Esta es una de las aventuras que experimenté en mi época de soltería después de una separación forzada y de la que no me avergüenzo, pero cuando pienso en ella me siento como un poco ridícula, os voy a contar..
En el que era mi trabajo entonces éramos un montón de gente. Chicos, chicas, todos los departamentos mezclados en un solo espacio. Como era una empresa dedicada a la moda, se respiraba un cierto glamour. Íbamos todos más arreglados que cualquier día de fiesta. A quien más guapo o guapa y mejor conjuntado. Cuando salíamos de cena era un festival. Como había buen rollete, las quedadas eran más que divertidas, y no sé yo hasta donde llegaba cada uno, pero que había flirteo, era más que notable.
Chicos había de todo, más jóvenes, más mayores, casados, separados. Ahora que lo pienso, soltero ninguno, pero dispuestos, todos.
Había uno que a parte de separado, era músico, tocaba la flauta en la banda de su pueblo. No era feo el mozo, para mi gusto un poco bajito pero muy guapetón de cara, limpio, ordenado y muy educado. Además era poeta. Ni tan mal. Pero no fue nada de todo esto lo que me llevó un dia a liarme con él, fue el descaro y desparpajo que se me despertó cuando me quedé sola. No me importaba con quien, sólo quería pasarlo bien y olvidar. Aunque sí me ponía unos mínimos, que fueran físicamente algo agraciados, y este lo era.
Cuando quedamos ya no trabajábamos juntos, pero era como que nos había quedado algo pendiente. Y aunque nunca nos habíamos mostrado interés mútuo, las circunstancias hicieron que quisiéramos coincidir.
El mozo vivía algo lejos, a unas dos horas en coche, pero a mí no me supuso ningún problema para quedar. Un sábado que acordamos, cogí el twingo y me planté en su pisito de soltero de Riudellots.
Ya con previsión de quedarme a dormir me hice una maleta de fin de semana con lo básico, por si surgía el tema, que era seguro que sí.
La tarde transcurrió de este modo. Me recibió muy amablemente el zagal, me invitó a tomar algo en el casal de poble, un local emblemático del siglo no sé que, decorado con moqueta color rojo raído por el tiempo y molduras doradas. Que si allí era donde tocaba para la fiesta mayor, allí donde anunciaban las pubillas, aquí donde el pregón… Engañamos al hambre con un buen pantomaquet y jamón y unas cervezas y ya la hora de Casimiro nos recogimos en el piso que era de museo, pequeño y sencillo pero limpio que podrías haber comido en el suelo.
Sin mucho preámbulo nos metimos en la cama, nos tapamos con la manta, y encajados así en posición misionero, una servidora debajo, hicimos algo parecido al amor, pero más mecánico y poco apasionado. Estando encima se le ocurrió decirme que a él lo del sexo oral no le iba, ni hacerlo ni que se lo hicieran, que le daba un poco de asco, sólo de pensar que por allí salía el pipi. Así, con estas palabras. Me quedé muerta. Aguanté el polvo como quien se traga la película de Sesión de tarde. Bostezando y deseando que acabara.
Sólo le faltó darme el beso de buenas noches. Que igual me lo dio, pero yo ya no recuerdo. Ni ganas. No salí pitando porque no eran horas, pero ganas no me faltaron. Por la mañana me vestí y me despedí de él, de muy buenas maneras, pero pensando, aquí te quedas y a mi no me busques más. Vete a tocar la flauta con las pubillas y el alcalde de Riudellots que a una igual si le gusta que le soplen la gaita.
Parvaty