Se llamaba Óscar, era el compañero de trabajo de un colega y después de coincidir unas  cuantas veces en fiestas de cumpleaños y reuniones por el estilo, terminamos haciendo  buenas migas y algo más. No soy partidaria de liarme con los amigos de mis amigos, más que nada por evitar posibles situaciones incómodas de cara al futuro si la cosa no acaba  bien, que suele ser lo habitual. Sin embargo, aquel tío me ponía demasiado y no lo pude  evitar. En realidad sí, pero el universo me había puesto un caramelito delante y no me  daba la gana desaprovechar la oportunidad de quitarme el deseo. 

Cuando pensaba que ahí fuera no había ningún hombre perfectamente compatible  conmigo o, al menos, sin demasiadas taras emocionales y sexuales, llegó este pedazo de maromo a mi vida. Y tan contenta estaba que empecé a temerme lo peor, porque a estas  alturas de la película que es mi existencia, he aprendido que si todo me marcha tan bien  es porque la hostia que me espera más adelante será épica. El caso es que una no puede estar tranquila. Después de unas cuantas citas con Óscar en las que por poco no  terminamos detenidos por escándalo público, me propuso quedar en su casa. ¡Ding, ding,  ding! ¡Premio gordo para la señora!  

No hacía falta ser un lumbreras para saber cómo iba a terminar aquello. Nadie invita a su  casa a alguien que le gusta para hablar sobre las consecuencias del cambio climático. No  podía parar de imaginarme escenarios ficticios en mi cabeza, de pensar cómo sería Óscar en la cama y de cruzar los dedos por no tener que utilizarlos después en la soledad de mi  casa. Lo que yo no sabía es que tenía delante de mí al mejor amante que había conocido  hasta la fecha y que, en efecto, aquel pedazo de tío iba a procurarme tal cantidad de  orgasmos que por poco no lo cuento. Pero vayamos por partes. 

Como era de esperar y a nadie le sorprenderá saber, no perdimos el tiempo y nada más  cruzar la puerta de su casa, ya tenía las bragas a la altura de los tobillos. Cuando quise  darme cuenta, Óscar se puso a bucear entre mis piernas y así, como quien no quiere la  cosa, llegué al orgasmo en un abrir y cerrar de ojos. Y cuando pensaba que no podía ser  más perfecto, él siguió y siguió hasta que canté la Traviata otras dos veces más. ¿Había  encontrado a un hombre al que no sólo le gustaba el sexo oral sino que además, lo hacía  de vicio? El Señor había escuchado mis plegarias. Me había tocado la lotería sexual. 

Antes de que me diera tiempo a recuperarme y a secarme la lágrimas de la emoción, él ya estaba listo para otro round. He de reconocer que perdí la cuenta de los asaltos que  echamos, porque lo de este chico no era ni medio normal. Es triste admitirlo, pero por  primera vez a mis veintinueve años de vida, había conocido a un hombre capaz de hacer  que me corriera con tanta facilidad que llegué a pensar que podía leerme el pensamiento.  Y en esas divagaciones estaba yo inmersa cuando, de repente, tocó algún lugar de mi  cuerpo que creo que hasta yo desconocía. Fue entonces cuando empecé a sentir que  flotaba, que iba a explotar y que aquel era sin duda alguna el orgasmo más bestia que  había tenido jamás.  

Entre jadeos, hormigueos y gritos de placer, me di cuenta de que lejos de volver en mí,  me sentía rara. No sólo se me había nublado la vista, sino que además sentía un  cosquilleo importante en las manos, los pies y los labios. Nos empezamos a reír  restándole importancia y el tío lo retomó donde lo había dejado, pero pasado un rato,  cuando nos dimos cuenta de que aquel hormigueo iba a más, nos preocupamos. De  repente, había perdido la fuerza en las manos y a penas era capaz de decir una palabra  sin parecer Carmen Lomana, porque los labios se me habían dormido. Lo cierto es que,  allí tumbada y mareada, viendo cómo Óscar me masajeaba los dedos agarrotados y  doloridos, mientras yo me acariciaba la cara dormida, me acojoné. 

La verdad es que el chaval se portó en todos los sentidos. Después de ofrecerse varias  veces a acercarme al hospital, terminé aceptando por temor a que fuera algo grave.  Aunque cuando por fin me atendieron, ya me había recuperado del todo, quise saber el motivo por el cual me había pasado aquello. Después de pasar mucha vergüenza  explicando lo que estaba haciendo cuando me habían empezado a asustar mis síntomas,  la doctora me preguntó si me había pasado anteriormente algo parecido. Me mordí la  lengua para no decirle que en mi vida me había corrido como lo había hecho aquella  noche.  

Resulta que aquello se debía no sólo a la hiperventilación por la respiración agitada, sino  también al aumento de la tensión muscular que pudo afectar a la compresión de algún  nervio. Vamos que, no era más que una falsa alarma. Aún así, todo el personal médico  que había en la sala miraba a Óscar con ojos golosones, entre la envidia y la admiración.  Me gusta pensar que aquel día la expresión «casi me muero del gusto» adquirió un nuevo  significado. Gracias a ese amago de apechusque, aquel dios del sexo y yo terminamos  bastante unidos y, a pesar de que aún nos estamos conociendo, tengo la gran suerte de  poder decir que todavía disfruto de sus habilidades. Con más calma, eso sí.