Estaba estudiando en la universidad cuando conocí y empecé a salir con Daniel. Ambos vivíamos con nuestros padres y estudiábamos la misma carrera. De hecho, nos habíamos conocido en la facultad.
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Así, comenzamos un bonito noviazgo y aprovechábamos que teníamos asignaturas comunes para estudiarlas juntos en la biblioteca o en casa de cualquiera de los dos.
Después de un curso escolar, ya conocíamos a nuestras respectivas familias y amigos de fuera de la uni y nos veíamos como una pareja consolidada. Pero claro, al no ser independientes (pues por no tener no teníamos ni carnet de coche) nuestros encuentros íntimos se veían obligados a producirse en nuestras casas familiares.

Cuando íbamos a la mía, como es normal, hacíamos por aprovechar los ratos o momentos en los que sabíamos que mis padres no iban a estar y que la casa iba a estar sola para tener relaciones sexuales.
Pero cuando acudíamos a la suya, la situación era bien distinta: entre que su madre no trabajaba fuera de casa y que tenía bastantes hermanos, parecía un imposible pillar vacío en algún momento ese lugar.
Por esta razón, yo insistía en utilizar siempre la mía para esos menesteres, pero él mostraba cada vez más interés en quedarnos en la suya.

Al principio fue discreto y no me enteré del motivo. Pensé que a lo mejor había algo de mi hogar que le incomodaba, pero cuando le pregunté, me dijo que no. Luego llegué a plantearme si se estaba alejando de mí y no quería que tuviéramos sexo y por eso acabar en su casa rodeado de gente. Pero también lo negó.
De hecho, no hacía falta que lo hiciese. En cuanto cogió un poco de confianza después de varias ocasiones de estar allí enrollándonos, quedó claro que no había problemas de deseo por su parte.

Empezó a intentar follar en su dormitorio cada vez que estábamos allí. Y yo, apurada sabiendo que en cualquier momento se podría abrir la puerta de su habitación y pillarnos con las manos en la masa, me negaba y proponía acudir a la mía en cualquier otro momento.
Pero al final una cosa llevaba la otra y me acababa calentando, así que durante un tiempo acabamos manteniendo el sexo más peligroso de mi vida.
Él cada vez parecía excitarse y disfrutar más de esta manera y no interesarle ninguna otra. Yo lo hacía agobiada y presionada por el miedo a que nos pillasen, pero a él esa posibilidad parecía ponerle cachondo de tal manera que poco a poco comenzó incluso a dejar la puerta abierta.
Las primeras veces, yo le preguntaba:
- “¿Que haces? ¡Al menos ten la decencia y precaución de cerrar, muchacho!”.
Pero a esas alturas él directamente me expresaba que así todo era más emocionante…
Mis negativas y mi agobio iniciales se acabaron diluyendo ante, por un lado, la adrenalina que nos generaba esa situación y, por otro, la tranquilidad que me daba que nunca nos hubiesen descubierto hasta el momento…
Así, pasé por el aro en multitud de ocasiones y consiguió contagiarme su fetiche, pero solo fue así durante un tiempo.

Un día, mientras yo cabalgaba sobre él, completamente vestidos y habiendo solo echado a un lado mis bragas por si había que salir cagando leches de esa postura, sentí la voz de su padre prácticamente detrás de mí…
Pasaba al otro lado de la puerta entornada del cuarto y yo di por hecho que estaba entrando justo en ese momento y ni me daba tiempo a reaccionar.
Aunque a los dos segundos me di cuenta de que era una falsa alarma, se me cortó el rollo hasta el infinito y pensé que, de tanto jugar con fuego, nos acabaríamos quemando.
Mi chico lo vivió de otra manera puesto que la posibilidad de esa súbita aparición fue precisamente la que le hizo culminar en el clímax más absoluto.

Aquello que viví me pareció demasiado, así que esa fue la última vez que tuvimos sexo en casa de sus padres cuando estaban presentes y mucho menos con la puerta abierta.
Y aquello no funcionó.
El sexo entre nosotros, por desgracia, nunca volvió a ser lo mismo.