ME DIJO QUE GEMÍA COMO UNA CERDA EN MATANZA
Había roto con mi pareja hacía unos meses y me enteré que se había ido con mi mejor amiga. Espiral de llanto y puterío, las dos por igual. Acompañadme en esta historia con un tipo no muy majo de Tinder, sus gatos, mis rastas y unos jajas de más.
Llevo unos días con la mosca de Tinder detrás de la oreja, pero no sé ligar, sólo consigo acercarme a un tío si llevo dos Jägermeister con Red Bull en el cuerpo. Se me ha olvidado después de tanto tiempo y no me siento lo suficientemente guay como para subir fotos de postureo. ¿Qué hago? ¿Subo las del cosplay de Misty de Pokemon? Joder, es que no quiero que me tachen de friki y no se fijen en mí. ¿Mejor una de fiesta? No, parezco una completa desquiciada dándolo todo. Mira, pues subo ambas y así que sepan con quién se van a topar. Me hago el perfil, subo las fotos y pongo una descripción bastante sosa, pa’ qué engañarnos. No estaba a gusto conmigo misma en esa época.
¡Tilín! Primer match. Mmm… es mono, parece que le gustan los videojuegos y tiene gatos (adoro los gatos). Pa’lante. Abro el mensaje y me pongo a temblar ¿qué puñetas le digo? Ojalá ser Lizzie McGuire, ella sabría que decirle. Empezamos a mensajearnos, nada especial: nombres, gustos, edad…

Al final no es tan difícil como creía. En un par de semanas quedamos para tomar algo en un bar cerca de mi casa. Un bar… un tanto especial: “el ruso”, a tope con las birras rusas. No sé si sabéis, pero digamos que los grados del alcohol que tienen estas cervezas sirven para hacerse un lavado de estómago (jeje it’s a joke). Estoy tan nerviosa que no he comido nada en todo el día y son las 17h, vamos que es mi merienda. Y… ¡sorpresa! Me pongo como una cuba.
Paso de ser la Cenicienta que ha perdido su zapato a CatWoman. Jugamos al billar y me invento que yo había sido campeona de billar en mi barrio. Me monto mi película para creerme extremadamente sexy acariciando los palos del billar (de verdad, un show) y nos empezamos a enrollar. Me lo llevo al baño, un baño roñoso con olor a podredumbre y me comenta que podríamos, mejor, ir a su casa. Y yo, más cachonda que una mona, digo yaaaaaaaas. Ojo: íbamos en moto, él apenas había bebido y yo me dormí de camino a su casa. En la moto, sí.

Al llegar, dos gatos, monísimos, estaban esperando en la puerta. Tan monos que empezaron a restregárseme por las piernas y yo sólo veía a esos gatos adorables que me querían y yo también los quería un montón, de repente eran mi familia y no aspiraba a ningún otro tipo de cariño. Me senté en el suelo y empecé a acariciarles.
No os he contado, pero yo en esa época llevaba rastas. Dato importante. Empezamos a jugar ellos y yo, me siento parte de la manada, totalmente roleando a Jane en Tarzán. Hasta que empiezan a jugar con mis rastas. Al principio todo eran risas hasta que me di cuenta que ¡me las estaban deshaciendo! Malditos gatos, me estaban destrozando el pelo y, posiblemente, llevaban rato en ello, pero yo estaba en mi nube de bióloga que ni me enteré. Me fui al baño, me miré en el espejo… virgen santísima, los muy cabrones me habían dejado el pelo como un nido de palomas. A todo esto, había pasado olímpicamente del chaval y se había sentado en el sofá. No era la primera vez que me pasaba. ¡Es que me gustan mucho los gatos!
Total, intento no pensarlo. Vuelvo con él. Empezamos a juguetear, tocamientos, lametazos. Y como buen hombre cis hetero, me quiere penetrar. Estamos en el lío, él se divierte más que yo ¡sorpresa! hasta que me suelta que le estoy cortando el rollo porque gimo como una cerda en matanza. Lo miré como pude. Me levanté. Me vestí. Y con la poca dignidad que sentía que me quedaba, me pedí un taxi y me piré.

Y con esto, chicas, os digo que nunca os quedéis en la cama de alguien que no le gusta como gemís. Yo ese día me fui con las rastas hechas un estropicio, pero con el orgullo de saber que mis gemidos son míos y a quien no le gusten… ¡puerta!
NURIKOPS