No hay nada en esta vida como unas buenas fiestas de pueblo. Cuando era adolescente, mis amigas se peleaban entre ellas por hacerse un hueco en el coche de mi padre para venir a disfrutar de ese despendole libertario y alcoholizado que era el verano en mi pueblo. Pero no era solo la libertad, el salir sin hora y el jolgorio lo que llamaba nuestra atención, sino la cantidad de chicos que teníamos a nuestro alcance y la posibilidad —bastante alta— de ligar con ellos. Y es que, siendo forastera, teníamos más de la mitad del trabajo hecho. Éramos la novedad, como una feria recién llegada.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Siendo sincera, aquellos veranos fueron un ir y venir de hormonas, alcohol y verbenas con soundtrack dosmilero bastante cuestionable donde darse unos cuantos besos con unos y con otros era lo habitual. Pero por mucho tío que se me pusiera por delante y muchos homenajes que me pegase, que no fueron pocos, siempre hubo uno que me volvió mucho más loca que el resto. Mi primer amor. Se llamaba Ion y fue quien me dio mi primer beso a los quince años. Desde entonces, volvimos a enrollarnos varias veces sin pasar a mayores. Sólo éramos unos críos y por circunstancias de la vida, nunca pudimos darnos al cuerpo alegría Macarena y yo siempre me quedé con esa espinita. No por el sexo o la falta de él, sino porque me quedé colgadísima.

Aquel verano, entradas ya en la veintena y solteras, mis amigas y yo decidimos ir a pasar unos días aprovechando que eran las fiestas y que la casa familiar estaría sola. Llevábamos algunos años sin ir, pero cuando llegamos, comprobamos que todo seguía exactamente igual. Bueno, todo no, porque cuando vi a Ion las bragas se me volatilizaron: estaba mucho pero que mucho más guapo que nunca. No podía creer que todavía fuera capaz de conseguir que me temblasen las piernas con sólo una sonrisa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, pero aún había una atracción innegable entre los dos.

Nos pasamos toda la noche bailando, riendo, poniéndonos al día, pero sobre todo, recordando viejos tiempos. Y entre recuerdos de magreo y animados por el ambiente festivo y las copas que ya hacían su efecto, nos terminamos besando. Era como volver a nuestra adolescencia, como si nada hubiera cambiado. Salvo por el hecho de que el chaval tenía montada una tienda de campaña en los pantalones difícil de ignorar. Me dijo al oído que llevaba desde los quince años queriéndolo hacer conmigo y que ya no podía esperar más. Y yo, que soy muy empática y estaba cachonda como una mona, no tardé un segundo en proponerle hacer bomba de humo e irnos a mi casa.

A Ion se le ocurrió una idea que me pareció de diez: hacía una noche de verano preciosa, perfecta para follar bajo las estrellas. Que no se diga más: corrí a por una manta y unos condones y subimos a la terraza. No tengo palabras para describir lo bonito que fue tenerle a mi lado, desnudándonos bajo las estrellas, besándome por todas partes. Y justo cuando pensaba que podría morirme de gusto y de felicidad, el chaval se lanzó a comerme el parrús con ganas, como debe ser: como un jabalí buscando trufas.

Ni el mejor guionista de película romanticona podría haber imaginado un escenario como aquel. ¿Podía haber algo mejor que estar con mi primer amor en la oscuridad, buceando entre mis piernas, con todas esas estrellas brillando sobre nosotros? Ahí estaba yo, rozando el nirvana y a punto de venirme mirando al cielo cuando noté un mordisco en todo el papo. Un señor mordisco. Fue entonces cuando pasé de mirar las estrellas a verlas en sentido figurado. Creedme si os digo que escucharon mi grito desde la otra punta del pueblo. Se ve que, con la euforia del momento, Ion se emocionó y sin querer me pegó un bocado que ríete tú de Hannibal Lecter.

Cerré las piernas tan rápido que casi le decapito. El pobre se deshizo en disculpas mientras yo me agarraba el tema con las manos y me cagaba en sus muertos para mis adentros. Pero no os vayáis a pensar que después de aquello lo dejamos estar y cada mochuelo volvió a su nido. Nada de eso. Como dijo la gran Samantha Jones, cuando digo que voy a ir a una fiesta, me comprometo a ir. Ya era hora de poner la guinda a un pastel que llevábamos cocinando demasiados años, yo no me iba a ir aquella noche sin catar aquel dulce, así que rematamos la faena. Desconozco si fue por compensar el hecho de que casi me deja sin chumino, pero el caso es que el tío me dio un viaje que me hizo olvidar el dolor que pudiera tener y todos los males de este mundo.

Lo mejor de todo no fue hacerlo por fin con el chico que me volvía loca desde que era una niña, ni tampoco que disfrutara tanto, sino que, como buena película romanticona, cinco años después, Ion y yo seguimos juntos.