Me comió el chichi después de comer nachos picantes

La que más y la que menos vivió un despertar sexual adolescente que rayaba entre lo excitante y lo cutre, ¿verdad? Con excitante me refiero a que todo es nuevo y tienes las emociones a flor de piel, y con cutre, me atrevería a decir que la mayoría nos hemos dado de bruces contra la precariedad a la hora de echar un kiki o hacer cochinadas varias. Descampados, parques, aseos públicos, casas que se quedan solas en vacaciones y, como no, los coches, eran algunos de nuestros picaderos habituales. Estos últimos, fueron en su día mi escenario favorito por la versatilidad que planteaban, pero no es oro todo lo que reluce y también tuve algún que otro follodrama automovilístico.

Era yo muy jovencita y mi novio de entonces estrenaba la ele aquel verano. Estábamos deseando disponer de un poquito de intimidad y de autonomía para movernos, así que te daba igual que fuera julio a las cuatro de la tarde, que te montabas en el coche te plantabas en mitad de un solar recóndito y hala, a darle como conejos en la parte de atrás. Resultó que, como nos habíamos ido al quinto pino, el chico fue previsor y llevaba algunos víveres: galletas, nachos, refrescos… Pero claro, no teníamos nevera portátil, por no tener, no teníamos ni aire acondicionado en el coche, y no caímos en que estaba todo en el maletero cociéndose a 40 grados. 

Nos dimos un buen meneo y como había que reponer fuerzas sacamos las provisiones. El chico se lanzó a por la bolsa de nachos y fue abrirla e impregnar todo el coche con un pestazo… una mezcla de queso rancio y muchas especias fuertes que hizo que se me revolviera el estómago. Una vez que repusimos fuerzas, fuimos a por un segundo asalto porque, en fin, las hormonas, y esta vez el chico se emocionó bastante y acabó con la cabeza acomodada en mi entrepierna. A los pocos minutos empecé a notar cierto cosquilleo en la zona, como calor, pero no me disgustaba y pensé quizá fuera de la propia. Cuando llevaba ya un ratito me empezó a escocer y le dije que parara. Le vi la lengua y la tenía rojísima, de todos los aditivos y mierdas de los nachos. ¡Ninguno cayó en que me había estado pasando la lengua por el chichi con restos de picante en la boca!

El drama se intensificaba por momentos: no teníamos agua que me pudiera echar, solo refrescos y cada vez me ardía más. Así que le dije que nos fuéramos, que tenía que ir a casa a lavarme porque me moría. A los cinco minutos de arrancar me llama mi madre un poco mosca: “¿Dónde estás? Dijimos de recogerte en la avenida hace diez minutos” ¡JODER! Se me había olvidado por completo que teníamos el cumpleaños de mi primo pequeño y no había quien me librara de eso. Le digo: “Uy, sí… es que nos ha surgido un imprevisto y querría ir a casa a cambiarm…” Mi madre no me escuchaba y me dio un ultimátum. Le digo al chaval: “Cambio de planes, me llevas a casa de mi tía”. El chico me miraba sorprendido y angustiado. Se sentía culpable. 

Llego a casa de mi tía y me encuentro todo el patio trasero decorado de Pocoyó y una cantidad considerable de niños menores de tres años a los que no había visto en mi vida, pero como tengo un imán para los críos, se me pegaban y me cogían de la mano como los marcianitos verdes de Toy Story. A todo esto, a mí me seguía ardiendo el coño, por lo que todo mi afán era escurrir el bulto y colarme en el baño para lavarme y quitarme esas bragas llenas de virutillas naranja. 

Despisté a los niños con unos globos y me fui pitando al baño de arriba. Me lavé como pude y enrollé mis bragas dentro del mini bolso. Iría en plan comando, pero llevaba unos shorts, así que no era tan grave. Intenté que el bolso cerrara, pero entre la cartera, el móvil, las llaves, maquillaje y ahora las bragas, estaba que iba a explotar, así que se me quedó ligeramente abierto y lo apoyé en un sitio alejado a la vista de todos, no fuera a ser que a alguien le diera por husmear.

Después de comernos la tarta, tocaba abrir los regalos. Todos los presentes nos movimos hacia la otra punta del patio, que resultó ser el mismo rincón donde había dejado mi bolso a medio cerrar. Mi primo estaba tan entusiasmado abriendo paquetes que no reparó en mi bolso. Temiendo que alguien se fijara y me lo intentara cerrar y viera lo que había, me apresuré a hacerme hueco para coger el bolso con tan mala suerte que un niño se me cruzó, me empujó y me caí en el césped. Mi bolso voló por los aires y se desparramó todo lo que llevaba encima. La gente se me acercó para ayudarme y una amiga de mi tía cogió las bragas y dijo: “Ay, Dios, pero ¿esto qué es?” y como el instinto de supervivencia te agudiza el ingenio, le dije algo así como:

“¡Claro, hombre, ya decía yo que no me cerraba! Si es que, menudo peligro tienen estos críos. Se hinchan a ganchitos y porquerías y luego, hala, a registrar cajones por la casa y a ponerlo todo perdido”. 

No me preguntéis cómo, pero coló, y encima, me pidieron disculpas. 

Ele Mandarina