¿Quién no ha sentido el deseo, queriendo dejarse llevar hasta los límites de lo posible? Me declaro culpable. Y aunque ahora más adulto, la atracción también puede conmigo, tengo más cabeza que con 18 añitos. Recuerdo esa etapa más como un sueño febril que como una fase real de mi vida. Cometí muchos errores y también algún acierto, aunque por algún motivo recuerdo mejor los errores. Como dicen que la comedia es tragedia + distancia, y esta anécdota me queda muy lejos, ya podemos reírnos juntos.
A pesar de haber sido un chaval “muy maduro para mi edad”, siempre fui del tipo que prefería quedarse en casa leyendo un libro que salir a liarla, también acabé liándola más de una noche. A falta de mejor criterio, los findes con alcohol y folleteo se convirtieron en una nueva afición. Tampoco es que fuera habitual. Lo de chuscar, digo, lo de beber era más fácil. Nunca fui muy sociable y en demasiadas ocasiones, por mucho que lo deseara, prefería quedarme en el terreno seguro de la fantasía antes que lanzarme a la aventura y comerme un buen golpe de realidad.
Esta historia ocurre de madrugada, como la mayoría de anécdotas del estilo. Después de estar en una fiesta y beber de más (algo que con 18 años mi cuerpo todavía no registraba) mis ideas no eran las más lúcidas aunque sí bastante lúdicas. Me llega un mensaje de un ligue de Schrodinger. De esos tonteos que lo mismo sí a todo que negar que te conocen, todo depende del momento. La fiesta en la que estaba agonizaba y llevado por la libido me arrastré hacia una nueva promesa de diversión. Hacía mucho frío, lo que tampoco ayudaba a pensar las cosas dos veces.
Para sorpresa de nadie, aquello no salió bien. Ya de camino la chica me confiesa que no es que estuviera sola en casa pero que podíamos apañarnos. Imaginaba que haría falta algo de sigilo, pero no que estaríamos en el cuarto de estar con su hermano mayor durmiendo en la misma habitación. Oscuridad total, silencio forzado, tensión… la tormenta perfecta.
Recuerdo que ni sentía ni padecía, que en parte fue la causa del problema pero también mitigó el golpe. Llevaba un rato sin pena ni gloria como conejo espasmódico cuando me di cuenta de que algo extraño pasaba. A pesar del frío que hacía en la habitación, sentí un calor húmedo bajarme por las piernas. No necesariamente una mala señal, pero en la penumbra pude distinguir que el líquido era muy oscuro.
Paramos el acto en el acto y le pregunté, más con sorpresa que otra cosa, si esa sangre era suya, algo que negó todavía más sorprendida que yo. A pesar de mi escasa percepción, vuelvo a sentir que algo no marcha nada bien. Efectivamente, la sangre viene de mí. De mi miembro, concretamente.
Entro en pánico y me marcho de allí. No sé si por el shock, el frío o la borrachera, pero decido que necesito descansar antes de ir al hospital. Caigo redondo y amanezco en lo que parece la escena de un crimen. Recién despertado, desayunado y para evitar a mis padres, sí acabo yendo al médico.
Cojeo. Duele. Siento como si llevara un calcetín puesto del revés pero en el pene. No me quejo, yo me lo he buscado. Relato mi caso al personal del hospital. Nunca jamás me han atendido tan rápido en urgencias. Un corte por allí, unos puntos por allá, et voilà, un jersey de cuello vuelto. Podría haber sido peor.
Esta aventura me sirvió para cuidarme y quererme más, y también para sorprender a la gente en las fiestas. Espero que pueda servir de elemento disuasorio contra la imprudencia. Si vas sin frenos, puedes quedarte sin frenillo.
Tío Vivo
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