Soy una de esas chicas que creció en un cole de monjas y he soportado mil chistes al respecto: que si somos más guarras que el resto, que nos las comemos dobladas, que de dos en dos… Pues, en mi caso, todo lo contrario. Siempre he sido un poco mojigata y el despertar sexual me costó mucho.
Me costó tanto que perdí la virginidad con 25 años y hasta ese momento ni siquiera fui capaz de masturbarme. Sonará a “amo a Laura”, pero, era más bien una vergüenza intrínseca a la sexualidad en sí. También os diré que, una vez abierta la veda, todo el monte se convirtió en orégano y empecé a disfrutar del sexo para recuperar los años perdidos.
En uno de esos desfogues me lié con un chico en una discoteca y nos fuimos a su casa.
Estábamos ya desnudos y empezó a decirme que le insultara. Me eché a reír. Y me dijo que no me riera, que lo decía en serio. Así que mi yo del cole de monjas pensó que no estaba bien decir tacos a un semidesconocido en semejante tesitura, pero mi yo de casi treinta años decidió que era divertido.
Empecé suave: “¡Capullo!”. “¡Más, más!”. “¡Imbécil!”. “¡Más, más!”. “¡Gilipollas!”. “¡Más, más!”. Y, claro, servidora, que es muy obediente, me vine arriba.
“¡Hijo de puta! ¡Cacho-mierda! ¡Follas como una virgen frígida! ¡Vamos, calzonazos! ¡Más fuerte, cuerpo-escombro!” y empezó a gritar: “¡Ya, ya!”. Yo pensaba que se estaba corriendo y seguí: “¿¡Ya, ya!? ¡Si no me duras ni tres minutos!”. “¡Deja de decir esas cosas, joder, que me estás cortando el rollo!”. Y me cabreé: “¿¡Pues no querías que te insultara!?”. “¡Sí, pero estás pasando de insultarme a hundirme en la miseria!”.
Ahí no supe si echarme a reír o llorar. Y volvió a salir mi yo educado: “Perdona, es que me lo he tomado tan en serio que se me ha ido de las manos. Lo siento, no quería ofenderte, pero es que estaba tan metida en el papel que lo he dado todo”. Y nos echamos a reír.
Lo retomamos donde lo habíamos dejado y me demostró que no era ningún eyaculador precoz y que, al final, fue capaz de correrse sin que le insultara. No me lo volvió a pedir en las veces que nos vimos, porque quedamos unas cuantas más. Pero no era mi príncipe azul: ni yo soy de tacos en la cama ni él de misa los domingos.
Lo dejamos en paz, pero, desde ese día, me di cuenta de lo que me desfoga el ponerme a decir barbaridades. Así que ahora, cuando tengo estrés: o me voy a boxeo o me pongo a decir toda la lista de tacos que conozco y, oye, que no son incompatibles.
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