Conocí a Ricardo durante mis vacaciones de verano con las amigas. Liarme con un tío no era algo que tuviera planeado ni mucho menos, sino todo lo contrario; acababa de dejarlo con mi ex y la ruptura había sido tan traumática que no quería oír hablar de hombres al menos durante una buena temporada. Aquel verano sólo pensaba en ponerme morena, desconectar, beber como un albañil recién cobrado y reírme a muerte con mis chicas. Pero como suele pasar, no todo termina saliendo según lo planeado.

Una de las noches que salimos a cenar y a tomar unas copas, noté que un chico me estaba mirando, pero yo pasaba bastante del tema y no quise entrar en aquel tonteo visual, aunque lo cierto es que el chaval estuviera de muy buen ver. Nosotras continuamos con nuestra fiesta y decidimos irnos con la música a otra parte; nos dirigimos a otro local con más ambiente, el típico garito de playa atestado de gente en busca de un rollete de verano. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que el chico de las miraditas también estaba allí y que ahora era yo la que le miraba a él con esa forma suya tan descarada.

Pues chica, no sé si serían los incontables copazos que me metí entre pecho y espalda o es que una es humana, pero olvidé aquel mantra que llevaba repitiéndome desde que mi ex y yo habíamos roto (nada de hombres) y cuando me quise dar cuenta, Ricardo y yo ya nos habíamos presentado, bailado juntos y morreado de lo lindo en medio de la pista. Mis amigas me jaleaban como la panda de verduleras que son, así que después de un rato, me propuso irnos a dar un paseo en busca de algo de intimidad, porque decirme «oye, vamos a echar un polvo donde nadie nos vea» sonaba un poco más brusco.

Aquella madrugada lo hicimos en su coche y yo me pregunté cómo diablos había tenido en mi cabeza la idea de no volver a estar con un hombre durante un tiempo; me lo hizo tan bien que intercambiamos los números de teléfono para volver a quedar al día siguiente. Horas más tarde, me llamó y me propuso ir a pasar el día a una cala preciosa y poco conocida de la zona, pero yo no quería ser de esa clase de chicas que olvida a sus colegas para irse con el primer tío de turno. Sin embargo, mis amigas me animaron a que fuera y disfrutara de la vida por una vez, así que antes de que pudiera arrepentirme, Ricardo y yo estábamos de camino a esa calita de la que me había hablado.

La verdad es que pasamos un día genial, y es que estaba en lo cierto: aquel lugar era increíble y no estaba masificado, apenas había un par de parejas y unos cuantos bañistas solitarios. Tuvimos que cruzar un pequeño bosquecillo y dejar el coche un poco lejos, pero mereció la pena, sentí una paz que me hizo desear quedarme allí para siempre. Pero claro, aquella tranquilidad contrastaba con nuestras ganas más que evidentes de meternos al mar y dar rienda suelta a todas las cochinadas que teníamos en mente.

Cuando empezó a ponerse el sol y la gente recogía sus bártulos para marcharse, nosotros nos quedamos con una idea bastante clara en la cabeza: que se hiciera de noche, quedarnos solos y echar un polvo de campeonato. Y así lo hicimos. Yo me moría del morbo, nunca antes lo había hecho en la playa, y creí que aquello sería épico. Y lo fue, pero no por los motivos que yo pensaba…

Ricardo y yo estábamos enfrutiñando como si no hubiera un mañana, cuando escuchamos unos ruiditos lejanos. Nos quedamos muy quietos, tratando de escuchar de dónde provenían, y resultaron ser los gemidos de un chico con su pareja. Se veían dos figuras al otro lado de la cala, en mitad de la oscuridad. Nos empezamos a reír y pensamos que, mientras cada uno se quedara en su sitio sin molestar a nadie, todo estaba bien. Pero después de un rato vimos que un hombre se acercaba a mirar y a ellos no parecía importarles. Aquello ya no nos pareció gracioso y decidimos movernos a otro sitio más escondido.

Encendimos la luz del móvil para orientarnos y… imaginad nuestra cara al descubrir que había dos parejas más montándoselo, mientras más de diez personas miraban y se sacudían la sardina, algunos incluso participando. Nos miraron como si fuésemos intrusos y nosotros corrimos a quitar la linterna del móvil y largarnos de allí espantados.

Cruzamos el pequeño bosquecillo rezando para que no hubiera más gente gratinándose el mollete. Por suerte, llegamos al coche sin problema y, una vez dentro, nos empezamos a descojonar al darnos cuenta de que aún íbamos en pelotas. Nos vestimos a toda prisa y salimos de lo que después supimos que era una zona de cruising gay.

Después de aquel coitus interruptus Ricardo y yo no volvimos a vernos, ya que al día siguiente yo regresaba a la ciudad. Fue la cita y el medio polvo más surrealistas de mi vida, pero lo cierto es que, a grandes rasgos, lo pasamos genial y nos reímos un montón.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.