Paranormal-sex-activity
Follar a oscuras no es follar
Seguro que más de una y más de dos habéis usado de picadero la casa de algún familiar, la casa del campo, de la playa… hasta ahí todo normal. Pues bien, no sé si fueron los prejuicios de la familia política, mi capacidad de sugestión o una mezcla de todo, pero yo, en una de esas escapadas folletiles sentí que mi partenaire y yo teníamos una visita del más allá.
Os pongo en situación: yo salía con un chico cuya familia era tirando a tradicional, de esos que prefiere obviar que sus hijos ya tienen relaciones aunque ya pasen de los 20. Eso implicaba que siempre íbamos con cierto miedo a que nos pillaran haciendo algo y, como éramos jovenzuelos, solo teníamos dos opciones: el coche o la casa de su abuela.
Su abuela, viuda y bastante mayor, vivía con ellos, por lo que la casa de esta señora había quedado semiabandonada. No obstante, la había cedido a los nietos para que hicieran allí fiestas de cumpleaños y reuniones varias. Era una casita pequeña, de pueblo, decorada al más puro estilo Cuéntame con un ligero punto de Los Otros de Amenábar… ¿veis por dónde voy?

Una noche tiramos para allá. Subimos a la planta de arriba donde estaban los dormitorios y nos acoplamos en el dormitorio principal, como siempre. Encendimos la lámpara, que era la típica araña de techo con cristalitos colgantes y nos pusimos al lío. Me acuerdo perfectamente: yo estaba arriba contoneándome y soy de esas personas que cuando está llegando al punto álgido le da por cerrar los ojos. Pues bien, incluso con los ojos cerrados empiezo a notar que la luz está titilando. Era muy leve, pero se notaba claramente que iba y venía, casi como mis caderas, y me estaba empezando a dar mal rollito.
Traté de evadirme porque vi que el chico no se inmutaba y dije “Buah, serán paranoias mías”. Pero no, la luz se apagaba y se encendía claramente. Se lo digo y me dice que es normal, que con lo antigua que es la casa tendrá la instalación eléctrica muy perjudicada. Lo vi lógico, así que seguimos al lío y, ya estaba yo a punto de correrme cuando, además del vaivén de luces, oigo un sonido extraño, un “crac crac” que no sabía si, efectivamente, era algo de la instalación eléctrica o de otra cosa.
Aquello me terminó de cortar el rollo y le grité a este chico: “Me siento observada, me siento observada”. El pobre, en un acto reflejo, miró para la ventana y dijo: “Si da a nuestro patio, no hay nadie”. En este punto de la historia es importante recordar que la dueña de la casa era la abuela viuda, es decir, había una posibilidad de que un difunto abuelo estuviera manifestando su desaprobación de que usaran su casa como picadero. O eso pensé yo. “¡Va a ser tu abuelo!” Me levanté y cogí mi ropa. Y mientras me vestía la luz hizo “PUM” y se fue.

A medio vestir, bajamos las escaleras acojonadísimos los dos, porque, yo no sé vosotras, pero para mí, follar a oscuras en una casa con presencias, no es follar: es pasar un mal ratito.
Nos vestimos en el salón (con luz) y salimos por patas. Lo malo es que el drama no quedó ahí. Desde la puerta de la calle vimos como la luz de dormitorio ¡estaba encendida! Yo le dije al chico que ni loca volvía a subir a ese dormitorio (y nunca jamás subí, palabrita). Él estaba casi más acojonado que yo porque le entró mal rollito al mencionarle al abuelo, así que tampoco se atrevía a subir.
Teniendo en cuenta el cague, las horas que eran y la situación, el chaval no lo resolvió mal del todo. Se lo ocurrió llamar a su padre que era policía y que, casualmente, estaba patrullando a esa hora para decirle que, veníamos de fiesta y que desde la calle habíamos visto la luz encendida. Que había hablado ya con los primos y que ninguno estaba allí, que temía la presencia de unos okupas, que fuera por favor con el coche patrulla para la casa. Y así lo hizo.
Que el padre se tragara aquella milonga no lo tengo claro, pero al menos no tuvimos que subir a comprobar si fue cosa de la instalación eléctrica o el difunto abuelo encabronado con su “pecaminoso” nieto.
Ele Mandarina