Trabajando en el sector sanitario he visto de TODO. Cuando digo todo es todo. Frutas en lugares donde no debe haber fruta, objetos puntiagudos insertados en el pene, heridas sexuales y lesiones dignas de contorsionistas. Lo que yo no imaginaba es que algún día yo protagonizaría una de esas anécdotas convirtiéndome en la chica del chichi en llamas.

Todo comenzó cuando conocí a Pablo, un chico de mi curro con el que había compartido cafés, miraditas y bromas en la cafetería del hospital. Él estaba en otra planta y nuestras especialidades no podrían ser más diferentes, pero el tonteo superó cualquier barrera y acabamos quedando para tomar algo.

Tras varias citas tocó rematar y el muchacho me invitó a su casa. Vivía en un estudio de lo más coqueto cerquita del curro. La cocina estaba separada del resto de la casa por un biombo y en una estantería tenía Funkos, videojuegos y ocho mil frikadas que cautivaron mi corazón. Mientras yo cotilleaba todo lo que estaba a la vista, se acercó por detrás, apartó el pelo de mi cuello y comenzó a besarlo suavemente poniéndome como una moto.

‘Si quieres cotillear, abre el cajón de la mesilla izquierda.’

Yo soy una chica obediente e intrigada fui a mirar. Allí había de todo: lubricantes varios, condones, cuerdas, esposas… El paraíso del BDSM.

‘¿Te gusta lo que ves?’

Yo no estaba ahí para jugar al parchís, así que asentí y me enseñó el plato fuerte. Tenía un sistema de sujeción que se colocaba bajo la cama y que permitía atar a tu pareja sexual de pies y manos. La intriga fluía por todo mi cuerpo -y el cachondismo también- y quise probarlo. No imaginaba lo que iba a pasar a continuación.

Llevábamos casi una hora de reloj y yo estaba a tope, pero no sé porqué no conseguía correrme. Debía tener el chichi desgastado de tanto froti-froti y empecé a rayarme una miaja. Si fuese tío, habría tenido un gatillazo. El muchacho debió notar que mi lubricación bajaba así que tuvo una maravillosa idea:

‘Tengo un estimulante del orgasmo natural. Ya verás qué cosquilleos.’

Resultado de imagen de it burns

A lo mejor os imagináis por dónde van los tiros, pero yo en aquel momento no. Sólo recuerdo sentir el mayor escozor de mi vida en el chumino y empezar a retorcerme de dolor, cosa que él interpretó como excitación. Cuando conseguí que entendiese que estaba muriendo de sufrimiento y me quitó la venda de los ojos y la sujeción de pies y manos pude verlo claramente… ¡Me había echado tabasco en el coño!

Acabé en el hospital con una irritación que no he tenido en mi vida y Pablo y yo nunca volvimos a quedar. A él le daba demasiado corte mirarme a la cara y yo no quería que me condimentase como un burrito otra vez.