qué caliente está la ducha!

Imagínate la siguiente situación. Te ves una vez cada seis semanas con tu pareja porque vive en otra ciudad. Eliges un lugar intermedio para que ambos viajéis el mismo número de horas. Intentas combinar que se trate de un lugar con algún interés turístico y que el precio del alojamiento sea adecuado a tu presupuesto. Cuando lo tienes todo, invitas a tu pareja al viaje y tienes por delante la tarde-noche del viernes, todo el sábado y las primeras horas del domingo para estar con esa persona.

Súmale a lo anterior horas de tren, mantener la ilusión de ir comprobando cómo te acercas a la ciudad correspondiente y esperar en la estación para llegar al hotel con más ganas que nunca de poner a prueba tu capacidad de tener sexo. Pues bien, permíteme interrumpir tu sueño con un pequeño detalle: la ducha tras el viaje. 

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Cuando sales de tu casa sobre el mediodía y llegas pasadas las siete de la tarde al destino elegido, no te da por acostarte con tu pareja tras aguantar dos transbordos y llevar encima una peste a tren que no hay quién te la quite. Por lo tanto, llegas a tu habitación y la otra persona, que está igual que tú, se anima a ducharse contigo y así comenzaría el festival del polvo continuado. 

Claro que igual se te olvida que la ducha suele llevar agua y que los mezcladores de las duchas son como los culos: cada ducha tiene uno y solo quien la usa a menudo sabe cómo funciona exactamente. Así que ahí estás tú con tu pareja, le das al agua caliente a tope, «que hace un frío que pela», te metes debajo del agua y empiezas a mojar a quien te acompaña, a besar, a toquetear y a masturbar. 

El agua de la ducha se contagia de tanto sobeteo y cada vez se va poniendo más caliente. Y justo cuando ella intenta hacerte sexo oral, estira un poco la piel hacia atrás y cae un chorro de agua que parece haber venido directamente del infierno. Das un grito, cada vez te duele más, te duchas de prisa y corriendo y sales de allí para ver si el frío te alivia algo, pero no hay nada que hacer. Cuando te miras el glande es como una flor de esas de trapo que venden en los chinos: como una bola de billar y con un color rojo que daba miedo mirar.

Al menos, te consuelas con que la farmacia de guardia disponible está justo en la misma calle del hotel, pero te queda contarle al mancebo qué es lo que te ha pasado y que este te diga «a mí qué me dice, soy el electricista que está arreglando la luz, llevo esto para no mancharme». Cuando llega el profesional te pregunta, se ríe a carcajadas y te da una crema que es «mano de santo, aunque tarda una semana en curarlo todo bien, bien».

Vuelves al hotel, sales a cenar por ahí y entiendes que son circunstancias de la vida. Un consejo, aprovecha la ocasión, como hice yo, para perfeccionar tu técnica de sexo oral y para tomártelo con calma. Lo que aprendas en esas sesiones te será de gran utilidad y lo de tener la chorra quemada y como un chorizo recién hecho pues es una anécdota que siempre vas a compartir con la mujer que te entendió entonces y que sigue contigo. Te lo dice alguien que sabe de lo que habla. O eso, o regula bien el agua antes de meterte si no quieres tener unas molestias que no le deseo ni a mi peor enemigo.

 

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