En mi casa no se hablaba de sexo.

Mis padres me tuvieron siendo ya mayores — creo que fui el último recluta de la reserva ovárica de mi madre — y ambos son muy tradicionales y anticuados en sus pensamientos, ideas y costumbres.

Por lo que el tema no es que fuese un tabú, es que no existía. Es más, por lo que yo sé, mis padres no tienen sexo, no al menos desde que tengo uso de razón.

Jamás los he visto darse un beso en los labios, una caricia o un mimito en el sofá.

¿Quién no ha pillado, o al menos escuchado, a sus progenitores dándose lo suyo alguna vez? Pues yo no.

Vamos, que no he estado ni cerca.

Ni ganas, eh. Aaag. Quita.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente para definir mi actitud hacia el sexo, la enfermedad me golpeó cuando entré en la adolescencia y por cada semana que iba al instituto, me pasaba un par de meses tirada en la cama.

De modo que, entre unas cosas y otras, tanto mi despertar sexual como mis pinitos en ese terreno se demoraron bastante.

Me inicié tarde, mal y arrastro con un novio que era un inútil y un vago redomado, hasta para follar. Lo hacíamos poco y siempre en la misma postura.

Rompí con él porque me trataba como a una mierda, lo de estar insatisfecha era lo de menos porque ni siquiera osaba imaginar que pudiera ser mejor.

Todos mis conocimientos se reducían a lo que veía en la tele porque lo de hablar de ello con amigas no era algo que me saliese natural. Al contrario, se me hacía muy violento.

Era más sencillo pensar que mi cuerpo no respondía bien o que el placer estaba tremendamente sobrevalorado y sobredimensionado.

Y entonces conocí a Hans.

Estaba en plena mudanza a uno de los apartamentos del ático de mi edificio cuando me choqué con él en el portal y por mi culpa se le cayeron de una caja un montonazo de cd’s. Le ayudé y hablamos un rato en inglés, pues él no hablaba casi español.

El chico me pilló de ole y venía a menudo a timbrarme para pedirme ayuda con papeles que debía cubrir en español, para darle indicaciones de esto y aquello y un poco para charlar, creía yo.

Como era torpe e inexperta, no me di cuenta de sus intenciones hasta que me las dijo palabra por palabra. En un español precario, pero no menos obsceno, y muy, muy gráfico.

Hans fue mi primer amante, lo que había tenido antes no era digno de llamarse así.

Era todo un tío guarro, mi vecino holandés, pero, aunque yo iba soltándome y haciendo mis avances… la mía había sido una vida entera de encierro y resignación. No sería cuestión de llegar y llenar.

Me decía siempre que me soltara, que me dejara hacer, que solo así llegaría el auténtico placer.

‘Déjame hacértelo con la boca’, pedía siempre, pero yo me ponía roja y me cerraba en banda. Por algún motivo que no alcanzo a comprender, yo podía practicarles sexo oral a ellos, pero no concebía la escena al contrario. Me parecía incómodo, sucio y desagradable.

Tanto me lo pidió que una noche soñé que accedía.

Fue un sueño muy vívido y me desperté tan cachonda que me puse un chaquetón por encima del camisón y me planté delante de su puerta. iba a recrearlo punto por punto.

Esa noche por fin me atreví a sentarme en su cara y esto fue lo que pasó:

 

  1. Tuve el orgasmo más intenso y brutal de toda mi existencia. Ya, era mi primera llegada al clímax, pero a esa le sucedieron muchísimas más y todavía no he sentido nada similar. Se me cayeron incluso un par de lagrimillas.
  2. Descubrí que estaba equivocada. No me sentí mal, no me pareció sucio.
  3. Mi cuerpo se volvió mil veces más receptivo. Hans debió de desbloquear un logro ahí abajo o algo porque a raíz de esa noche mi apetito sexual, antes casi nulo, ahora se manifestaba a la menor ocasión y cuando menos me lo esperaba.
  4. Yo cambié, mi mentalidad cambió. Una nueva yo nació con aquel orgasmo, una más libre, desatada, desinhibida, disfrutona y descocada.

 

Cuántas cosas para algo tan sencillo, madre mía.

Hans me regaló mi primer orgasmo de verdad. No lo que yo creía que era, sino una señora explosión de placer que me hizo hasta llorar. Y morir un poco de vergüenza.

Porque pasé mucha vergüenza y apuros con él. Sin embargo, cada segundo a su lado mereció la pena. Los que pasamos dándole al fornicio y los que no.

Mi gran amante holandés se fue de España unos meses más tarde de aquel cunnilingus y nuestra peculiar relación se terminó ahí.

Gracias a él y a todas las deidades del sexo, yo nunca volví a ser la misma chica que desparramó sus cd’s por todo el portal.

 

 

Anónimo

 

Envíanos tus follodramas a [email protected]

 

Imagen destacada de Dainis Graveris en Pexels