Sentaos, coged palomitas y preparaos para el crossover definitivo entre un capítulo de Anatomía de Grey y una película de Esteso y Pajares.
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Os pongo en situación: Borja. Llevaba detrás de él desde que Chenoa salió en chándal a la puerta de su casa, ¡años, os lo juro! Pues por fin, después de mil fueguitos en Instagram y marear la perdiz que una época yo tenía novio y cuando lo dejo él tenía novia…. cuando por fin estamos los dos solteros, quedamos para «ver una peli» en su casa. Y todas sabemos que «ver una peli» en 2026 significa lo mismo que «ir a ver las fotos del viaje» en los años 2000: mambo.
Añado info curiosa. Yo tengo tendencia a los Bartolinos. Para las nuevas: la glándula de Bartolino es una señora muy digna que vive en la entrada de «la cueva» y que, a veces, decide que no quiere trabajar y se tapona. Pues el viernes por la mañana ya noté yo un inquilino asomando. Era como un garbanzo pequeño, una molestia de nada.
¿Qué hace una persona sensata? Pues se queda en casa con un baño de asiento, agua tibia y su dignidad. ¿Qué hizo esta que os habla? Pues me puse mi mejor conjunto de encaje de ese que te corta la respiración, me eché medio bote de colonia de vainilla y no quise desaprovechar la oportunidad de quedar POR FIN con el dichoso Borja. Pensé: «Si no lo tocamos mucho, ahí se queda». Error. Error de 404 Not Found.
Llego a casa de Borja. Cenita, risas, un par de copas de vino… y la cosa se empieza a calentar. Empezamos con el froti-froti en el sofá. Y yo, en mitad del éxtasis, empecé a notar que mi garbanzo ya no era un garbanzo. Estaba mutando. Aquello estaba pasando de cereza a ciruela en tiempo récord.
Pero claro, ¡era Borja! ¡El hombre por el que habría regalado hasta mi entrada de Harry Styles! Así que aguanté el tipo como una campeona. Hasta que pasamos a mayores. En el momento en que él intentó entrar a vivir, sentí que me apuñalaban.
Me separé de él de un salto que casi llego al techo, me encerré en el baño, me miré ahí abajo con el espejo del bolso y madredelamorhermoso, tenía una pelota de tenis. No exagero. Aquello tenía vida propia, latía, brillaba y estaba más rojo que el pelo de Angy en Física o Química.
Salí del baño con la cara blanca y le dije: «Borja cariño, me ha dado un parraque, creo que me ha sentado mal el sushi, me tengo que ir ya de ya». El pobre se quedó con una cara de cuadros que ni el mantel de un italiano. Me puse los vaqueros (que me apretaban como si me estuviera abrazando un anaconda) y salí de allí haciendo el paso del pingüino.
Directa a Urgencias. Llego al hospital a las 3 de la mañana, con mis tacones, mi encaje y mi pelota de tenis genital. Me atiende un médico joven que, por supuesto, tenía que ser un pibón (porque estas cosas pasan así, para humillarte más). Me dice: «A ver, enséñeme». Chicas, cuando abrí las piernas, el pobre hombre dio un paso atrás. «Esto hay que drenarlo YA», sentenció.
Me aplicaron un tajo que me hizo ver a la Virgen de la Macarena y a todos los concursantes de la primera edición de Operación Triunfo juntos. Salió de ahí… bueno, no os voy a dar detalles escatológicos, pero digamos que Shrek habría estado orgulloso de ese pantano.
Salí de allí con un apósito del tamaño de un pañal, andando como si me hubiera bajado de un caballo después de atravesar Despeñaperros y con una receta de antibióticos más larga que la lista de amantes de Escassi.
¿Lo peor? Que Borja me escribió al día siguiente: «Oye, lo pasé genial, pero te fuiste muy raro… ¿estás bien o es que no te gusté?».
Y ahora estoy aquí, debatiéndome entre contarle la verdad o decirle que me han reclutado para una misión secreta en la Luna y que no podemos volver a vernos.
Consejo de hoy: Si vuestro Bartolo asoma la cabeza, hacedle caso. Que por un quiqui no merece la pena terminar con el chichi como un mapache atropellado.
Anónimo
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