chica tirándose un pedo
Amor & Polvos

Follodrama: el pedo que al final no fue silencioso

¿Alguna vez habéis querido que la tierra se os trague durante un polvo? Pues os aseguro que no será nada comparado a lo que me pasó a mí.

Sábado noche, fiesta en el bar de siempre y cuatro amigas con ganas de darlo todo. No me considero una persona muy fan del alcohol, pero cuando me pongo me pongo. Tenía el día esponja y me apetecía absorberlo todo: vinito Yllera en casa, cervezas en el primer garito y copas y chupitos en el bar de siempre. Iba fina, para que nos vamos a engañar, pero estaba pasándomelo en bomba.

De repente levanté la mirada y vi a un chico GUAPÍSIMO. En serio, era como si estas esculturas antiguas de tíos cicladísimos y mega atractivos hubiese cobrado vida. Mi chichi estaba como cuando mezclas Cocacola y Mentos.

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Como estaba motivada, me acerqué a hablar con él. Empezamos a charlar, a reír y a morrearnos. Seguramente mis comentarios no eran tan interesantes como podía parecer y sus chistes no eran tan graciosos, pero nos lo estábamos pasando de 10. Besaba bien, me estaba poniendo perrísima y la noche prometía.

– ¿Vamos a mi casa? Dijo él.

Vamos. Contesté yo.

Llegamos y en la entrada yo ya estaba con el sujetador desabrochado y las bragas por las rodillas. Real que si en ese momento tiro las bragas al techo, se quedan pegadas de lo cachonda que iba.

Pasamos a la habitación y comenzamos a follisquear de todas las formas y colores. Posturas varias, sexo oral intercalado, caricias, muerdos, arañazos, gemidos, sudor. Estaba teniendo el polvazo de mi vida, cuando de repente estando él encima de mí en el clásico misionero me entraron unas ganas terribles de tirarme un pedito, y digo pedito porque pensé que sería insonoro, delicado, sutil e inadvertido. JÁ, JÁ Y JÁ.

Relajé el esfínter y no fue un pedo, chicas, fue el Armagedón. Me cagué encima, no utilizaré más eufemismos, y no fue caca normal, fue caca líquida de borrachera. Manché todas sus sábanas de mierda, su colchón de mierda y mi espalda de mierda. Era como un bebé que se caga en el pañal y el pastel se desborda por todas partes. Asqueroso.

Os juro que durante un minuto me quedé en shock pensando cómo coño actuar y al final reaccioné. Pronuncié la frase que jamás pensé que pronunciaría.

– Para, para, que me he cagado encima.

Él no me entendió así que lo dije más alto, porque más claro no podía.

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Le pedí por favor que saliese de SU habitación, que yo lo recogía todo, y él con cara de “qué coño está pasando, esto es una cámara oculta fijo” me hizo caso. Fue surrealista porque desde la habitación yo gritaba “¿Qué hago con las sábanas? ¿Las tiro o para lavar?” y “¿Me puedes pasar papel o un estropajo y algo para limpiar rollo detergente o jabón?”. Él me pasó una bolsita de basura, un estropajo y jabón como si estuviésemos haciendo un intercambio de drogas.

Metí las sábanas en la bolsa de basura y limpié como pude el colchón, pero quedó un berrete amarillento. Después me limpié el culillo y la espalda. Salí de la habitación con la cara de la virgen de las angustias. Jamás he pasado tanta vergüenza. Ni le mire a los ojos, con eso os digo todo. Sólo fui capaz de decir un “lo siento” mientras me marchaba de allí.

Salí por la puerta y mandé un audio a mis amigas, que se descojonaron lo que no está escrito. Os juro que en el audio lloré por la vergüenza. Ahora lloro por las risas.

Y amigas, la moraleja de esta escatológica historia es que en la vida como en el amor nunca sabes cuando un pedo se va a convertir en un zurullo.

 

Anónimo

 

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