Mi fantasía erótica de toda la vida era hacerlo en un ascensor. Sí, mientras otra gente sueña con bodas en la Toscana yo soñaba con ser empotrada entre botones del 0 al 7. Qué le vamos a hacer, cada una con sus prioridades.

El caso es que después de besar muchas ranas me llegó el príncipe empotrador. Bueno, príncipe… más bien follamigo de manual: ni buenos días cariño, ni qué tal tu abuela, ni nada. Solo quedar, fornicar y a otra cosa. Y oye, lo mejor para llevar a cabo fantasías cochinas es alguien que sabes que mañana no te va a pedir cuentas de nada y que tiene la menta igual de calenturienta que tú.

Total, que una noche de viernes me quedo sola en mi piso de estudiantes. Le saco un lambrusco del Mercadona (marca blanca pero con burbujitas, que da glamour), nos ponemos cariñositos y le suelto: ¿Y si lo hacemos en el ascensor?.
Creo que se empalmó antes de contestar.

Salimos al descansillo, yo con vestido y sin bragas (como Dios manda), él con ropa normal. Y nena, qué morbo. Es verdad que las fantasías en la cabeza suelen ser mejores, pero a mí aquello me supo a gloria. Esa incertidumbre de que en cualquier momento te pueden pillar, ese sentirte protagonista de tu película, uf, se me vuelven a subir los calores solo de pensarlo.

Peeeero… la historia no acaba ahí. Y no, si estáis pensando que nos pilló alguien en plena faena, los tiros no van por ahí.

Porque claro, después del polvo nos fuimos a dormir como dos santos. Y a las 3 de la mañana empieza a sonar el telefonillo que parecía que a alguien se le había quedado el puto dedo pegao. Yo medio en coma de sueño, con el corazón a mil pensando que había fuego, que nos iban a desahuciar o que se estaba cayendo el edificio, yo que sé.

Contesto muerta de miedo y escucho a un vecino desatado:
—“¡Cabroneshijosdeputa, que os habéis dejado la puerta del ascensor abierta, que no lo puedo usar y vivo en el séptimo!”

Yo en ese momento vi pasar mi vida entera por delante, jurando que nos iban a linchar por empotrar donde no debíamos. Ahora me río pero la adrenalina de ese telefonazo casi me mata más que el polvo en sí.

Moraleja: cumplí mi fantasía, tuve orgasmo y bronca vecinal. Chicas, cerrad siempre la puerta del ascensor… pero las piernas, no tanto. ¡Cumplir las fantasías merece la pena!

Puti Jones