Me han pasado cosas raras en mi vida, pero lo que me sucede entre las sábanas es de otro mundo. No todo han sido desgracias, porque he de reconocer que este año me he llevado más de una alegría para el cuerpo en el mejor de los sentidos. Sin embargo, también me he topado con más de un rarito que me ha hecho plantearme si en realidad no sería mejor dejar de conocer hombres durante una larga temporada.
Basándome en mis últimas experiencias, puedo decir sin temor a equivocarme que el panorama está francamente en decadencia y que, en definitiva, cualquier hombre aparentemente normal seguramente esconda tras de sí alguna tara o filia de lo más extraña. Y para muestra, un botón.
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Hace un par de meses conocí a Eloy a través de una app de citas. Era un chico tímido pero muy simpático, con el que me sentía muy cómoda para hablar de cualquier cosa y con quien cogí confianza bastante rápido. Me pareció un tío muy interesante y fue un placer descubrir a un hombre cuya conversación, por una vez, no se limitara a los típicos temas estándar del tonteo dentro del mundo de las apps. Estaba claro que aquellas aplicaciones tienen la finalidad que tienen, pero realmente me gustaba que Eloy no fuera tan directo, que quisiera conocerme de verdad.
Sin embargo, después de hablar durante días y días sobre cultura, cine, literatura, música y mil historias más, empezó a surgir entre nosotros un flirteo que fue aumentando con el paso del tiempo.
Nuestras conversaciones empezaron a tener un contenido bastante picante y un día me propuso conocernos en persona porque aquello ya era insostenible. Me apetecía una barbaridad acostarme con él, pero me había bajado la regla hacía un par de horas y entre las molestias y el saber que no podría trajinar a gusto, prefería esperar. Así que le puse un montón de excusas y él, que no era tonto, se dio cuenta de que algo sucedía.
Preferí decirle la verdad. Él se rió y me dijo que dos personas podían conocerse sin necesidad de que pasara nada más. Tenía toda la razón, podíamos quedar para charlar y simplemente pasarlo bien. Y era una buena idea, en teoría.
Nos citamos en un bar para tomar algo y, de primeras, he de decir que me gustó mucho. Y supongo que aquella buena impresión fue mutua, porque a los veinte minutos ya nos estábamos morreando como dos quinceañeros. Me propuso ir a su casa, ya que él era quien más cerca vivía, pero entonces recordé que estaba con la regla. Él me dijo que no le importaba, que no había ningún problema, que si yo me sentía más cómoda lo podíamos hacer en la ducha.
Quizá debí rechazar su propuesta, pero estaba que me subía por las paredes, así que cuando quise darme cuenta estaba bajo el chorro de agua dándolo todo. Aquello parecía la bañera de Psicosis. Él, lejos de mostrarse disgustado por la situación, no dejaba de decirme lo excitado que estaba viendo mi sangre.
Lo sé, cualquiera hubiera sido capaz de ver la bandera roja, pero yo estaba demasiado ocupada teniendo orgasmos y no quise indagar más en aquella frase.
Después de aquel día, seguimos hablando casi todos los días, pero por circunstancias de la vida adulta nunca podíamos cuadrar una fecha para volver a vernos. Y dio la casualidad de que uno de esos días que ambos teníamos disponibles, mi querida menstruación, tan oportuna como siempre, iba a ser la invitada de honor nuevamente. Le dije que lo sentía mucho, que si quería cancelar lo entendía, pero él me dijo que no le importaba, que si no quedábamos aquel día, a saber cuándo podríamos volver a vernos. Y otra vez me presenté en su casa con todo el tomate.
Aquella noche no me llevó a la ducha, sino que me tumbó en su cama. Tras más de media hora de preliminares, me pidió que me quitase el tampón. Yo pensaba que íbamos a hacerlo, pero en lugar de eso, cuando volví de quitarme aquello, procedió a hacer algo que aún a día de hoy me hace flipar y torcer el gesto en una mueca de asco.
Me abrió las piernas e hizo el amago de proceder a hacerme un cunnilingus. Yo cerré las piernas y le dije que no, que no tenía por qué, que era asqueroso, pero él volvió a abrírmelas y me dijo que me limitase a disfrutar. Y juro que lo intenté, que me dije a mí misma que si a él no le importaba, por qué no podía gozármelo sin más. Pero no pude. Por el amor de Dios, que era sangre, no zumo de moras.
Eloy me pidió por favor que le dejase hacerlo porque le ponía demasiado, que desde lo de la ducha no podía dejar de pensar en ello. Yo me sentía muy incómoda allí tumbada, temiendo que me fuera a morder el papo como si fuera un vampiro sediento. Se me bajó toda la libido y le dije que aquello era too much para mí y que me largaba.
No es que yo sea un partidazo y me merezca al mejor amante del universo por mi cara bonita —aunque sería un detalle—, pero ¿es mucho pedir que al menos todo aquel que pase por mi cama no sea un friki recién salido de una película de David Lynch?
Anónimo
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