De todas mis historias sexuales, la que os vengo a contar ahora es la más humillantemente cutre de todas. Me gustaría borrarla de mi mente, pero soy incapaz. Es como cuando te vas a la cama y tu cerebro dice «Hola guapa. ¿Tienes sueño? Pues te jodes. Vas a acordarte de aquella vez que con 14 años llamaste papá a tu profesor de matemáticas.». Día sí y día también este follodrama asalta mi mente, así que cansada de sufrirlo en silencio como las hemorroides he venido a compartirlo.

Todo surgió la última vez que salí de fiesta. Amigas mías, estoy en una edad en la que las resacas me duran una semana, así que cada vez me da más pereza lo de salir a desfasar. ¿Un vinito en casa? Planazo. ¿Estar de pie en un bar bebiendo copas aguadas y escuchando música excesivamente alta? Coñazo. ¿Soy una anciana? Pues sí. Sea como sea, mis amiguis me engañaron malamente (trá trá) y acabé dándolo todo en un bar al son de Bad Gyal.

Entre cerveza y cerveza un chico se acercó y empezamos a hablar. La cosa prometía y yo estaba poseída por el espíritu de la música trap. Me entraron ganas de echar un polvorete, para que nos vamos a engañar, así que le seguí el rollo y a la media hora estábamos morreándonos contra la pared del bar.

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Tras muchos lengüetazos el amigo me invitó a su casa, y yo vi el cielo porque me apetecía muchísimo darle una alegría a mi cuerpo, Macarena. Estaba cachondísima nivel: tiro las bragas al techo del bar y se quedan pegadas. Os lo prometo, llevaba sin sentirme así meses. Había estado con otros tíos, pero ese día me sentía on fire.

Cuando llegamos a su casa no tardamos ni un minuto en desnudarnos. Me hizo un pequeño tour por la casa y en cuento entramos en su habitación empezó el mambo. Todo iba bien: tocamientos varios, se puso un condón y yo estaba empapada deseando un buen froti froti.

«Ponte a cuatro patas», dijo él. Yo obedecí.

Empezó a darme lo mío y lo de mi prima cuando de repente noto que para. Espero cinco segundos y siento un dolor atroz en la nalga derecha. ME ESTABA QUITANDO UNA ESPINILLA DEL CULO.

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– Tío, ¿qué haces?

– Es que la he visto tan blanca que no he podido evitar apretar.

Y así fue cómo los granos de mi culo me arruinaron un polvo. Supongo que tendré que exfoliarme bien la piel de las nalgas y comprarme una crema antiacné.

 

Anónimo

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