Yo tenía un novio con el que fui descubriendo el mundo. Mis primeras decepciones, mis primeras lagrimillas por amor, mis primeras relaciones sexuales… Alguien a quién recuerdo con especial dulzura, porque fue muy paciente conmigo, que no debe ser fácil.
En una de estas primeras veces en todo, decidí comprarme una cachimba, o como las llaman ahora los modernos, una ‘’shisha’’.
Yo estaba living con mi cachimba roja, y cual si fuera la princesa Sherezade, iba con ella a todas partes (será que quería montar una tetería itinerante, who knows).
Total, que un viernes, que lo recordaré el resto de mi vida, me dijo que fuera a su casa, ya que su familia se había ausentado y podríamos seguir creando ‘’primeras veces’’.
Y allí que me planté yo, toda dispuesta, con mi cachimba en la mochila para, tras la primera vez número 658, fumarla juntos y comentar la jugada.

Tal era mi afán con la cachimba, que justo antes de empezar a darnos besitos y caldear el ambiente, yo consideré una idea brillante encenderla y dejar el carbón cogiendo temperatura. Realicé todo el ritual con actitud sexy, prendí el carbón en términos similares a como yo me encontraba de prendida, y acto seguido, de forma proporcional a la subida de temperatura de la pastilla, nosotros nos encendimos como dos cerillas.
Empezamos a besarnos y a desnudarnos, a disfrutar de nosotros mismos con esa pasión adolescente que todo lo dibuja de intenso y único, hasta que, maldita sea la hora, le pegué una patada a la cachimba, haciendo que la pastilla de carbón saliese disparada.
Lo peor de todo, no fue que la cachimba se hubiera caído. Para nada; lo peor fue que la pastilla de carbón fue a caer a la cacha izquierda de mi culo, tatuándome ese polvo de por vida en forma de círculo cerca de la raja.
Mi novio se volvió loco, yo no paraba de gritar, y agitó la pastilla para quitármela de la piel, con tan mala suerte que fue a caer sobre el teclado del ordenador, ¡fundiendo las teclas de donde había caído! El teclado quedó hecho un cuadro, yo tenía una quemadura en el culo bastante curiosa, y había trozos de carbón quemando las faldillas de la mesa de casa de su madre.

El resultado de aquello fue que mi preciosa cachimba roja, quedó destruida en mil pedazos y esta anécdota se grabó en mi mente, casi con la misma intensidad que la pastilla de carbón se grabó en mi culo.
Así que amigas, nota mental: a la hora del sexo, las cachimbas lo más alejadas posible.