Todos hemos tenido alguna vez en casa al típico instalador de internet. Da igual de qué empresa sean, todos tienen cosas en común: llevan pantalones multi bolsillos, botas de seguridad, una camiseta con el nombre de la subcontrata para la que trabajan y un rollo enorme de cable. La mayoría de las veces van con prisas y pocas ganas de hablar. Así que la instalación se convierte en un momento incómodo donde un desconocido da vueltas por la casa mientras va grapando cables por las paredes.
Sin embargo, aquella vez fue diferente. Estaba esperando al instalador de fibra por un cambio de compañía. Ya había cambiado varias veces, pero en este caso la tecnología era diferente y tenían que cambiar el cable de casa. Cuando llamaron a la puerta, me encontré con un chico moreno de un metro ochenta, ojos verdes y un físico más que aceptable, teniendo en cuenta que la indumentaria que suelen llevar no favorecería ni al hombre más sexy del mundo.
En fin, el chico era muy agradable. Me preguntó por dónde quería el cable. Me quedé pensando porque la verdad es que no me lo había planteado, entonces empezó a reírse diciendo que aquello “había sonado muy mal”. Yo no me lo había planteado desde esa perspectiva picante que parecía tener en ese momento, pero también me reí.

En fin, durante el rato que duró la instalación, que fue bastante, mientras lo conectaba todo y hacía las pruebas, me estuvo contando cosas de su vida. Que vivía en un pueblo cercano, que trabajaba muchas horas pero que le gustaba ese trabajo… También me preguntó a qué me dedicaba, qué aficiones tenía y de una manera tan sutil que casi ni me di cuenta, se interesó por si estaba casada.
En ese momento no pensé que estuviese tonteando conmigo, solo creí que estaba siendo agradable. Finalmente, lo dejó todo funcionando y me dijo que le llamase si algo me daba problemas.
Unos días después ya ni pensaba en aquello cuando recibí un mensaje suyo. Me preguntaba si todo seguía funcionando bien. Al día siguiente tenía otras instalaciones por mi zona y me dijo que, si había notado algo raro en la conexión, se podía pasar por casa a echarle un vistazo.
Me pareció que era un chico muy agradable. También tenía claro que era bastante guapo, pero ni me planteé que aquello fuese algo más que cortesía profesional. Le dije que no se preocupase, que todo estaba bien. En ese momento me llegó otro mensaje, me confesaba que le había caído muy bien. Decía que era difícil encontrar personas con las que conectar de aquella manera y que, si no me parecía mal, le gustaría invitarme a un café. Que quería conocerme más.
Al principio dudé. Pero como habíamos tenido tan buen rollo y estaba claro que físicamente me atraía, acepté quedar al día siguiente para tomar ese café.
Aquel día, por la mañana en el trabajo, estaba bastante ilusionada. Yo no solía ligar y mucho menos así. Me parecía una historia bastante curiosa y cuando se lo estaba contando a una de mis compañeras y confidentes, otra chica del grupo vino hacia mí con una expresión bastante extraña.
Me preguntó el nombre del instalador. Cuando le conté lo que sabía de él, ella confirmó sus sospechas y me abrió los ojos. Aquel personaje vivía en su mismo edificio, justo en el piso de arriba del suyo. Estaba casado y con un bebé de menos de un año. Por lo visto ella ya había escuchado rumores anteriormente sobre aquella táctica de su vecino. Conocía a chicas mientras trabajaba, se hacía el santurrón, las invitaba a café y a última hora llamaba a sus conquistas diciendo que se le había complicado el trabajo y que tenía poco tiempo, que si no les importaba que el café fuera en su casa. De esa manera conseguía quedarse a solas con ellas y las engatusaba para echarles un polvo.

Me quedé de piedra.
No dije nada. Pensé que quizás finalmente no me escribiría, pero me equivoqué; a las cinco en punto me llegó el mensaje diciéndome lo de tomar el café en mi casa. Le dije que antes de quedar quería tener claro si tenía pareja, que no me gustaban los rollos extraños ni hacer daño a nadie, y me aseguró que estaba soltero. En ese momento me calenté, le dije que no solo sabía que estaba casado, sino que me había avisado una persona muy próxima a su mujer.
Pensé que ahí ya se echaría para atrás, pero el muy sinvergüenza me dijo con muy malas formas que yo no era nadie para meterme en su vida y en lo que él hiciera con su mujer, que él no pretendía nada conmigo y lo único que quería era comprobar si tenía bien metida la fibra. A lo que contesté que si me volvía a escribir o sí lo veía cerca de mi casa, el que iba a tener la fibra bien metida por el culo iba a ser él.
Y lo bloqueé. Meses después vi una noticia en la que se hablaba de un instalador de internet al que le había caído un despido disciplinario y una multa por acosar a una clienta. No pude sino preguntarme si sería él. Desde entonces cada vez que viene algún trabajador a hacer algo en casa me mantengo cortés, pero distante. Quizás él malinterpretó mi comportamiento o era un golfo sin más. Pero desde luego es una experiencia que no voy a poder olvidar.