Amigas, vengo con esa mezcla de mala leche y orgullo que solo te da el haber puesto a un «señoro» en su sitio.

Os pongo en contexto: segunda cita con un chico que en la primera parecía normal. En el primer encuentro hubo tema. Yo no dije nada, fui una SEÑORA y me callé que aquello parecía un «aquí te pillo, aquí te busco» porque, sinceramente, me costaba encontrar el material de trabajo. Por educación, por no herir sensibilidades, yo hice mi papel y me fui a casa pensando: «bueno, una y no más».

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Pero el tío, no contento con su actuación estelar, me escribe para una segunda cita. Y yo, que a veces soy masoquista o simplemente quería ver hasta dónde llegaba el delirio, acepté.

Estamos en el postre, yo ya estaba pidiendo la cuenta mentalmente, cuando el tío se inclina, se las da de seductor de pacotilla y me suelta:

— «Oye, por cierto… de la otra noche… que me gustó mucho, eh? Pero siendo sincero, tienes el chocho como la manga de un abrigo«.

Se hizo un silencio en la mesa que se podía cortar con el cuchillo de la tarta. Yo me quedé mirando mi copa de vino, procesando que el tío que me había hecho un «visto y no visto» la semana pasada, tenía la desfachatez de opinar sobre mi fisionomía.

Me invadió un calorcito por el cuello. Ese calorcito de «ahora sí que la has cagado, Manolo». Me bebí el vino de un trago, le miré a los ojos y le dije:

— «Mira, te voy a ser muy clara. La otra noche me callé por pura educación cristiana y por no hundirte la existencia. Pero ya que nos ponemos en plan críticos de anatomía, te lo voy a decir: tú tienes la picha como un micromachine«.

El tío se puso de todos los colores: rojo, morado, amarillo… Parecía un semáforo roto. Intentó balbucear algo pero yo ya estaba en racha:

— «Sí, cariño. Como el anuncio: ‘si no son los auténticos, no son los auténticos’. Solo que lo tuyo es tan auténticamente pequeño que tuve que pedirle indicaciones a Google Maps para saber si ya habías entrado o todavía estabas aparcando en la puerta. Así que, antes de criticar si mi ‘manga’ es ancha o estrecha, asegúrate de que tu brazo llega al puño, porque lo tuyo no es un abrigo, es un chaleco sin botones».

Me levanté, dejé diez euros en la mesa para mi parte (y cinco más de propina para el camarero, por el espectáculo) y le rematé:

— «La próxima vez, antes de soltar una lindeza así, cómprate una lupa, a ver si así te encuentras la dignidad… o lo otro».

Me fui de allí flotando.

R.