En un sofá de Benidorm
Sí, Cervantes escribió de un lugar de cuyo nombre no quería acordarse y yo de un sofá de Benidorm que pasó a mejor vida. Te pongo en situación. Mi pareja y yo vivíamos en ciudades distintas y nos veíamos una vez al mes en un punto intermedio para ambos. Elegimos la famosa ciudad alicantina para pasar una semana juntos en pleno verano. El precio del apartamento no estaba mal del todo y no nos lo pensamos demasiados para montarnos una escapada erótico-festiva que nos permitiera recuperar el tiempo perdido.
Llegamos al edificio, nos recibió el portero/recepcionista/conserje/encargado/sargento en el que se inspiró Santiago Segura para crear a Torrente casi con total seguridad. Bajito, con bigote, sin ducharse y con más llaves que un cerrajero, nos indicó que habíamos pagado exclusivamente por dormir y por ducharnos. Todo lo demás había que pagarlo. ¿Queríamos un ventilador? A pagar. ¿El mando de la tele? A pagar. Y antes de entrar había que dar una fianza «porque ya estoy hasta los mismísimos de que la gente se vaya y me deje el apartamento hecho un solar».
Más o menos eso es lo que nos encontramos. Un mueble bar que guardó las botellas que Colón se llevó a sus travesías, una cama destartalada y un sofá con una tabla de aglomerado debajo para que no nos hundiéramos. Tras ducharnos y poner la ropa en el vetusto armario, nos pusimos al lío.
Estaba sentado y se puso encima a moverse, cambiamos al misionero y cuando estábamos dándole a tope escuchamos un crujido y ella que dice «se ha roto algo». Nos ponemos de pie, levantamos el asiento y vemos que la tabla se había roto por la mitad. Lo primero que pensamos fue «el usurero del recepcionista se va a quedar con los 300 euros de fianza por una tabla que tiene más años que nosotros».
Se nos acabaron las ganas de nada y nos pusimos a pensar en cómo evitar que nos tomasen el pelo. El tema era complicado y mientras cenábamos, tras «estrenar» la cama, llegamos a una conclusión: «si no hay prueba, no hay delito». Es decir, teníamos que hacer desaparecer la tabla de alguna manera para que cuando el tipo fuese a hacer la revisión previa a nuestra salida nos devolviera la fianza.
Como aquello estaba repleto de borrachos de otras latitudes, pensamos en tirar la tabla por la ventana, pero era un enorme riesgo para el resto de huéspedes. «Ya está» dije en medio del salón. «Partimos la tabla en varios trozos, la metemos en una de las maletas y salimos cuando veamos que el tipo no está de turno». No tuvimos que hacer demasiado esfuerzo para romperla, ya que estaba hecha migas.
Así, los restos de la tabla fueron acumulándose dentro de la maleta y allá que me fui al contenedor de dos calles más abajo para que nadie viera, o sospechara, nada. Mientras tanto, no pudimos ni sentarnos en el sofá porque terminábamos con el culo en el suelo. Nos olvidamos del tema, lo pasamos en grande, pero cada día estaba más cerca el momento de la verdad.
Llegamos a la recepción, pedimos un taxi y el tipo nos dijo «voy a subir a revisar el apartamento y ahora os devuelvo la fianza». Estábamos en la última planta, había cola para salir del hotel y el tipo que no bajaba. Fueron los 10 minutos más largo de nuestra vida. Cuando apareció y se sacó el dinero del bolsillo me dijo «hombre, he visto que el sofá no tenía la tabla de abajo porque algunos salvajes la habrán tirado. Haberlo dicho y os habría subido una nueva».
Tras respirar hondo, nos fuimos y siempre recordaremos lo que pasó una noche de pasión en Benidorm de hace ya muchísimos años.
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