Pillé in fraganti a mis suegros
Más de una nos hemos visto en situaciones comprometidas en las que hemos temido que nos pillaran en plena faena, ¿verdad? Lo que no me había planteado nunca era qué pasaría si se diera el caso contrario. La idea de pillar a nuestros padres montándoselo es una de las grandes pesadillas universales. Pues bien, a mí me pasó… pero con mis suegros.
Hace años tuve una relación muy estable, muy seria, muy de quedarte en casa de los suegros, ir a comer juntos, hacerse regalitos en Navidad. Se podía decir que teníamos mucha confianza, pero ya se sabe que a veces llegar a ese nivel da asco. En este caso me dio un poquito.

Era verano, hacía calor horroroso y se les había estropeado el aire acondicionado. Esta familia vivía en un chalet y aunque mi novio estuviera trabajando, yo me quedaba allí algunas temporadas para poder vernos un poco más, sobre todo porque tenía la opción de teletrabajar. Me había apañado un mini despachito en su dormitorio, en la planta de arriba, y allí me pasaba horas delante del ordenador, ajena a lo que sucediera en la casa. Los padres eran conscientes de mi aislamiento y no nos molestábamos, pero en aquella ola de calor andábamos todo el día con las ventanas y las puertas abiertas para intentar crear un poco de corriente, porque ni con ventiladores sobrevivíamos al calor sevillano.
Como trabajaba con material audiovisual, gran parte de ese tiempo llevaba los auriculares, así que estaba aún más aislada, por eso me sorprendió cuando me los quité para ir al baño y escuché unas risitas. Como tenían una nieta pequeña, pensé que igual había venido mi cuñada y estaban jugando con la niña, algo habitual en aquella casa. Pero no. Agudicé el oído por el hueco de la escalera de vuelta del baño, de nuevo oí risitas y sonidos que, con el eco, se distorsionaban un poco, pero sonaban a gemidos leves.
Me empecé a rayar. Porque a ver, entiendo que mis suegros eran libres de hacer lo que les diera la gana cuando les diera la gana en su casa, pero me sorprendía oír aquello tan nítidamente y me dio por pensar que quizá fuera la tele y que con la distorsión del hueco de la escalera pareciera más real de lo que era. Pasó un rato, ya no oía nada y me empezó a entrar hambre, así que decidí bajar a la cocina.
Justo a la izquierda de la escalera, en la planta baja, había un pequeño pasillo, de apenas un metro y medio, que daba a un aseo y a un dormitorio de invitados. Como era el único baño de la planta baja a menudo iba allí a lavarme las manos antes de ponerme a cocinar. Tremenda sorpresa me llevé cuando al entrar al baño me encuentro a mi suegra tumbada en la cama, abierta de piernas, con la falda subida y de cara a la puerta. Su marido estaba inequívocamente haciéndole sexo oral.

Me quedé cortadísima, no sabía dónde meterme y en un acto reflejo quise entrar al baño rapidísimo para que no me vieran, con tan mala suerte que la puerta chirrió y me vieron:
“Oye, tranquila, que no estamos haciendo nada malo.” Palabras textuales de aquella señora desde el otro lado de la puerta. A ver, no les pensaba juzgar, pero sonó raro. Prosiguió: “Es que me está curando una herida que tengo en la zona de la ingle… me hice un roce en la playa.”
Mmmmm, ok, prefería que no me dijeran nada más. Yo seguía haciéndome la longuis lavándome las manos a la velocidad del rayo. En ese momento solo pensaba en que cerrasen la puerta o se fueran de allí y no cruzármelos mucho porque me daba apuro por ellos, pero también porque esa imagen no se me iba a ir de la cabeza en mucho tiempo. Después de respirar hondo salí del baño, porque si tardaba demasiado iba a ser aún más incómodo, lo mejor era hacer como si nada.
Esperaba encontrármelos en el salón o en el mismo dormitorio haciendo cualquier otra cosa, pero me los encontré exactamente en la misma postura, aunque esta vez mi suegro no tenía la cara incrustada en la entrepierna de su señora.
“Pasa, hija, pasa, que no te dé cosa.” Yo no sabía dónde meterme.
“Que ayer me hice esto en la playa, ¿ves? Y mi marido me estaba curando porque no llego bien.” La señora señaló una ligera rojez que tenía casi en el muslo. No colaba. Allí no había ni cremas, ni Betadine, ni nada para curar, pero ella seguía erre que erre.
Asentí, sonreí y me fui torpemente de la habitación, como si fuera un pingüino de los de la película Madagascar. Nunca más se mencionó el tema ni le dije nada a su hijo, ni siquiera se lo había contado nunca a nadie. Afortunadamente, arreglaron pronto el aire acondicionado y ya pudimos volver a nuestra intimidad habitual, porque no sé si habría soportado interrumpir accidentalmente otro polvo de mis suegros.